Triunfo del alfabeto

Federico  Henríquez Gratereaux

Los judíos -el pueblo del libro- representan el triunfo del alfabeto; si se quiere del abecedario o, como dicen los propios judíos, del “alefato”. A cierta edad los niños judíos deben leer, cumpliendo costumbres rituales, la “torah”. Están obligados por motivos religiosos a no ser analfabetos. La ley mosaica estaba contenida en un rollo para leer. Las letras son las vías para su acceso. No debe sorprender que haya entre los judíos tan extraordinaria facilidad para aprender los idiomas. Zamenhof y Ben Yehuda, son dos casos señeros entre otros muchos menos conocidos. Los judíos practican muchas formas de salvación; una de ellas puede ser la salvación literaria.

Existen doctrinas religiosas de la salvación; el cristianismo es una de ellas. Pero los judíos, además de “producir” mesías religiosos, han dado al mundo mesías políticos como Marx, el economista; también lingüísticos: Zamenhof y Ben Yehuda. La labor de este último fue un factor fundamental para la cohesión del pueblo judío. Sin el poder aglutinante del “hebreo renacido” no sería posible el nuevo Estado de Israel. Poetas, escritores y pensadores, contribuyeron en esa tarea con asombrosa asiduidad y responsabilidad ciudadana. Algunos comentaristas de la historia de los judíos incluyen a Sigmund Freud entre “los mesías”, en este caso un mesías del comportamiento humano.

Muchos psicólogos contemporáneos piensan que el hábito de la lectura desarrolla la capacidad razonadora y estimula la imaginación creadora. Los judíos sufrieron una apreciable merma de su población durante la Segunda Guerra Mundial. Se dice que en el holocausto perecieron seis millones de judíos, si contamos los diversos países de Europa donde hubo campos de concentración de los nazis. La población actual de judíos: en Israel, en los EUA, en Rusia, Argentina, no guarda proporción con el número de Premios Nobel judíos en todos los campos: ciencias, pensamiento, literatura.

Se atribuye al rey Salomón haber compilado los “Proverbios”, libro del Antiguo Testamento “de lectura recomendada” en el mundo judío. El propio Salomón redactó proverbios de grandísima penetración. Un proverbio es una cápsula de intuición intelectual. Una “máxima” expresada con la menor cantidad de palabras. Pero la concentración “minimalista” no es la única virtud del proverbio. Compendia las visiones teóricas con las reglas de conducta práctica.