Un diezmo para Popper

ANA ALMONTE
Karl R. Popper, en su libro autobiográfico “Búsqueda sin término”, publicado en el año 1974, niega objetividad al conocimiento científico que se convierte, según credibilidades filosóficas, en un cuerpo que alberga lo abstracto. A su juicio, la metodología que crea distintos procedimientos para profundizar una investigación carece de consistencia si la ciencia permanece en un subterráneo. Entiende que el conocimiento se disgrega en cada idea concebida, donde la formación de teorías propias e impropias determinará lo que es cierto o falso.

Popper busca la libertad mental, según refiere, en términos nacionales del alma y el cuerpo contradiciendo la efectividad del análisis científico donde se codifica la racionalización. Dentro de su amplificada concepción del ser de que el pasado hace el presente, aprehende el pensamiento metafísico de Kant, Aristóteles y Platón manteniendo la convicción de que la naturaleza es cambiable como el universo, donde la materia se descompone y regenera superando la lógica de la metodología. En “Búsqueda sin término”, el filósofo sostiene que la posteridad se define con un hecho relevante y que por ello la teoría sobre la gravedad expuesta por Newton no sobreviviría en la sociedades vanguardistas por la efectividad de un plan. Habría que ver, según nos aclara (página 58) cómo se manejó Newton para crear estrategias que lo inducirían a hallazgos que lo dotarían de eternidad histórica por favorecer a la ciencia con la credibilidad. Sin embargo, cuestiona Popper ¿qué es el conocimiento si no es capaz de ostentar convencimiento?, ¿para qué sirve si no se asume con la simpleza o complejidad que muchos mortales otorgan a la febril necesidad de sentirse dueños absolutos de la razón? Deduce que el convencimiento supone el todo y que ese convencimiento absoluto de la verdad también se viste de subjetividad que lo acerca más a esta conjetura: tanto la ciencia como el pensamiento son aspectos condicionales de la mente, propios de una maquinaria de inquietudes, raíces que estrechan y conducen a que un determinado hombre sea amo y señor del pensamiento colectivo.

Karl Popper crea nuevas teorías sobre el pensamiento intelectual de los científicos en las que señala que todo investigador dependerá de cierta inteligencia innata que depurará con las lecturas para luego albergar en el cerebro una compilación de información. Información que soportará su presente y pasado para llegar a una resolución del objeto que observa. Subraya que el pensamiento intelectual es una de las principales armas de poder de las que dispone la humanidad para apoderarse de una falsa verdad y que por ello vivimos bajo el engaño de lo experimentado, donde cada quien reviste de lógica sus enunciados convirtiendo en razonable una mentira que es creída posteriormente.

En determinada cuenta, Popper opta por sumergirse en la genealogía de la existencia cósmica y estar convencido de lo siguiente: “la objetividad no existe, nadie lo es”. Alude que toda acción regulada por un análisis metodológico es el resultado de una búsqueda parcial que, regularmente, responde a personales intereses.

Cree que el poder que otorga el conocimiento si no es manejado con moderación es un depredador que traga todo lo que no muestra complacencia. Y el discurso que proviene del liderazgo intelectual, supuesto de una adecuada planificación mental, de acuerdo con las exigencias de la popularidad, está sujeto, puntualiza, a lo ambiguo. Enfatiza que actuamos partiendo de una premura individual: somos o no somos poseedores del conocimiento por haberlo aceptado como válido y verídico en medio de una práctica interrogante donde simulamos hallar respuestas a todo con el pretexto de contribuir a la ciencia. Respuestas que como nos dijera el autor de Búsqueda sin término, ni él mismo obtuvo a lo largo de su obra deductiva y que, ante las revoluciones del mundo observable, tales preguntas en torno a la originalidad del conocimiento científico crecen en desproporción atendiendo a un sistema mental corporativo. Según su parecer, este sistema mental, condicionado por las propuestas de uno de cada diez científicos, colgará de un filo las posibilidades de descubrir o hallar.