Trujillo, ángulo de sombra en el horizonte
de la Patria

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POR ELEANOR GRIMALDI SILIÉ
Pocas familias en nuestro país quedaron sin ser tocadas por el bastón o las manos del dictador. Era muy niña cuando escuchaba sobre los crímenes y horrores de la dictadura. A pesar de que se hablaba de las transformaciones sociales y económicas, de las obras físicas,  construcciones que pudo darle al país luego del devastador ciclón de San Zenón, que lo hicieron aparecer como el reconstructor de la República, pesaron más sus crímenes.

La inestabilidad política, económica, y el papel que desempeñó en el ejército norteamericano durante la ocupación militar de 1916,  le abrieron las puertas para el establecimiento de la tiranía.

El temperamento del dictador y sus intenciones de manejar política y militarmente la República lo llevaron a conspirar junto a Estrella Ureña en el movimiento cívico contra Horacio Vásquez, hasta que logró convertirse en el jefe del Estado dominicano.

Al lograr sus fines hizo de la intriga política, la alabanza en su honor,  la persecución ideológica y los crímenes  sus mejores aliados.

La relativa paz que se vivió en esos 31 años fue sencillamente producto del miedo y el terror generalizado que originó la tiranía.

Después de la Segunda Guerra Mundial, Trujillo permitió que se empezaran a formar sindicatos y organizaciones obreras con el fin de presentarse como un demócrata; también  aumentaron las exportaciones de productos agrícolas, con lo que el gobernante aumentó sus riquezas y las de su familia, mientras los salarios seguían igual. Continuó con su política de expansión empresarial, la que utilizó en su beneficio.

No podemos olvidar los crímenes que materializó desde los inicios, como fueron los de la familia Martínez Reyna, Cipriano Bencosme, la matanza de haitianos de 1937, con el motivo de “dominicanizar la frontera”, la persecución política a sus opositores, a intelectuales, jóvenes, gente del pueblo, y los miles de asesinatos en las cárceles.

Algunos opositores que escaparon con vida, tomaron el difícil camino del exilio: vivir lejos de la Patria como Juan Bosch, Horacio Ornes, Miguel Ángel Ramírez, Juan I. Jimenes Grullón, Ángel Morales, Leovigildo Cuello, Juan Rodríguez y otros.

Éstos se organizaron en los primeros meses de 1947 y se entrenaron reuniéndose en una isleta llamada Cayo Confites, en la Costa Septentrional de Cuba, con el propósito de realizar una invasión por tierra, mar y aire y derrocar la dictadura.

Aunque no tuvieron éxito material, sus gestiones contribuyeron a acentuar el sentimiento anti-trujillista.

En 1959, se formó el grupo 14 de Junio, movimiento que lo puso a pensar ya que a él se integraron jóvenes de la sociedad dominicana y algunos eran amigos de sus hijos.

En un testimonio ofrecido por el Dr. Joaquín Balaguer en su libro La palabra encadenada, página 215, Trujillo llegó a confesar: “Si mi propia mujer o mi propia madre encabezaran un acto semejante, serían las primeras en sufrir las consecuencias de su insensatez”. Esto lo manifestó cuando con motivo de las muertes causadas por las invasiones de Constanza y de Estero Hondo, un grupo de damas se proponía desfilar con vestidos negros.

Esto nos demuestra hasta donde podía llegar su crueldad.

La utilización de la cárcel de la 40,  La Victoria y la famosa cárcel de Nigua, fueron expresiones de la capacidad de represión política. 

En 1960 la muerte de las hermanas Mirabal, el asesinato de Jesús de Galíndez y de otras personas, indignó al pueblo y profundizó el sentimiento anti-trujillista.

A la oposición se sumó la de la Iglesia Católica que en enero de 1960 preparó una Carta Pastoral que fue leída en las iglesias, donde planteaba en uno de sus párrafos: “…es una ofensa a Dios suprimir los derechos individuales derivados del derecho natural y que incluyen los derechos democráticos de libertad, conciencia de prensa y de reunión”.

La reacción abarcó la persecución a sacerdotes y los miembros del servicio de inteligencia escenificaron desórdenes en las iglesias que motivó a algunos obispos y sacerdotes a esconderse.

Las persecuciones no se quedaron a lo interno del país sino que en 1960, el dictador trató de asesinar al presidente venezolano Rómulo Betancourt. Hubo una reacción internacional y en una reunión de cancilleres los representantes de los países miembros de la OEA, decidieron imponer sanciones económicas y diplomáticas al gobierno de la República Dominicana.

El temor al comunismo en medio de la crisis económica y política, aceleró los planes de apoyo a su derrocamiento por parte de los Estados Unidos.

En 1960, el presidente Eisenhower de los Estados Unidos aprobó un plan para contribuir a deshacerse de Trujillo.

De acuerdo a Víctor Grimaldi en su obra Los Estados Unidos en el derrocamiento de Trujillo, en la página 56 dice: “Es verdad que los dominicanos involucrados en el complot contra Trujillo tenían  armas disponibles y coraje de sobra, pero recurrieron al gobierno de Estados Unidos a través del cónsul Henry Dearborn, jefe de estación de facto de la CIA en Santo Domingo, para recibir muestras claras de que contarían con el apoyo norteamericano cuando mataran a Trujillo”.

A pesar del fuerte servicio de espionaje con que contaba su  gobierno, un grupo de dignos y valientes ciudadanos, se dispuso a dar fin a la tiranía: Roberto Pastoriza, Luis Salvador Estrella Sadhalá, Luis M. Cáceres, Pedro L. Cedeño, Huascar Tejeda, Modesto Díaz, Antonio Imbert Barreras, Juan Tomás Díaz, Amado García Guerrero, Antonio de la Maza, Miguel Báez Díaz y Luis Amiama Tió y otros que también conspiraron para librar al país de esta dictadura.

Recordemos hoy y siempre a los héroes del 30 de Mayo, un grupo de hombres valientes que supieron devolver al pueblo dominicano la libertad anhelada.

Es necesario que se difunda en las escuelas y se trabaje con los niños y jóvenes el tema de esa cruel dictadura, con el fin de que no se repita una semejante en nuestro suelo.

La democracia es para todo pueblo, una de las conquistas sociales más vitales por lo que hemos de defenderla siempre.
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La autora es educadora y escritora