Un enfoque estratégico de solución

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POR  TEOFILO REYES
En términos generales, según algunos tratadistas, el capital social expresa el valor colectivo de un entramado de redes sociales y la potencialidad que de ellas se derivan para generar bienestar individual y colectivo. Es decir, que el capital social utilizado adecuadamente, contribuye en forma determinante a mejorar la calidad de vida de los individuos y de las comunidades.

Para darnos cuenta de la importancia, sentido, dimensión pertinente de la significación y conexiones del capital social, es importante además de establecer una conceptualización más precisa, realizar algunas reflexiones y ponderaciones analíticas, en base a determinados aspectos y premisas que según algunos estudios, pueden poner en evidencia la trascendencia de tales afirmaciones.

En realidad, el concepto de capital social se refiere a: La capacidad de los individuos para asociarse y trabajar juntos, en grupos y organizaciones a fin de alcanzar objetivos comunes; lo cual depende del grado en que los integrantes de una comunidad confían unos en otros y de los valores positivos y normas que compartan para garantizar la canalización y logros de dichos objetivos y metas que progresivamente puedan ser establecidas.

Lo anterior revela, que el capital social se construye y opera en base al respeto mutuo, a la confianza y a la reciprocidad; cuyos elementos vinculados en un proceso de cooperación mediante diferentes tipos de organizaciones que a su vez permiten crear redes sociales de operaciones diversas y de acciones específicas que son ejecutables a través de múltiples canales.

Las distintas modalidades de capital social, se pueden categorizar en dos dimensiones fundamentales; la primera, entendida como la capacidad o liderazgo específico de un grupo o conglomerado social determinado, para aprovechar los valores, oportunidades y recursos favorables al desarrollo personal y colectivo; y la segunda, se refiere al componente estructural del capital social, que es representado por la presencia en una sociedad o comunidad, de una serie de redes y agrupaciones que facilitan las relaciones fundamentales en diferentes dimensiones de asociatividad; donde aparecen como aspectos relevantes, los valores de solidaridad, ayuda mutua, conciencia cívica, entre otros. Al llegar a este punto, es relevante señalar, que algunos estudiosos del tema en cuestión; han categorizado en diferentes tipos, las redes sociales, como son: a) Las redes sociales en un mismo grupo o conglomerado social vinculado por afectos y cariños, que confirman relaciones estrechas de tipo afectivo en el grupo (denominada bonding o capital social de unión; b) Las redes de capital social basadas en enlaces de afinidad o compañerismo medianamente cerrados, generalmente entre grupos de intereses comunes y del mismo estatus, son redes basadas en vínculos de tipo compromisarios (linking o capital social de vinculación); y, c) Redes basadas en sentimientos de respeto y relaciones asimétricas entre personas con pocos intereses comunes; son redes basadas en vínculos de tipo valorativo-social (bridging o capital social de aproximación). Estas redes, evidencian las diferentes naturalezas y motivaciones que tienen las personas para asociarse y canalizar sus acciones, intereses o formas de compartir voluntades. Estas características y tipos de relaciones, pocas veces son valoradas y tomadas en cuentas; y mucho menos, en los diseños de políticas públicas.

El modelo clásico de desarrollo, establece que las personas se especializan y desarrollan sus actividades económicas basadas o motivadas y guiadas solamente por alcanzar oportunidades para obtener beneficios físicos y financieros; en contraste con dicho modelo, el Paradigma del Capital Social plantea que los términos, niveles de intercambio y expectativas del desarrollo, no sólo dependen de nuestro deseo por los bienes físicos, servicios básicos y no básicos, así como por los activos productivos; sino también, dependen de nuestra búsqueda de bienes socio-emocionales, que siempre estarán presentes en todas las relaciones de intercambio, aunque pocas veces son valorados como aspectos relevantes, para un segmento importante de la población.

El paradigma del Capital Social, propuesto por los señores: Siles Robinson y Schmid, responde a un nuevo enfoque del desarrollo, en el marco del proceso de la globalización; donde se derivan importantes implicaciones y premisas explicativas como son: El desarrollo debe tener un alto sentido humano (equidad, racionalidad, etica, moralidad, entre otros aspectos); la pobreza es considerada como consecuencia de la negación de bienes, servicios básicos y también en gran medida por la carencia de bienes socio-emocionales. Según estudios recientes del Banco Mundial, los pobres no son sólo el resultado del acceso limitado de bienes y servicios materiales (aspecto excluyente de tipo material), sino también, límite del acceso al respeto, al aprecio y a la participación humana, que constituyen la esencia de los bienes socio-emocionales; es por tanto, esas carencias o limitaciones humanas, las que constituyen y explican básicamente el surgimiento del déficit de capital social de los pobres. Esta última premisa, constituye una relación causa / afecto de alto valor explicativo.

En razón de lo antes señalado, constituye una premisa básica del paradigma del capital social, el planteamiento de que una de la causa importante de la pobreza es el déficit de capital social que tienen los pobres en redes ricas en recursos de diferentes naturaleza; por lo que el diseño de una estrategia de desarrollo socio-económico sostenible y no excluyente, debe necesariamente tomar en consideración la influencia del capital social en la productividad de otras formas de capital y en la distribución de los beneficios y/o de los valores creados y transables en el proceso productivo y de intercambio; donde deben estar presente, aspectos de equidad, diferentes mecanismos de acceso, aspectos éticos-morales, y diferentes tipos de protagonistas reales con roles diferenciados y armonizados en la estrategia que se decida ejecutar.

Una de las consecuencias importantes y evidente, que actualmente observamos, en el caso de la República Dominicana, en que ese gran déficit de capital social de los pobres; operando en un medio social, también altamente deficitario en valores morales, éticos, inexistente equidad institucional; altos niveles de desempleo y de desigualdad económica-social siendo esta última, según el último informe del Banco Mundial, para RD. Del orden siguiente: “el 20% de las familias más ricas, concentran el 56% del ingreso nacional, mientras que el 20% más pobre, recibe solo el 4% del ingreso nacional”. Esta situación, aún es más agravante y frustrante en términos de proyección social, si se toma en cuenta que el mismo informe, señala que en RD: “uno de cada tres (1/3) jóvenes entre 18 y 25 años, no completa la escuela primaria (33.3%), y también, un tercio de los que terminan la primaria, no acaban el nivel secundario, lo cual explica, el otro gran déficit de escolaridad secundaria y terciaria existente en el país”. Esto también, constituye otra premisa de alto valor explicativo.

Es evidente que los déficit indicados; entre otros aspectos y déficit, también importantes no señalados; encabezado por el gran déficit del capital social de los pobres, brevemente analizado; actuando dichos déficit y presionando todos, unos más que otros, en un medio cuyo entorno responde a las características indicadas más arriba; según los principios de lógica elementales, es evidente que tienen como mayor probabilidad de impactar significativamente en términos de efectos social, en la realización de hechos y acciones dirigidas a traducirse en componentes que viabilizan y potencializan la transformación de dichos déficits en actos delincuenciales progresivos, llegando a generar una situación de “Superávit Delincuencial”, en términos del comportamiento normal en la evolución del tiempo, como consecuencia de una dinámica socioeconómica frustrante y “revalorativa” negativa a la vez, por aquello de los “antivalores” que están siendo indirectamente promovido actualmente en el proceso de globalización y la eficacia de la tecnología de la información.

Un elemento indicativo, del referido “superávit delincuencial”, lo explica el hecho, de que según estadísticas de la Procuraduría General de la República, publicada por el Diario Libre (21/6/2006), en RD. Del año 2001 al 2005, se habían producido un total de 20,136 casos de muertes de dominicanos; de los cuales, 7,410 casos (36.8%) fueron por muertes en accidentes de tránsitos; mientras que un total de 8,677 casos; es decir, el 43.1% fueron casos por muertes de “Homicidios voluntarios”, donde se registran y cuantifican los casos de atracos, asaltos (actos delincuenciales), conflictos sociales y pasionales, entre otros. Los datos sobre el fenómeno del auge de la delincuencia en el país son aún, más ilustrativos, si se toma en cuenta que según algunas estadísticas del año 2005 (Revisa Avance, órgano de difusión de la P. N., Edic. No. 24, Pág. 4, Abril/2006), en los barrios y sectores de altos riesgos en el D.N., se registraron entre ocho (8) y diez (10) denuncias diaria de personas víctimas de robos, atracos y asaltos (actos delincuenciales).

Según los aspectos señalados y las premisas establecidas, la conclusión pertinente del análisis, asumiendo el paradigma del capital social, es que para atacar varias de las causas importantes no sólo del gran déficit del capital social de los pobres que facilita y promueve como consecuencia, el “superávit delincuencial”, se requiere además, atacar con acciones y proyectos específicos los factores que generan las brechas de la desigualdad económico-social, y el Déficit de Inequidad Institucional Acumulado; lo cual para poder garantizar efectividad, exige como condición determinante, la voluntad política y la decisión de identificar y desarrollar una estrategia integral viable, convincente y creíble, que contribuya en forma efectiva al desarrollo sostenible del capital social de los pobres en RD.

En razón de los criterios referidos, según recomendaciones de las mejores prácticas sobre la identificación de estrategias, valoradas por algunos expertos (kingsley, Mcneely y Gibson/1997), se indican siete principios fundamentales para el diseño e implementación de una estrategia viable, que pueda garantizar el desarrollo sostenible del capital social orientado hacia los pobres, los cuales responden a las características y tipos siguientes:

1) La estrategia debe estar focalizada en iniciativas específicas de mejoramiento de barrios, de una manera que permita reforzar valores sociales y construir formas de capital social válido, creíble y humano.

2) Debe ser conducida en lo posible por la comunidad, con amplia participación de los representantes de cada comunidad.

3) El proceso y conjunto de acciones debe abarcar a la mayoría de los problemas del barrio, con un enfoque estratégico creíble y emprendedor (iniciativas innovadoras y pertinentes en cada caso).

4) Apoyarse en los activos de la comunidad, tomando en cuenta sus diferentes modalidades.

5) En principio debe prevalecer la articulación a la escala y condiciones de cada tipo de barrio.

6) Se deben establecer vínculos de colaboración con la sociedad en forma amplia, a fin de identificar y facilitar mecanismos que permitan fortalecer las instituciones comunitarias y obtener mayores oportunidades fuera del barrio.

7) Establecer una estrategia que permita cambiar de forma deliberada, las barreras institucionales que surjan como obstáculos para vincular el barrio con la sociedad general a diferentes niveles.