Un candidato potable

SAMUEL SANTANA
Hasta hace poco al Partido Revolucionario Dominicano no se le veía muchas posibilidades de que pudiera lanzarse a competir tan pronto en las elecciones presidenciales por la estela maldita que cargaba con la gestión devastadora de Hipólito Mejía y por el desmembramiento que se produjo en sus filas por la imposición de una reelección maldita.

El partido fuerte había quedado debilitado con las diatribas, la lucha de poder interna y la disparidad de criterios entre los líderes. Más una masa disgustada contra una organización que no fue capaz de retener el poder.

Todo esto se contraponía a la actitud de un Partido de la Liberación Dominicana que daba muestra de ser una organización disciplinada, cohesionado y que al llegar al poder restablecía la descalabrada condición económica del país, el dólar y la tasa de desempleo, detenía la fuga de capitales e infundía confianza en los inversionistas, entre otros factores positivos.

La administración morada colocaba al doctor Leonel Fernández en una posición exquisita como líder político, gozando de la simpatía tanto del pueblo como de sus correligionarios en el partido. Las encuestas principales le han puesto en condiciones punteras por su personalidad magnética, su capacidad en el manejo de la cosa pública, sus relaciones y por su alto nivel de ecuanimidad.

Sin embargo, hay dos elementos vitales que hoy amenazan con variar todo el panorama, y en detrimento del PLD.

La figura del ingeniero Miguel Vargas Maldonado representa para el PRD un recurso contundente en el escenario político.

Por sus características más las condiciones que imperan en el país en estos momentos, él se proyecta como un candidato potable para el pueblo en las elecciones del 2008.

Frente a él, el PLD debe emplearse muy a fondo si quiere retener la Presidencia de la República en las elecciones del 2008.

La hoja se ha virado y es ahora cuando el doctor Leonel Fernández está al frente de un tramo de su Gobierno en el que todo luce estancado. Su gestión está repitiendo el mismo esquema que lo llevó a perder las elecciones del 2000: un discurso sobre la recuperación de una economía que no se de deja sentir en la clase pobre y media del país.

El Gobierno no ha dado un paso más a favor de mejorar la condición de vida de los dominicanos, después de que recibiera tantos elogios por la recuperación lograda en el primer tramo.

Este segundo tramo ha empezado caracterizándose por un estancamiento de los factores económicos. La gente y los comerciantes se quejan de que no hay dinero en la calle. Los padres de familia han visto el salario volvérseles sal y agua en las manos.

Lo peor de todo es que hay un deterioro preocupante de servicios públicos tan vitales como la educación, la salud, el agua potable y la energía eléctrica. En definitiva, la gestión del PLD se ha tornado en un más de lo mismo. Tome usted el cuadro de lo que fue la gestión 1996-2000 y colóquelo frente al 2004-2006 y saque conclusiones.

Estos elementos perniciosos abren un boquete bien grande por donde encuentra entrada la simpatía hacia un candidato como Miguel Vargas Maldonado, quien empieza a atacar al Gobierno por esos puntos débiles con un discurso que encuentra aprobación en el parecer del pueblo.

Es cierto que Leonel Fernández tiene dotes muy valorables, pero no ha sabido combinarlas con una respuesta eficaz a las necesidades del pueblo y de solución a los problemas básicos.

Más aún, sus dos gestiones no sólo se repiten sino que forman puente con la actuación del doctor Joaquín Balaguer en los años 90, cuando se enfrascó en el proyecto de construir el Faro a Colón, sacrificando hasta más no poder a la población dominicana. Eran los tiempos cuando los servicios públicos no funcionaban, los combustibles desaparecieron de las estaciones de expendios y muchos ciudadanos optaron por irse a cualquier país del mundo, especialmente Estados Unidos.

Eso ocurre cuando los gobernantes se empeñan en hacer obras faraónicas sin importarles cuanto tenga que sufrir el pueblo.

Leonel es posible que termine su Metro, pero la consecuencia será el rechazo de un pueblo en las elecciones presidenciales y el traslado de simpatía hacia un contendor que afirma redimir a las masas de su estado de angustia y de miseria.