Trujillo y las imitaciones

La sociedad contiene en un momento dado y de manera simultánea a grupos y personalidades representativas de varias generaciones. Si aceptamos que cada 25 años se crea una nueva unidad generacional hemos de concebir el que un sujeto que esté viviendo su sexta década, es decir, por encima de los cincuenta, habrá experimentado los efectos de tres épocas distintas.

Podemos también colegir, que si ronda la edad de los sesenta, y ha vivido todo ese tiempo en la República Dominicana, tuvo una niñez, adolescencia y juventud conformadas en la Era de Trujillo.

Las tres décadas que duró la tiranía trujillista marcaron la consciencia del pueblo dominicano. Los seres humanos somos un producto histórico, resultado de la actividad de las pasadas generaciones, cada una de las cuales se monta sobre los hombros de su predecesora. Las ideas, el pensamiento político, el lenguaje y el comportamiento individual son un producto social e histórico. El jefe de un Estado o nación, actuando como guía o cabeza de su conglomerado, imprime en los subordinados conductas que son en parte el reflejo de su estilo personal. De ahí el peligro latente que se cierne sobre un pueblo cuando un gobernante se mantiene indefinidamente en el poder. Al tiempo notamos como niños y adultos comienzan por imitar la forma de conversar, gesticular y de dirigirse a los demás que asume el mandatario.

Robert D. Crassweller en su conocida obra Trujillo, La trágica aventura del poder personal, nos describe la personalidad del tirano: “En Trujillo cada rasgo era, en alguna manera o en algún grado, un sostén del arco central de su ser: el instinto de poder…Dotado de energía física y volitiva, su mente era ágil y lúcida, particularmente en el terreno de la astucia. El ansia de dinero, producto de su mente práctica y de sus anteriores privaciones, reforzaba su voluntad de poder. Desde muy temprano percibió la utilidad del dinero como fuente y apoyo del mismo. Tendía a prodigarlo generosamente de una manera típicamente impredecible, y su cinismo le llevó a creer en su universal omnipotencia. <>, dijo en una ocasión. Su fe en la fuerza del dinero y su convencimiento de que cada hombre y cada cosa tienen un precio, hallaron testimonio en la necesidad de la sensación física del dinero. Jamás salía sin llevar consigo, una valija de mano, grandes sumas en moneda dominicana y norteamericana”.

Y más adelante sigue Crassweller: “Yuxtapuesto con su ansia de poder, existía en él un sentimiento ególatra que con el correr de los años se convertiría en megalomanía. Esa extraordinaria necesidad de adulación y propagación de su nombre reflejaba una exigencia latente en el fondo de su ser; también traslucía su conocimiento de cómo la vanidad y la adulación podían utilizarse en política… Las relaciones que tuvo fueron objeto de manipulaciones, nacidas del cinismo y de la astuta perspicacia que le decía que en la constante conmoción y trastorno residían las mejores garantías contra cualquier designio de sus opositores. Unido a esto, y de igual importancia en su concepción del poder, se hallaba su instinto del secreto y de la reacción imprevisible. No es probable que fueran éstas cualidades cultivadas; antes bien, eran inherentes a su personalidad. El dictador dominicano era un individuo en quien el instinto y la emoción constituían componentes básicos; la capa racional que los recubría era muy sutil y de poca consistencia… El fraude y la deshonestidad fueron moneda corriente, y si alguna vez resultaban ineficaces, la violencia y el asesinato se utilizaban entonces con igual naturalidad”.

Con referencia al aspecto psicosexual, expone nuestro autor: “En las actitudes y hábitos referentes al sexo, sin embargo, Trujillo fue enteramente masculino. Sus enormes apetencias sexuales y la heroica escala en que las practicó fueron realmente notables. Gozaba con las mujeres, tanto con su compañía como con sus cuerpos, aunque le fuesen indiferentes sus mentes. Sus gustos en esta materia eran antillanos. Prefería las mulatas, y las prefería regordetas”.

La Europa de principios del siglo XIX tuvo su Napoleón con asiento en Francia. Alemania en 1933 tuvo como cabeza del Estado social nacionalista a Adolfo Hitler. De igual forma, los dominicanos tuvimos a Rafael Leonidas Trujillo de 1930 a 1961. Sin embargo, en la Francia de hoy no cabe un Napoleón Bonarparte, ni en la Alemania reunificada de ahora toleran a otro Hitler. De igual manera, la República Dominicana actual no permite la instalación de un régimen neotrujillista. Querer volver atrás la rueda de la historia es una necedad. Puede que la nostalgia de un nefasto pasado, felizmente superado, gravite en la mente de uno que otro fanático envejeciente; afortunadamente ello no pasa de ser una ilusión pretérita, sin posibilidades reales de plasmarse en realidad.

¿Se reedita la historia? Talvez en forma de comedia pero para ello se precisa de muy buenos comediantes, que por cierto no son los que ahora están representando la boleta reeleccionista.