Un desafío negativo nacional con pocos precedentes históricos

Un desafío negativo nacional con pocos precedentes históricos

Fernando Álvarez Bogaert.

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Hemos referido con anterioridad, el creciente proceso de conectividad en las principales plataformas de la red social que convierten el planeta en real “Aldea global”. El alcance de este progresivo proceso de permitir el acceso a la información de la sociedad, era parte, en el año 1948 del texto de la “Declaración de los Derechos Humanos” proclamado por las ONU, en el Artículo 19 del mismo: “Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión”. Este precepto universal encuentra su consolidación en la red social y, la denominada “Democratización de la información”, un proceso que nace de las entrañas mismas de la revolución de la tecnología con el Internet como actor de principalía, toma campo y se expande por toda la humanidad.

Sin embargo, una sombra crece, se expande y gravita de manera contundente en la vida cotidiana del ciudadano sin barreras ni discriminación alguna. La desinformación, el exponencial tránsito de textos, audios y videos expuestos sin rigor ético, sin proyectar consecuencias a sectores específicos de la sociedad, llama la atención de tecnólogos, médicos, cientistas sociales, autoridades gubernamentales e instituciones no gubernamentales, entre ellas, organismos internacionales de gravitación importante en toda la geografía universal como la Organización de las Naciones Unidas.

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No nos embarga duda alguna de encontraron con uno de los retos que amerita mayor atención en nuestra contemporaneidad. En la red social el flujo creciente de información sin existir mecanismos de filtración adecuados a su tránsito, la instantaneidad con que ocurre por las plataformas de Facebook, Instagram, TikTok, Snapchat, Telegram, YouTube, Twitter, WhatsApp, etc. la han convertido en una problemática que parcialmente obstruye el proceso de “democratización de la información” con fines de contribuir al desarrollo de una sociedad, de ciudadano donde estos espacios digitales de acceso universal, se conviertan en emisores y receptores de adecuados mensajes, de soluciones a problemáticas que hacen acto de presencia en un vasto público que ha hecho de ellas, compañía inseparable.

Encuesta realizada en 142 países, publicada por la Organización de las Naciones Unidas (Resumen de política de integridad de la información de la ONU, 2022) arrojó entre sus resultados que, el 59% de usuarios habituales de internet y redes sociales, sentían preocupación por aspectos específicos desinformantes en línea. Las misiones de paz de ese organismo internacional muestran preocupaciones por este fenómeno que recorre cada rincón de la geografía universal al expresar, el 25% de la muestra aplicada que, la desinformación ha incidido en el cumplimiento de sus misiones internacionales ocupando el primer lugar el daño a la reputación.

A estas alturas del desarrollo y alcance de las redes sociales caracterizadas por el crecimiento explosivo de la desinformación, es imperativo que reduzcan los daños.