Un animal palabrero

Federico-Henríquez-Gratereaux

El hombre es un animal palabrero. Inventa palabras para ponerle nombre a las cosas. Al nominarlas cree que domina los objetos con sólo mencionarlos. Quizás las palabras hayan sido en su origen algo así como conjuros articulados. Para los antiguos poetas las palabras poseían una magia enviada desde el cielo. Bendiciones y maldiciones son conjuntos ordenados de palabras con direcciones definidas. Una maldición es una flecha verbal envenenada; la bendición, en cambio, es el ungüento amoroso de los buenos deseos. Los pueblos primitivos estimaban que las bendiciones podían transmitirse a gran distancia. No dudaban de la efectividad de estos “efluvios electromagnéticos” de la buena voluntad.
Y así son las oraciones, las plegarias, los cantos religiosos. Los que oran emiten palabras de consuelo, de súplica, de esperanza, de amor o de dolor. Los efectos psíquicos son indudables. Podemos encontrar el sosiego a través del canto gregoriano. Las oraciones colectivas pueden disminuir la ansiedad y producir paz mental con más rapidez que un barbitúrico; y por un periodo más largo. Los poemas épicos tienen un poder estimulante más grande que una inyección de adrenalina. La materia aglutinante de los pueblos antiguos fue la epopeya. En esos cantos heroicos interviene siempre la divinidad con el soplo de ciertas palabras especiales.
La poesía lírica de todas las épocas despierta en los individuos una amplia gama de sentimientos. El arte de la poesía lírica consiste en presentarnos, por medio de las palabras, trozos de verdad tan contundentes que no necesitan demostraciones filosóficas, ni científicas. La verdad artística se basta a sí misma, no reclama el concurso de la lógica o del experimento. El animal palabrero que es el hombre ha compuesto, en el curso de su historia, obras literarias impresionantes, cuyo disfrute se ha prolongado a lo largo de muchos siglos.
Los escritores -personas ejercitadas en el uso de la palabra- han construido tres clases de monumentos de palabras: obras específicamente literarias (poemas, historias, dramas); escritos discursivos o apodícticos (todos los textos de filosofía, las explicaciones razonadas para enseñanza escolar); y los escritos científicos, encaminados a formular asertos con pretensiones doctrinales. Hegel y Hans Christian Andersen son dos escritores. Uno crea cuentos para niños, otro acumula razonamientos y los encadena. (Ubres, 2008).