Turismo humanizador

OLGA CUBIDES MARTÍNEZ
En tiempo de vacaciones y al finalizar los fines de semana, las noticias sobre excesos, engaños, robos y abusos destructivos nos llevan a reflexionar sobre el turismo. La presidenta del Fondo Mundial de Monumentos, Bonnie Burnham, en una ocasión aseguró que los lugares, centros históricos, sitios arqueológicos y poblados se encuentran en riesgo de extinción debido, fundamentalmente, a la guerra, la negligencia, los fenómenos naturales o el turismo incontrolado.

Es sabido que ha sido característico de la humanidad a lo largo de toda su historia, desplazarse a otros lugares para buscar alimentos, conocer nuevas culturas, descubrir mundos nuevos y, más recientemente, para descansar. Ejemplos de ello son el hombre nómada de la prehistoria, los viajes de los europeos para encontrar las “indias occidentales” y, en fechas más recientes, lo que se ha dado en llamar turismo, palabra que surgió en Inglaterra, fue adoptada en Francia (tour) y repudiada en el ámbito hispano (turista), donde a comienzos de siglo era tachada de feo galicismo y se proponía reemplazarla por viajador.

Hoy, el turismo, como palabra y como realidad, es aceptado ampliamente, sobre todo en aquellos países con mayores ingresos o en los que, como en la región del Caribe o en España, han fortalecido sus economías gracias a este “desplazamiento pacífico de personas para conocer otros lugares”, como lo definiera el historiador Josep M. Ainaud de Lasarte, en la Cena Hora Europea del Ambito María Corral sobre el tema “Turismo en clave de paz”. Para muchos de estos países, la contribución del turismo al PIB representa un porcentaje a tener en cuenta.

Pero el turismo, que no sólo es sol y playa, exige cierta sensibilidad. Visitar otro lugar es entrar en contacto con otras culturas y realidades, con sus gentes, sus costumbres, sus paisajes y monumentos; pero también con la historia que nos ayuda a entender mejor el presente, y a alejarnos de prejuicios y falsos tópicos. Un turismo responsable debería invitarnos a establecer unas relaciones de respeto con las personas que allí están, para crear lazos de amistad y de convivencia.

Visitar otro lugar no sólo comporta el compromiso de acoger al forastero y procurar su seguridad; también éste debe abrir su corazón a la novedad y tratar de conocer más de aquella cultura que le recibe, intentando, por ejemplo, descubrir los hechos históricos, rutas y lugares que han contribuido a consolidar una sociedad más justa y en paz. Un turismo que no viera a quien llega como invasor, sino como aquella persona que pasará y que, en quince días a lo sumo, se volverá a ir. Un turismo que cree en las personas, en las culturas, en los parajes naturales y, muy especialmente, en la necesidad de cuidar el entorno que nos rodea.

Algunas ciudades turísticas, recientemente han dado paso a una iniciativa turística en la que se privilegia la música, el arte, la arquitectura, el deporte y la cultura: ¿por qué no añadirle a esta propuesta el turismo pacificador? La historia muchas veces se ha pensado en clave de guerra y se recuerdan batallas, victorias, dominio de unos países sobre otros; esto crea malestar en los vencidos cuando visitan las naciones vencedoras, que pueden ser muy próximas y, además, provoca lo mismo: más conflicto, guerra, dominio…

Si enseñamos historias de paz o la paz en la historia, también eso ayudará a hacer la paz. Sería bueno recordar también lugares de concordia, de buena avenencia o de paz, es decir, un “turismo en clave de paz” que anime, a la vez, a reconocer que la paz no es una utopía. Ha tenido y tiene lugar en momentos y lugares concretos.

La diversidad del mundo es una de nuestras mayores riquezas, y tras ella van los más de 600 millones de personas que se desplazan cada año fuera de sus países para hacer turismo. Desde ahora y hasta la llegada de las próximas vacaciones es un buen momento para reflexionar sobre la necesidad de promover un turismo que tenga como telón de fondo la paz -con nosotros mismos, con los otros y con la naturaleza.