Un buen político para un mal gobierno

RAFAEL TORIBIO
En su obra Líderes, Richard Nixon afirmaba que la diferencia entre un administrador y un político, ambos exitosos, es que el primero hace las cosas como deben ser hechas, y el segundo, simplemente, hace las cosas que deben hacerse. Es decir, el político tiene éxito porque es capaz de hacer las cosas que tiene que hacer, no importa cuáles, ni cómo. Maquiavelo, en El Príncipe, por su parte, además de señalar lo que debe hacer el político para llegar al poder, presenta las normas de comportamiento y acciones que debe realizar para mantenerse en él, una vez que lo logró, el mayor tiempo posible. Ambos, de manera complementaria, presentan lo que debe hacer el político exitoso para llegar al poder y para mantenerse.

En nuestro país hemos visto lo que nuestros políticos que aspiran a la Presidencia de la República están dispuestos a realizar porque lo consideran conveniente o necesario para lograr el poder. Pero una vez en el gobierno se desempeñan de tal manera que aseguran el triunfo de la oposición en las siguientes elecciones, si no es que recurren al fraude y tienen éxito, cosa cada vez más difícil de lograr. Ganan en las elecciones, pero pierden en el gobierno, indirectamente cuando el candidato de su partido no logra la victoria, y directamente cuando la reelección es derrotada, o el fraude no puede realizarse.

Para ser favorecido por el voto mayoritario de la ciudadanía en las urnas, el candidato a la Presidencia de la República contrata una firma encargada de proyectar una imagen con los rasgos que se consideran adecuados para lograr el favor de los votantes, aunque no sean los propios del candidato. Una campaña similar lo presenta como diferente al político tradicional, sobre todo a su principal rival. Hace una oferta de soluciones a todos los problemas del país y a los de cada sector en particular, sea a través de un programa de gobierno o de simples declaraciones. Como los votos de los militantes de su partido no son suficientes para ganar las elecciones, decide buscar los que le faltan, de la manera más eficaz, allá donde se encuentren.

Otra de las cosas que hace para ganar las elecciones es un compromiso solemne de luchar contra la corrupción y dejar que la justicia actúe de forma independiente frente a toda acusación de fraude. Proclama su independencia respecto a grupos o personas para así poder gobernar a favor del Bien Común. Reafirma que la igualdad, la justicia y la equidad serán las normas de sus decisiones y acciones, declara que las prioridades en su gobierno estarán en el sector social, especialmente en la educación y con la salud y que habrá una democratización en la inversión pública como nunca se ha visto.

Defiende que se debe racionalizar y modernizar la administración pública, como corresponde a un Estado verdaderamente moderno, que el servicio exterior estará en manos de profesionales que serán fervientes defensores de los intereses de la Nación, se declara partidario del fortalecimiento del poder local y del incremento de las asignaciones presupuestarias a los Ayuntamientos, y que será el primero en respetar la ley orgánica de las fuerzas armadas.

Todo esto, y más, hace para ganar las elecciones, pero una vez en el gobierno muchas de sus actuaciones hacen que comience a perder el apoyo que recibió en las urnas. Los hechos, propios o de sus más cercanos colaboradores, empiezan a desdecir las promesas y entonces aparece como el más tradicional de los políticos, que es capaz de decir medias verdades y mentiras enteras. Los apoyos recibidos para ganar las elecciones se traducen en la concesión de algunas parcelas de la administración pública; en vez de su racionalización se impone la hipertrofia y los cargos son para los militantes del partido y la mayoría de los cargos del servicio exterior terminan siendo retribución por apoyos recibidos.

En el camino de perder el poder estando en el gobierno se sustituyen las prioridades declaradas para dar paso a las que tienen rentabilidad política a corto plazo, o un sentido de peculiar modernidad; los recursos para la inversión social no aparecen, y los problemas fundamentales del país y de las personas se dejan para después. En franca violación a la ley orgánica de las fuerzas armadas, los oficiales adeptos son los primeros promovidos y permanecen en sus puestos hasta que termine el mandato, y aceptando la influencia de los poderes fácticos, las decisiones que al final se toman son las que estos poderes permiten. La promesa de mayores fondos a los Ayuntamientos se olvida y la entrega de los establecidos en la ley se negocia si la oposición es quien los controla. La justicia se hace lenta frente a los acusados de corrupción y el Estado se desentiende de los casos en que se había constituido en parte civil, siempre que los acusados sean del partido y ex funcionarios en un gobierno anterior.

¿Hasta cuando se seguirá tolerando que los gobiernos se sucedan y los problemas permanezcan, que lo importante sea llegar al poder y no gobernar conforme a los compromisos contraidos en las promesas electorales y las necesidades vitales de la población? Ante la sucesión de gobiernos que terminan pareciéndose demasiado a los anteriores, porque como aquellos pasaron sin resolver los problemas fundamentales de la Nación, cabe la preocupante pregunta: ¿es que no puede ser de otra manera?