Trujillo y el concordato

FERNANDO INFANTE
El Concordato suscrito entre el Estado dominicano y la Iglesia Católica en 1954 ha surgido a la opinión pública luego de un largo silencio desde el mes de abril de 1961, la última vez que se expuso públicamente acerca de ese tema. El asunto surgió originalmente al debate luego de una charla que pronunció Manuel Arturo Peña Batlle el 1 de junio de 1951 y tal disertación motivó que El Caribe invitara treintitrés personalidades entre juristas, historiadores y periodistas para que expusieran en las páginas de ese periódico sus puntos de vista sobre la conveniencia o no de que el país se vinculara a la Santa Sede por vía de un Concordato.

Entre el 13 de junio y el 12 de julio, diez de las personalidades invitadas a emitir su opinión habían correspondido y ocho de ellas fueron claramente opuestas a la idea de concertar un concordato. Tan abrumadora respuesta de casi la tercera parte del total de los encuestados debió ser bastante representativa del resultado final que arrojaría dicha encuesta, en perjuicio del interés del gobernante, lo que debió ser motivo para que se suspendiera la muestra favorable que buscaba el régimen en la prestigiosa intelectualidad de aquellos tiempos.

A partir de la última respuesta publicada por El Caribe, la cual fue de Federico C. Alvarez, no volvió a tratarse más el asunto en la opinión pública, sino hasta el año 1954 cuando el Concordato fue suscrito en El Vaticano donde se trasladó el Generalísimo desde España, donde se encontraba. Unas pocas horas permaneció allí lo suficiente para cumplir con el ceremonial de la firma del célebre acuerdo. Seis años después, en 1960, cuando el distanciamiento del alto clero y el gobierno se deterioró hasta llegar a un punto sin ninguna posibilidad de reconciliación, aquellas autorizadas opiniones que habían expuesto los profesionales en su oportunidad, en cuanto al Concordato, fueron reproducidas.

El entonces presbítero Zenón Castillo de Aza, fino y culto hombre de la Iglesia, a quien le cupo el hito eclesiástico de haber sido el primer sacerdote claretiano de la República Dominicana, en un párrafo de su documentada obra “Trujillo y otros benefactores de la Iglesia” hizo una interpretación histórica muy válida, cuando dijo en la página 238 de dicho libro: “El Concordato de la República Dominicana con la Santa Sede es obra exclusiva de Trujillo. A pesar de la catolicidad del pueblo dominicano la opinión de sus intelectuales, externada en juicio que la prensa vernácula recogiera fue contraria (…) Pero Trujillo, (…) consideró oportuna la celebración de un pacto de esta naturaleza y quiso ser él personalmente signatario responsable de este relevante documento”.