Un fenómeno de masas políticas

Los partidos Revolucionario Dominicano (PRD) y de la Liberación Dominicana (PLD) se destacan en los últimos años como las principales organizaciones que realizan las más grandes manifestaciones de masas, cuyos éxitos dependen de la capacidad organizativa y poder de convocatoria dirigidas a sectores urbanos y rurales, cuya clase media era el espacio político que se disputaban ferozmente en el pasado.

Está comprobado en las últimas elecciones que cuando uno de éstos dos grandes partidos le toca gobernar y no realiza las promesas anheladas, las masas se van para la acera de enfrente, aplicando la máxima que dice que “las masas no son de nadie”.

La pasada marcha del PLD es la expresión popular de lo que hace tiempo se viene percibiendo en las conversaciones en vehículos públicos, encuestas nacionales y sectoriales -empresas privadas, embajadas extranjeras, organizaciones de la sociedad civil-, de que Leonel Fernández regresará al poder el próximo 16 de mayo para luego de estar al frente de las cosas públicas encarar la peor crisis económica de la que se tenga memoria, creada y ejecutada, como una obra maestra del mal, por el gobierno blanco de Hipólito Mejía.

Aunque el partido morado viene demostrando desde su fundación una principalía en la ejecución de grandes manifestaciones públicas la del pasado 26 de enero es digno de ser estudiada desapasionadamente por los observadores de los fenómenos políticos nacionales, porque lo que se vio en los grandes barrios que penetró -donde hubo una identificación entre los que marchaban y observaban desde sus residencias o esquinas, todo estaba teñido de morado, nadie sacó un distintivo de otro partido-; a pesar del desbordamiento humano marchar por las llamados “barrios calientes” no hubo un incidente que lamentar.

Lo que aconteció es un fenómeno político que se da cuando una sociedad está sumergida en una profunda crisis material y espiritual, “escoge” un partido político para expresar sus protestas y aspiraciones. Cuando las masas hacen “su yo” un partido para expresarse colectivamente es lo que en la sociología política se conoce como la voluntad popular.

La primera expresión de la voluntad popular la vimos en el año 1978, cuando el autoritarismo balaguerista se quería perpetuar por vida en el poder mediante una sucesiva reelección que sumergió a la República en una crisis económica que golpeó el nivel de vida de la población de una manera tan cruel, sobre todo a la emergente clase media, que la mayoría se decidió, sin importar represión política, sobornos y fraudes electorales, derrumbar los “doce años balagueristas” y llevar al poder al PRD y al llamado “presidente agricultor”, Antonio Guzmán Fernández.

Respetando tiempo y actores políticos, pero con el mismo fondo de la crisis económica e institucional del 1978, en el año 2004 el PRD, olvidándose que fué protagonista y beneficiario de lo que aconteció en aquellos traumáticos días, se montó en el carruaje fantasmal de la reelección presidencial, con tan mala suerte que lo hace cuando esta terrorífica caricatura política ya no asusta a nadie.

El desbordamiento humano que se produjo en la marcha morada quedó testimoniada en las vistas aéreas tomadas en la confluencia de las avenidas Duarte con Nicolás de Ovando, donde se ve un mar humano formando “una cruz” tan impresionante que es imposible determinar el final de las gentes en cada una de sus líneas perpendiculares.

Las partes sur y norte de la ciudad fue tomada de tal manera por las muchedumbres que las calles escogidas para el recorrido fueron insuficientes, y la marcha que debió recorrer 5 kilómetros, calculada para terminar en una hora, en las inmediaciones del Liceo Juan Pablo Duarte, tuvo que seguir hasta el Malecón del Mar Caribe, donde una masa compacta y vehículos marchó hasta horas de la noche.

El PLD “ha sido escogido” por la voluntad popular para gobernar a partir del próximo 16 de agosto, pero ojalá nunca olvide la dura lección, que más que se le dio repetidamente los perredeístas nunca aprendieron: la voluntad popular como expresión política del pueblo, no es propiedad de nadie en particular. La población la pone en mano de una determinada organización política, en un momento coyuntural, y la permanencia o no en mano de este partido depende si éste ejecuta su sentir, aspiraciones y la conduce hacia una vida más próspera.