Trujillo en las memorias del Dr. Puigvert

REYNALDO R. ESPINAL
Con evidente tono de amargura lamentaba el célebre psiquiatra español Juan José López Ibor el escaso cultivo que ha tenido en el quehacer intelectual hispánico el género “patográfico” (la historia de las enfermedades en los personajes históricos). Contrasta la poca dedicación que ha merecido este tipo de estudios en nuestro idioma con la atención que ha recibido en Francia o en el mundo intelectual anglosajón. Ello ha de lamentarse no poco por cuanto de este modo nos hemos visto impedidos de comprender – a la hora de investigar la vida y la trayectoria de determinados personajes- las razones últimas de muchas de sus conductas y decisiones no susceptibles de explicación en base a las técnicas de la historiografía común.

A este respecto cabe acotar que el más genial cultivador en lengua española de este delicado género lo ha sido, sin duda, otra gloria de la medicina y la intelectualidad hispánica- el Dr. Gregorio Maranón. Obras tales como “Enrique IV de Castilla”, “Tiberio: La Historia de un Resentimiento” o “Antonio Pérez”, entre otras más, nos colocan ante la genialidad y en talento de quien supo unir a sus respetables conocimientos médicos, la devoción por el saber histórico.

Las interpretaciones y testimonios médicos alusivos a personajes de la historia nos advierten- por sobre las artificiosas contingencias de cualquier forma de poder- de aquello que es común a la humana natura que- en sus muchas veces caprichosas veleidades – distribuye a placer salud y enfermedad sin que tenga mucho que ver en ello la alcurnia, la nombradía o la posesión.

Sin que pueda considerarse tal la pretensión de su autor, no podemos sustraernos a incluir en la lista de los escasos aportes al género patográfico en Lengua Española, las memorias del célebre urólogo barcelonés Antonio Puigvert Gorró, que llevan por título “Mi vida…y otras más”, publicadas bajo el editorial cobijo del respetable sello Planeta en 1981.

El doctor Puigvert fue médico de celebridades. Confiesa en las mismas que viajó a América en 78 ocasiones, casi siempre en labores profesionales. Por las páginas de sus memorias desfilan – en calidad de pacientes – destacados personajes de la política latinoamericana, entre los que destacaron Getulio Vargas, ex Presidente de Brasil, Juan Domingo Perón, ex Presidente Argentino y – por lo que atañe a nuestro interés histórico- dedica quince interesantes páginas de las mismas- págs. 169 a 184- a describir sus vínculos con el paciente Rafael Leonidas Trujillo Molina.

El primer contacto con el doctor Puigvert en Barcelona lo realizó el prominente urólogo dominicano doctor Abel González, quien a la sazón se desempeñaba profesionalmente como Coronel Médico en el Hospital Marión, y quien utilizó para acercarse a Puigvert la mediación de quien desempeñaba al momento las funciones de Cónsul en Barcelona, el doctor Espaillat. Era el mes de julio de 1956.

El doctor González, admirador de Puigvert, prolongó por más de una semana su estancia en Barcelona, programada inicialmente por dos días, a los fines de familiarizarse con sus técnicas operatorias y percatarse de la organización de su clínica.

El doctor Puigvert diría al respecto: “.El colega dominicano fue persona encantadora y sigue siéndolo…Se me pegó mañana, tarde y noche, a todas las sesiones operatorias, clínicas, etc., pero haciendo gala de una discreción absoluta y de un notorio interés profesional”.

A juzgar por las revelaciones del doctor Puigvert, la intención del doctor González, al contactarle en Barcelona, no residía sólo en conocer su persona y sus destrezas en el campo de la urología. Comportaba la delicada misión de contactar sus servicios profesionales a los fines de dar seguimiento a los padecimientos prostáticos de Trujillo, algo que comprobaría al poco tiempo, dado que en aquel momento el doctor González le trató el caso clínico de Trujillo pero manteniendo en el anonimato el nombre del paciente.

Veamos al respecto las revelaciones del doctor Puigvert: “…El día antes de partir vino a despedirse acompañado del cónsul y, después de expresarme su agradecimiento por el trato recibido, me dijo:

– Doctor, yo no sé si será abusar de su amabilidad, pero usted me depara una ocasión preciosa que no quisiera desaprovechar. Me comentó, entonces, que era urólogo del hospital militar Marión en Ciudad Trujillo, y me planteó el problema de un paciente de sesenta y tantos años, cuya documentación clínica me exhibió. El enfermo había sido operado de una afección periuretral unos años antes y, según el diagnóstico de quienes lo habían examinado en el hospital militar, era ahora necesario extirpar la próstata. Quería saber mi parecer…”.