Un Cascanueces memorable

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En el número exiguo si los hay- de quienes aún se obstinan en sostener que a causa del escaso favor que el grueso de la colectividad dispensa al valor estético de la gracia, el género artístico que conocemos con el nombre de ballet no goza al presente, como antaño ocurría, de popularidad, entre quienes, reitero, de guisa semejante arguyen ruego que incluya el amable lector al que estas líneas emborrona. Pues para mi consternación y abatimiento si algo se me ha impuesto como verdad incontrastable es que el espíritu de la época que nos ha tocado vivir, apegada a los prestigios de lo hirsuto, disonante y estrafalario, no hace migas con las bondades de una expresión creadora que es el caso de la danza clásica se atiene en medida mucho mayor que el resto de las artes a un concepto de belleza substanciado en los principios de la elegancia, el refinamiento y el donaire.

En efecto, si de apariencias delusivas no me pago, el ballet, tal y cual se practica en la actualidad (cuyos orígenes acaso quepa remontar a Noverre quien en su “ballet de Acción” contaba historias y mostraba sentimientos y sucesos acudiendo por modo exclusivo al recurso de la danza en contraste con las formas del “Ballet de la Corte”, la “Comedia Ballet” y la “Opera Ballet” que le antecedieron, en las que se entreveraban partes habladas y cantadas con el baile), el ballet, repito, en la modalidad que a la sazón podemos denominar clásica, es, hasta donde la medianía de mi ingenio me ha permitido discernir, una manifestación artística de reciente data, que maduró por decirlo así anteayer, en el romántico siglo XIX, cuando para desenvolver el tema de la obra con los meros recursos dinámicos de la danza, se desarrolló una técnica sumamente sofisticada y una rigurosa coreografía a la que sólo podían responder con éxito intérpretes profesionales. Así, asociado a la música que el compositor acostumbraba a crear en función de una anécdota o libreto, en no pocas ocasiones extraído de textos literarios, el ballet prosperó hasta asumir la forma que hoy nos es familiar y que, si al cabo estoy de lo que se cuece en el caldero de la sensibilidad estética contemporánea, antes inclinada al efectismo y la frivolidad que al sortilegio misterioso de la armonía, se ve hogaño desdeñado no sólo por cultivar a contracorriente del dudoso gusto contemporáneo el “anticuado” desiderátum de la gracia a que renglones atrás me referí, sino también por acomodar sus posibilidades expresivas a un estricto y fijo conjunto de fórmulas fuertemente codificadas, cuando da la casualidad de que al día de hoy, como a nadie con una onza de sensatez se le ocultará, adolece la mayoría de la gente de la manía desdichada de creer que sólo lo moderno es aceptable y que la modernidad se caracteriza en materia de arte por una completa libertad de expresión entendida como ausencia de restricciones formales y desprecio de todo lo que huela a cánones, reglas y patrones.

De hecho la gracia a la que el ballet remite designa, en tanto que categoría estética, el predominio de un placentero estado de equilibrio que se afirma en el seno de muy variados tipos de actitudes, desplazamientos y gestos, habida cuenta de que si bien podemos topar con ella en múltiples géneros de arte (literatura, pintura, música, arquitectura, etc.), a poco reflexionamos a nuestra anchuras sobre sus seductores atributos, no dejará de revelarse como lo que en realidad es: la cualidad que en razón de estar vinculada por naturaleza al movimiento y de desenvolverse, consiguientemente, en el orden del tiempo, se propone a la sensibilidad del observador competente en tanto que ideal de belleza propio y privativo de la danza.

 En resolución, como inmejorablemente lo expresará cierto teorista cuyo nombre mi ingratitud olvida, la gracia “nos aparece como la presencia de una perfección que se creía inaccesible. Por esto de ella deriva siempre un misterioso poder de irradiación: la gracia parece fundirse libre y naturalmente en una impresión de claridad luminosa y de evidencia indiscutible, que se impone al que la contempla sin la menor molestia, y que éste recibe como un don gratuito, casi irreal, que colma siempre su sentido estético más allá de lo que se pudiera imaginar.”

 Por lo demás, de paso señalaré –pues no juzgo fuera de propósito anotarlo- que para que la danza nos arrebate y extasíe con el sentimiento de la perfección a que aludía el autor de la cita precedente, es no ya oportuno sino imperativo que el enorme esfuerzo físico que lleva a cabo el bailarín no se perciba, de modo que la impresión que sus movimientos susciten en el espectador sea de naturalidad, facilidad y ligereza. De lo contrario el hechizo que llamamos “gracia” se desvanecerá. Porque la gracia jamás podrá aflorar si el rendimiento mecánico es insuficiente o incorrecto o si la plasmación del gesto se evidencia inadecuada.  De ahí que en lo tocante al ballet el dominio de la técnica (que sólo largos años de agotador trabajo con el cuerpo, de constante ejercitación bajo la atenta supervisión de experimentados maestros) hacen posible, es, dando por sobrentendido, claro está, la existencia previa de condiciones, vocación y talento, de crucial importancia.

 Para digresión e introito vamos sobrados con lo dicho… Procede entonces que antes hoy que mañana ensayemos algunos comentarios a vuela pluma en torno al soberbio espectáculo que en días pasados, para regocijo de quienes asistieron, fue presentado en la sala Carlos Piantini del Teatro Nacional, obra con la que tuve el privilegio de deleitarme no en una sino en dos ocasiones; por descontado, -no hay que ser adivino para descubrirlo-, estoy hablando del celebérrimo ballet “Cascanueces” en su última y a buen seguro más acabada versión criolla.

Pese a que Tchaikovski, ilustre compositor de la música del mencionado ballet, pensaba que el guión confeccionado por Petipa a partir del texto de E. T. A. Hoffmann “El cascanueces y el rey de los ratones” no era del todo satisfactorio por considerarlo, al decir de ciertos entendidos, “demasiado frívolo para su duración”, lo cierto es que la popularidad del mismo, fruto si bien se mira de las inspiradas melodías creadas por el maestro ruso, no ha cesado de crecer y apuntalarse desde el lejano día de 1892 en que fuera estrenado; a lo que conviene añadir que el autor tomó la afortunada decisión de dar forma a una suite basada en la música de “El cascanueces”, la cual fue publicada por separado, viendo la luz antes del estreno del ballet al que pertenecía.

 Mas para que el milagro estético al que hemos conferido el nombre de ballet aflore y obre su poder de seducción sobre el público no basta que cuente con la música gloriosa de un inmortal maestro, como es a no dudarlo el caso de “Cascanueces”, sino que es menester sobre todo que la danza sea la protagonista y que el elemento de espectacularidad a que dan pie escenografía, luces, vestuario, efectos especiales, etc., contribuya a realzar con el prestigio de un marco grandioso que invite a la ilusión y  acicatee la fantasía, el desempeño de los bailarines sobre el tablado.

 Y no careo incurrir en el desacato de vender la piel del lobo como vellón de cordero pascual por sostener que la reciente versión de “Cascanueces” con la que me deleité en el Teatro Nacional Eduardo Brito, si algo puso de resalto es que ya tenemos un cuerpo de danza clásica de apreciable calidad cuyos intérpretes son profesionales de depurada técnica, capaces de expresar finos matices de sentimiento por medio de sus movimientos, gestos y actitudes. Parejo logro demuestra que en punto a excelencia se ha efectuado en muy corto tiempo un notabilísimo progreso en lo que concierne a la formación de nuestros bailarines, en particular los del Ballet Nacional, bajo la acertada dirección de Mariannella Sallent. ¡Enhorabuena!

 Por lo que a las ejecuciones de danza compete, no hubo, como ataño solía ocurrir, enojosos desniveles de desempeño artístico, sino un afortunado equilibrio de las variopintas actuaciones balletísticas, siempre sobre un umbral de decorosa y elevada dignidad estética.

 Podría agotar los recursos de la retórica encomiando  las espléndidas interpretaciones de Maikel Acosta, Lucas Segovia, Lisbell Piedra, Stéfanie Bauger y tantos otros, empero, a fuer de comedido no lo haré para sortear el riesgo, contra el que ni la más sesuda y objetiva crítica está inmune, de estampar juicios con privanza de eternidad. Así pues, en gracia a la brevedad a la que, mal que me pese, debo sujetar estos escolios a humo de pajas cocinados, agregaré simple y llanamente, para finalizar, que la hermosa coreografía de clásica estirpe de Carlos Veitía llenó a plenitud mis expectativas –que no eran pocas ni flacas-, que la escenografía de Fidel López, vistosa, imaginativa y funcional, también me satisfizo, que el espléndido vestuario de Magali Rodríguez no podía dejar de complacer hasta al espectador de gusto más exigente, que las luces, en diseño de Bienvenido Miranda, cumplieron a pedir de boca su cometido onírico y que a resultas de todo lo anterior tuvimos –otra cosa no cabía esperar- una versión encantadora y memorable del famoso ballet de Tchaikovski… Derroche de fantasía, buen gusto y talento creador por los que hay que felicitar a cuantos en dicho montaje participaran, sin olvidar a Catana Pérez de Cuello cuyo concepto brindó unidad y cohesión al espectáculo.

 Que de este “Cascanueces”, dadas las precariedades del medio y la falta de suficiente apoyo oficial, sólo se hayan ofrecido cinco funciones, cuando debería haber permanecido en cartelera durante varios meses, abierto a mínimo costo al público juvenil de nuestros barrios pobres -labor educativa para la que el gobierno tendría que mostrar más interés- es quizás el único aspecto a lamentar de esta magnífica producción escénica sobre la que han versado las intempestivas reflexiones que, a punto largo y sin otra ambición que decir lo que siento, dejó caer mi incorregible pluma.