Un desafío que debemos ganar

No aspiramos a que nuestros  policías se dejen matar por gente que anda en riña con la ley y los principios de convivencia armoniosa. No queremos que  la Policía Nacional deje de ejercer la función que le corresponde en la sociedad, que es la de perseguir y capturar a delincuentes para ponerlos en manos de la Justicia.

Lo que nos preocupa es el alto índice de muertes de delincuentes reales o supuestos a manos de policías, en alegados intercambios de disparos que el Ministerio Público  pasa por alto como si tal cosa. Preocupa que la defensa de la jefatura de la Policía a la línea de mano dura pueda estimular entre nuestros policías el uso del recurso del exterminio de sospechosos.

Nuestro ordenamiento jurídico impone que toda muerte sea debidamente investigada por el Ministerio Público, para establecer circunstancias y responsabilidades. Pasar por alto los intercambios de disparos y acogerse ciegamente a la versión de las patrullas policiales actuantes, sin oponer esa versión a los resultados de una investigación,  nos coloca ante riesgos no menos graves que el que provocan los delincuentes con sus actos. El policía ejerce una función de alto riesgo y  requiere de un entrenamiento especial que le permita dejar el recurso de la fuerza extrema como última alternativa. No es procedente aplicar códigos que puedan estimularlos a acudir a la vía rápida.

 

Una ofensa para nuestra pobreza

La campaña electoral es ofensiva por todas sus vertientes. Desde el punto de vista conceptual, su contenido es de una pobreza enorme y su tono ofensivo nada tiene que  envidiarle a cualquier pleito de comadres de traspatio. Los argumentos no pasan de ser chismes baratos, en vez de ser postulados de soluciones a nuestros más mortificantes problemas. Los políticos se resisten a someter su lenguaje y procedimiento a la moderación.

Sin embargo, tan extrema como la pobreza de contenido es la dilapidación de recursos en que incurren los partidos y sus candidatos para financiar propaganda y comprar conciencias en el mercado del transfuguismo irreverente. Indigna  que en un país con tantos pobres haya tanta ostentación para promover la vaguedad argumental que caracteriza la campaña electoral. Indigna más aún que los dineros del Estado sean destinados a cubrir parte de este derroche que ofende nuestra pobreza.