Un día en la 40

Un día en la 40

FABRICIO COLLADO
Dedicado a aquellos que proclaman «aquí hace falta un Trujillo».
Aunque los hechos verídicos relatados en este artículo no tuvieron lugar durante un solo día, tómenlo como lo que les podría suceder durante «un día en la 40». Lo escribo inspirado en el libro «1J4, De Espigas y de fuegos. Aportes para la memoria necesaria: Testimonios de un militante», de la autoría de don Leandro Guzmán, reconocido por su martirologio, firmeza, seriedad y su dilatada experiencia como dirigente político y secretario general del inigualable e insuperado movimiento revolucionario-progresista, 14 de Junio (1J4).

Don Leandro nos narra que «a las dos de la madrugada del 17 de enero de 1960 se presentaron» a su casa tres carros Volkswagen con agentes del SIM (Servicio de Inteligencia Militar) en su interior. De inmediato se dirigieron a la puerta frontal de su hogar, abierta por el propio Leandro Guzmán: fue brutalmente asido, empujado por las escaleras del apartamento e ingresado al vehículo con violencia bestial, para luego dirigirse a la «famosa» cárcel de torturas de La 40. Es durante ese fatídico 17 de enero que inicia un largo vía crucis de sufrimientos físicos, tormentos sicológicos y del alma.

Al llegar a La 40 (que debe su nombre a la calle denominada La 40 de la capital de ese entonces, en la que estaba ubicado dicho centro de torturas), fue desnudado y «empujado a una escena dantesca» en la celda que compartían, «desnudos y bárbaramente golpeados que parecían monstruos, casi todos» sus compañeros del movimiento antitrujillista de resistencia interna 14 de Junio, dice el autor.

De inmediato su itinerario de torturas se inicia con la aplicación del «bastón eléctrico por todo el cuerpo pero, en particular, en los genitales». A continuación, como máxima medida de ablandamiento para el interrogatorio, fue sentado en la silla eléctrica, «forrada con placas de cobre, excelente conducto de corriente», explica don Leandro, en la que los «asillados» recibían corrientes eléctricas gradualmente aumentadas, hasta llegar a vencer su resistencia.

Como castigos complementarios estaban los azotes con la verga o «güebo» de toro, que eran tan brutales que en una ocasión, narra Leandro Guzmán, «nos vimos forzados a recoger nuestros propios excrementos expulsados incontinentemente durante el suplicio».

Además de las inhumanas e increíbles torturas físicas, también estaba el sufrimiento psicológico, como cuando Leandro fue obligado a presenciar un «ajusticiamiento revolucionario», al decir del torturador Candito Torres, cuando el extender la «invitación». Ya en el sitio del «ajusticiamiento» el cruel jefe del SIM, Johnny Abbes García, procedía a un «interrogatorio», durante el cual confrontó al prisionero y a un periodista al cual el primero dijo que el ahora prisionero le había encomendado «la tarea de averiguar con cuántos efectivos contaba la fortaleza de San Luis de Santiago». Llegó el momento cuando el celebérrimo Johnny Abbes retó al periodista y le dijo: «Como éste te quería joderte a tí, te toca a ti joderlo a él…».

Y así sucedió: lentamente fue apretando el tortol o «torniquete asfixiante» (que consistía en «un pedazo de madera que aprisionaba el cuello del detenido»), y al prisionero le «saltaban sus ojos en los que las cuencas acentuaban la claridad del iris; parecía que se saldrían de sus órbitas. El periodista apretaba y apretaba más el «tortol», al conjuro de las exhortaciones perversas de los torturadores…». Luego, el Ing. Guzmán «fue obligado a recoger el cadáver de (Eugenio) Perdomo para llevarlo al baúl de un carro», que, además, era propiedad de un conspirador antitrujillista que había sido fusilado en La 40.

En otra ocasión, el señor Leandro Guzmán fue obligado a ponerse la ropa y consumir la cena de Angel Russo, quien había sido asesinado esa misma noche.

Igual le sucedió a Pipe Faxas Castro, quien contó que «a las 10 de la mañana, habían ahorcado en su presencia, sentado y atado a la «silla eléctrica», al doctor Manuel Tejada Florentino».

Otro cruento episodio es el de los «Panfletistas de Santiago» (entre ellos dos adolescentes), que, al regresar de firmar «una carta en la que daban las gracias a Trujillo por haberles concedido la libertad…comenzaron a ser llamados por sus nombres…pasados por la silla eléctrica donde les aplicaron corriente hasta la muerte…» y los cuerpos echados al camión del Matadero Industrial para trasladarlos a una incineradora de basura.

También había animales de cuatro patas torturadores. Es el caso de Diana «una perra pastor alemán, adulta y entrenada por él (capitán Minervino), con la que recorría la cárcel», que «gustaba», sobretodo, de morder los genitales de los prisioneros en cada ocasión que le azuzaba su dueño, el capitán Minervino.

Los relatos de las experiencias vividas por el autor estremecen al más duro de los corazones, y constituyen una fuente fidedigna de información a las generaciones actuales y futuras y a los que piensen o digan que «en el país se necesita a un Trujillo», para conjurar la corrupción, la delincuencia y demás problemas sociales (que existían durante el trujillismo) y que ahora no son más que el resultado de los riesgos de la democracia, régimen que encara al humano con la responsabilidad de vivir en libertad.

Quiero terminar este artículo con un elocuente párrafo en el que Leandro Guzmán R., define su estadía en la 40. «Estar en la 40 equivalía vivir dentro de la propia muerte. Raros eran los días en que allí no se mataba, se mutilaba o se pervertía a alguien».

¡Qué Dios nos guarde!

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