Un lugar con historia que se
convirtió en centro de atracción

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Por Ángela Peña
Tres años después de que cayeran en combate los cuatro principales integrantes del llamado “Comando de la Resistencia”, la casa que les sirvió como último refugio era frecuentada por figuras tan destacadas como el ex Presidente Jacobo Majluta, Franklin Almeyda Rancier, Rogelio Delgado Bogaert, Manuel Ramón Montes Arache, Evelio Hernández, Pablo Rafael Casimiro Castro, Porfirio Rojas Nina, el general Folch Pérez, entre otros amigos de su segundo propietario, Rafael Bolívar Sosa Figuereo, quien a pesar de haber conservado la residencia con algunos símbolos que recordaban a los revolucionarios, introdujo modificaciones que la convirtieron en atractivo, centro de turismo de estudiantes y adultos maravillados con el espectáculo de faisanes, laguna artificial, botes, crianza de conejos, ovejas, chivos y otros animales.

Isabel Lázaro viuda Sosa (Betty) contó la historia de esa residencia, de la cueva donde fueron enfrentados los guerrilleros, sus entornos, al aclarar versiones ofrecidas por lugareños del kilómetro 14 y medio de la autopista Las Américas, quienes afirmaron que su finado esposo fue quien rentó la vivienda a los valientes combatientes cuya memoria ha sido venerada denominando como “Los Palmeros” la avenida marginal paralela al sector, hoy conocido como barrio “Juan Bosch”.

La dama conserva fotos de aquellas festivas reuniones. Sosa, ese alegre y sociable anfitrión, generoso, sensible, tan humanitario, según su esposa, que los circundantes pobres le llamaban “papá”, fue asesinado por tres de sus empleados. El capataz de su confianza, que le servía como camarero, preparaba un trago a Casimiro Castro, cuando escuchó al ingeniero ordenar a uno de sus hijos que colocara un dinero sobre la caja fuerte. Ese 1 de noviembre de 1993, los esposos Sosa Lázaro habían realizado una operación de venta. Al día siguiente, aprovechando la ausencia de doña Betty, se produjo el intento de asalto por parte del trabajador y dos cómplices.  Sosa fue herido hasta la inconsciencia. Falleció el cinco de noviembre de ese año. Folch Pérez, que iba a llevarlo a visitar la tumba de su madre, por ser “Día de Finados”, lo encontró en una silla del comedor con el periódico en la mano, de espaldas a la puerta de entrada, inconsciente por los golpes y tubazos y un disparo con el rifle con el que se defendía su compañera por las noches.

Tras leer la reseña de HOY en torno a la vinculación del nombre de su esposo con Amaury Germán Aristy, Bienvenido Leal Prandy, Ulises Arquímedes Cerón Polanco y Virgilio Perdomo Pérez, doña Betty especificó: “En realidad, esa casa pertenecía a Flavio Risk Pimentel, pasó a nuestras manos en 1975, porque Risk la había comprado mediante venta condicional. Nosotros éramos los propietarios de todos esos terrenos”. Probablemente, agrega, fue Flavio Risk quien le alquiló a través de terceros, “porque ellos eran muy reconocidos”.

Muestra copia del título de propiedad e infinidad de otros documentos y fotos de los amigos citados colocando vejigas de colores, en grupos de conversaciones, en el bar, las terrazas, las salas, la laguna.

Al día siguiente se produjo el intento de asalto por parte del trabajador y dos cómplices.  Sosa fue herido hasta la inconsciencia. Falleció el cinco de noviembre de ese año.

“Patrimonio histórico”

Cuando “Los Palmeros” se trasladaron a la vivienda, Sosa poseía enfrente su casa de veraneo, que aún existe, pero entonces no la habitaba porque residía en Miami. La usaba sólo para guardar el bote. “Mi esposo trató de conservar casi igual la casa, siempre consideramos que iba a ser un patrimonio cultural, histórico, por el hecho que ocurrió ahí y las personas tan especiales que la vivieron, no le hizo grandes modificaciones, las paredes tenían bazucasos, los pisos manchados, como que se quemaba algo ahí adentro”. Reveló que, con el suceso, se perdieron muchos objetos de la casita de veraneo. Después, sólo vivían ellos y su amigo “Rafelito Almonte”, en una casa construida en un terreno elevado.

Sosa heredó las tierras de su bisabuelo, el ex Presidente Wenceslao Figuereo, “que vivió en la casita que él usaba para vacacionar”. Rafael Bolívar, altamente sociable, con facilidad para hacer amigos que no tenían que anunciarse para llegar y ser recibidos con entusiasmo, nació en Santo Domingo el 23 de diciembre de 1933, hijo de Alfonso Sosa Alburquerque y Luz Figuereo Cabral, nieta del ex gobernante, al que apodaban “Manolao”. Su abuelo, Wenceslao Figuereo hijo, ocupó importantes cargos durante el trujillato, narró doña Betty. “Doña Luz tenía un carácter muy fuerte, se destacó mucho”, añade. Su único vástago debió irse al exilio durante la tiranía “porque se involucró con una persona en Macorís que parece tenía un lío de faldas con Petán. Trujillo era su padrino, y su mamá lo visitó y logró que lo sacaran del país”. Doña Betty y Sosa se conocieron en Miami. Contrajeron nupcias en 1969. Procrearon tres hijos: Erick Bolívar, Vilma y Rafael Bolívar.

Homenajes a “Los Palmeros”

Cuatro calles del lugar fueron designadas con los nombres de los integrantes de los “Comandos de la Resistencia”. En la entrada se colocó la primera piedra para un monumento en su memoria y la avenida marginal de ese tramo de la autopista “Las Américas” fue bautizada “Los Palmeros”.

“Una ciudad”

“Él era un enamorado de esa zona, incluso, después de su muerte, yo coloqué una tarja a la entrada, en recuerdo del sitio que más amó. Pero se la llevaron cuando hicieron la marginal, ahora los invasores de los terrenos tienen en su lugar una parada de motoconchos”, refiere.

Significa que lo que su compañero edificó allí fue “una especie de ciudad para él, su familia, sus amigos. La casa está en cinco mil metros cuadrados, él nunca pensó que la muerte le iba a llegar de esa manera, se cuidaba, pero tenía mucha confianza en sus empleados. Tenía animales de toda clase, grandes granjas, la piscina estaba en su etapa final cuando lo asesinaron, la terminó de construir Randy Lee Brewer, el americano al que le vendimos”.

Pese a la tranquilidad reinante y al numeroso personal de servicio, doña Betty confiesa que allí aprendió “a vivir con un fusil al hombro”  y relata la ocasión en que se enfrentó a las once de la noche con unos atracadores que espantó.

Nacida el 19 de noviembre de 1943, hija de Tomás Lázaro e Idalia Morel (Lalá), sobrina de Yoryi Morel, la señora es de temperamento amable y sencillo, pero su valor es obvio. No temió vivir en la histórica casa y sustituir a cuatro patriotas inquilinos despedidos del mundo en forma tan dolorosamente trágica. “No sentimos temor de “Los Palmeros”, al contrario, quisimos preservar la vivienda”.

Contaba con  tres habitaciones, varios baños, dos terrazas, casa de lavado, perrera, oficina, sala, antesala, piscina, balcones, dos bares, uno en el patio y otro en el interior hecho con claraboyas y piezas de mar.

Dos meses después del crimen contra su esposo, la señora vendió la residencia al norteamericano, actual propietario, “al que los invasores hicieron salir de allí a tiros, pero él es el propietario legítimo de esa casa”. Lee Brewer, cuenta, construyó en la vecindad un parque infantil, “Agualoca”, cuyos juegos aún están en pie, pero el negocio fracasó. “Era lindísimo, sin embargo, no le fue bien, no estudió la idiosincrasia del dominicano para construir una cosa así.

Viajaba y la casa permanecía generalmente con la persona que la cuidaba, en uno de esos viajes, se la ocuparon”.