Un libro breve de argumento largo

24_09_2016 24-09-2016 Areito Areíto3

¡Oh, Dios!, la nueva obra de Emilia Pereyra, rompe con la forma habitual de la novelística, puesto que asume la estructura de versiones. Está compuesta de 39 historias sin aparente conexión argumental, pues cada personaje sale de escena al final de la versión en que interviene. Gráficamente, las versiones parecen capítulos, pero no lo son, pues las versiones, versiones son.
En esta obra sobresalen hasta el final los dos personajes principales: el bueno y el malo. Dios y el diablo son esos personajes que prevalecen, que discuten, que garatean, que recelan entre sí, uno que regaña y otro que se burla desde la primera página hasta la última.
La autora, sin cometer un deicidio, ha tomado a Dios por su parte más sensible, lo zarandea un poco y lo muestra en sus debilidades. No es que Pereyra se haya vuelto iconoclasta, pero tal vez lo parezca. No es que ella sea irreverente, pero en ocasiones pone a Dios pequeño, aunque fuera para luego retornarle palmariamente su condición de todopoderoso.
¡En Oh,Dios! la realidad objetiva y la realidad imaginaria se corresponden fielmente. En las 39 historias intervienen personajes reales, unos tan de ahora como Gabriel García Márquez, Barack Obama y Silvio Berlusconi y tan antiguos como Shakespeare, Cervantes o San Agustín, pero ninguna versión es copia fiel de la realidad, sino la creación de nuevas realidades que por ficticias no dejan de ser referentes del marco social, político o moral en que vive la autora.
Emilia contextualiza nuestra historia con las de otras regiones del mundo demostrando una marcada vocación de universalidad para la obra. Lo insólito, lo fantástico, lo maravilloso, reflejan a su modo la realidad, por lo que a partir de estos hechos la novelista refleja el cosmos como lo desea o necesita para llevar a cabo su obra.
Aunque recurre a personas reales, y sus hechos están dotados de gran verosimilitud, Emilia Pereyra edifica una novela rica de imaginación en la que da la vuelta al mundo difundiendo un clamor de justicia, denunciando comportamientos impropios de líderes políticos, religiosos o de opinión. En cada caso se cuenta la presencia de Dios, quien mayormente llega tarde o a paso lento, cuando los débiles han sido pisoteados por los poderosos. En cada caso también se registra la presencia de Satanás que alienta la perversidad y la tragedia y los vicios en que incurre la humanidad.
Dios resulta humanizado y manipulado; Emilia descubre sus debilidades y tanto lo celebra como lo soslaya, lo sube como lo baja, lo disfruta como lo sufre. ¿Por qué lo sufre? Porque a la autora le duele la injusticia, el abuso, la criminalidad y la pesarosa forma de vivir de muchos seres humanos que no merecen las desgracias que le han tocado.
Dios llora y Satanás ríe en varias de las historias que nos ofrece Emilia Pereyra en esta muy original novela. Sus avatares ante los desvaríos del mundo y los constantes asomos burlescos de Satanás motivan a Dios a tomar la decisión de buscarse una compañera. Ocurre una tarde que se paseaba sobre Venecia.
La versión de que Dios se busca una pareja, bellamente titulada “Amor en la Ciudad del Agua”, no solo representa un divertimento, una paradita refrescante en la ruta pedregosa de historias desconcertantes y que constituyen una crónica general de las imperfecciones humanas, sino que la creación de Diosa, que así se llama la consorte de Dios, responde a la convicción de una mujer, plena mujer, sobre el edificante rol femenino en la vida de los varones.
Emilia Pereyra ha mostrado su poder creativo, siguiendo, cual reportera cósmica, los pasos de Dios en sus variados encuentros con personalidades buenas y malas, de todo el mundo. Así narra los encuentros del creador del mundo con Mandela, Teresa de Calcuta o Mao Zedong, como muestra a Dios preocupado por la contaminación del ambiente, revela su impotencia frente a la falta de gobernabilidad del mundo mientras el Diablo alega que gobierna arriba y abajo.
En Dubái Dios queda estremecido con el desorden, el consumo de drogas y culto al cuerpo, tampoco se queda callado frente a las atrocidades financieras del estafador Bernard Madoff. En Las Vegas su molestia llega a extremos, ante tanto vicio, pecado, fasto. Dios cambia el orden de las máquinas de juego. Todos ganan: “Los mecanismos del fraude son revertidos”.
Dios se sobresalta, mira, escucha, reconoce, necesita pensar… Se encoleriza en Bilbao por las acciones terroristas de Eta. Cuando se traslada, es mayor el sufrimiento. El creador del mundo derrama lágrimas en Gaza y sufre el desaliento de los jóvenes japoneses, mientras Satanás lo pone en apuros cuando le dice: “Has perdido poderes y tienes graves olvidos”.
Son treinta y nueve versiones, ya lo he dicho, ricas en sabiduría. Ni siquiera referiré el reconfortante momento vivido por Dios en la aldea natal de Nelson Mandela o su deleite de hablar con la madre Teresa o el punzante gozo de la novelista cuando describe a un crítico literario amargado y vulgar que se propone “hacer mierda” la obra de una escritora a quien llama “negra de cuarta”. Satanás se ha metido en el alma del crítico gordinflón, apunta Emilia.
En este libro, el diablo es usado para echar en cara las impotencias de Dios. Bastaría con ver el diálogo del demonio con san Agustín (p. 155-161). Es una pieza digna de antologizar, por su alto valor simbólico y profundo contenido teológico. El diablo se queja del predominio de la maldad para culpar a Dios, y enrostra a san Agustín que Dios ha dejado a los seres humanos a su triste suerte.