Un impasse aleccionador

Haití decidió no comprar fundas plásticas dominicanas, para lo que ha invocado causas ambientales. No es la primera vez que perjudica al país. Ya antes  prohibió la compra de pollos y huevos dominicanos, invocando causas sanitarias. En  ambos casos  los argumentos han sido traídos por las greñas. El Gobierno haitiano sacrifica a su pueblo para congraciarse con grupos económicos de su país que tratan de desplazar la oferta comercial dominicana.

Del lado dominicano se acusa a Haití de violar acuerdos que no parecen pasar de meras  declaraciones de mutuas intenciones. Hay quienes hablan de sentar a Haití en el banquillo de los acusados de la OMC, a sabiendas  de que resultaría difícil que ese organismo sancione  a  un Estado con estatus  de Nación Menos Favorecida. El impacto de las vedas haitianas en los productores dominicanos revela lo impropio que es atarse tozudamente a un solo mercado, en un archipiélago tan rico en  consumidores.

Lo aconsejable es dejar que la diplomacia trabaje para arreglar las cosas, desechando el recurso de ir a la  OMC. Los haitianos, que podrían pedirle cuentas al Gobierno de su país, continuarán comprando pollos, huevos, plásticos y otros productos dominicanos. Nadie se los vende más barato. Con Haití, el comercio informal parecería más provechoso y menos complicado. Hagamos valer nuestras leyes y soberanía.

LA CULTURA DEL GATILLO ALEGRE

La cultura del gatillo alegre y el uso excesivo de la fuerza ha cobrado otra vida útil. Esta vez fue  la del pelotero Ernesto Jairo Parra Reynoso, de Puerto Plata, quien fue alcanzado por un proyectil en la espalda cuando una patrulla policial disparó contra el motoconcho que lo transportaba y que desobedeció una orden de alto. La jefatura de la Policía dispuso el arresto y sometimiento a la justicia de los integrantes de la patrulla, pero eso no devuelve la vida tronchada ni mitiga la congoja de familiares y amigos.

Una transformación que necesita la Policía es desterrar la tendencia criminal de muchos de sus miembros, de disparar sin miramientos  por causas injustificadas. La cultura del gatillo alegre no puede seguir suplantando el procedimiento civilizado y lógico. El respeto por la vida debe primar en todo momento. La fuerza de la autoridad no está en el lenguaje de las balas.