Un consejo de las circunstancias

La actual sequía, cuyo final nadie está en condiciones de pronosticar, debe ser aleccionadora. Debe llevarnos a tomar en cuenta sus secuelas, expresadas a través de la tormentosa escasez de agua, para trazar disposiciones de previsión. Y el Ministerio de Medio Ambiente, que ya ha dispuesto suspensión de la tala de árboles y extracción de materiales de los ríos, debe sentirse con la suficiente autoridad para hacer cumplir con todo rigor esas decisiones y dar pasos adicionales para proteger los ecosistemas.

Nuestros tormentos por la falta de lluvia no son ajenos a la tala de árboles, sobre todo en las cuencas hidrográficas, y a la destrucción de los cauces de los ríos por medio de la extracción de materiales. Ambas cosas provocan secuelas que ahora se han maximizado por la influencia de factores como el cambio climático. Medio Ambiente debería sentirse convocado a inventariar los pasivos ambientales dejados por esa actividad y aplicar correctivos.

Las circunstancias aconsejan actuar con drasticidad, para disponer cuantas medidas sean necesarias para modificar los patrones que han regido hasta ahora la explotación de recursos como los materiales de los ríos o los árboles. Que se hagan cumplir con firmeza las prohibiciones adoptadas y diseñar cuantas otras sean necesarias para corto, mediano y largo plazos.

MUY MAL ACOSTUMBRADOS 

A fuerza de cotidiana repetición, los delitos de todas las cataduras se han hecho cosa del diario vivir. La sociedad está inmersa en esa vorágine y parece adaptada, o tal vez muy mal acostumbrada, a la secuencia violenta que es sello de distinción de la inseguridad. Y lo peor es que la fuerza de la costumbre ha ido imponiendo el silencio de los grupos sociales. Ni siquiera un movimiento como el que pacíficamente venció la resistencia del Gobierno a invertir el 4% del PIB en la educación, se ha zapateado ante tanta indefensión.

El Gobierno, a pesar de todos estos pesares, no exhibe un plan estratégico para enfrentar el problema. En fila india, el delito, la represión y la impunidad se presentan ante los ojos de una sociedad que, a fuerza de tanto ver este drama, lo asimila como modus vivendi. Es una muy mala costumbre.