Un desacierto vaticano

JACINTO GIMBERNARD PELLERANO
Peligroso asunto es meterse en los asuntos de la Iglesia Católica. Después del apóstol Pedro se fue levantando un mecanismo político que lleva veinte siglos de exitoso ejercicio y experiencia. No fuera justo y bondadoso el Creador, si, a pesar del “libre albedrío”, que establece una responsabilidad humana por las acciones cometidas, interviniera a través del Espíritu Santo, descargando, de tal modo, la responsabilidad de los humanos, al tomar partido en sus decisiones, acciones y desatinos.

A mis discípulos de violín y de música en general les he advertido siempre que Dios no puede intervenir en el modo en que sonamos o creamos arte. El Creador nos otorgó un don, una facilidad, una iluminación, para que la trabajemos concienzudamente, para que entreguemos a estos privilegios todo nuestro esfuerzo ímprobo, pero ni toca en nuestros instrumentos ni mueve la pluma creadora. Esto es resultado de “razones anteriores” que no vienen al caso ahora.

La elección del cardenal Joseph Ratzinger como Papa ha sido —no voy a darle espacio a las hipocresías, eufemismo y temores comprensibles—, un desacierto que nada tiene que ver con sugerencias del Espíritu Santo, totalmente inocente en la materia, no porque quisiera, sino porque le estaba impedido. Yo creo firmemente en un orden establecido en la Creación Divina, con leyes que no pueden ser violadas. Cada cual es responsable de sus hechos y beneficiario de sus arrepentimientos y radicales transformaciones en sus conductas… de aquí el Perdón de los Pecados.

Sin disfraces ni temores, nosotros, los educados dentro de las enseñanzas de la Iglesia Romana, como multitudes en la misma Alemania —incluyendo al hermano mayor de Ratzinger— consideran que fue una elección desafortunada. No porque haya Joseph formado parte de las Juventudes Hitlerianas y sirviera a la fuerza militar nazi, porque existía allá una obligatoriedad que nosotros conocimos bajo el régimen tiránico de Trujillo, sino porque Ratzinger ha mantenido una postura represiva contra quienes ven a Cristo como otro tipo de valor universal, en el cual no impera la bondad, la comprensión de los más altos valores y demostraciones de buena condición humana, su amor por los pobres y desvalidos, por los enfermos y dejados de lado por la justicia humana.

No voy a andar con rodeos.

Me pregunto ¿qué tipo de criterio predominó en el Cónclave cardenalicio?

¿Una idea de Iglesia fuerte, única y Santa?

Quienes tratan de seguir las enseñanzas fundamentales de Cristo, en la mayor medida en que les es posible ¿no cuentan…no existen?

Quienes cargan el pesado fardo de un drama hormonal como el homosexualismo, ¿están irremisiblemente condenados…no tienen suficiente con el tormento (usualmente ocultado con enormes esfuerzos) de su íntima realidad y merecen un feroz garrotazo de la compasiva iglesia que dice seguir a Cristo?

La Teología de la Liberación que surgió en Latinoamérica después del complejo Concilio Vaticano Segundo e impulsó una “opción preferencial por los pobres”, fue combatida frontalmente por Ratzinger por estar cargada de “influencias marxistas”, procediendo a castigar a más de un centenar de teólogos que acogían el movimiento y las luchas sociales.

Pero lo que promovió Cristo, ¿no fueron luchas sociales, un nuevo orden abarcador de todos los hijos de Dios… sus hermanos?

La prevención de los embarazos conflictivos o peligrosos, ¿merecen la airada repulsa eclesiástica romana?

El extraño documento de Ratzinger, titulado “Dominus Iesus” publicado en el año 2000, que declara a la Iglesia Romana como “único” medio de salvación y le niega categoría de iglesias a protestantes, evangélicos y pentecostales (porque no están sometidos a Roma) es algo alarmante.

Puedo asegurar que Juan Pablo Segundo, que se acercó respetuosamente a otras creencias cristianas y no cristianas, no estaría de acuerdo con ésto, y si Ratzinger fue “su mano derecha”, y consejero, el Santo Padre no atendió sus insinuaciones cuando se acercó a los pobres del mundo, cuando visitó mezquitas y sinagogas y oró humildemente ante el Muro de Lamentaciones de Jerusalem.