Un médico expone su versión sobre
acontecimientos nacionales

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POR ÁNGELA PEÑA
Héroes y otros protagonistas de importantes hechos de la segunda mitad del siglo pasado fueron pacientes del doctor Eliseo Rondón Sánchez, autor del libro La aventura de vivir.

Para el doctor Eliseo Rondón Sánchez, el general José René Román Fernández, asesinado por supuesta complicidad en el ajusticiamiento de Trujillo, “es más héroe que cualquiera de los otros conjurados” y sin embargo, no se le han reconocido su arrojo y su discreción, al contrario, se le ha acusado de doble traidor porque no fue leal, supuestamente, ni a la familia del tirano ni a los héroes.

La reivindicación de Román Fernández por parte del médico es tan sorprendente como las revelaciones de que Huáscar Tejeda fue quien dio el tiro de gracia a Trujillo y que el golpe de Estado contra Juan Bosch fue planificado y dirigido por Joaquín Balaguer en connivencia con militares de San Isidro que el escritor identifica.

Los relatos del reputado ortopeda de los hospitales Doctor Brioso Bustillo, de San Isidro, y del Doctor Marión, de Santo Domingo, figuran en el libro La aventura de vivir, que circula desde haces semanas y en el que el galeno ofrece también interioridades de la reacción de los cuarteles frente a la expedición del 14 de junio de 1959, la deserción, el apresamiento y el asesinato de Juan de Dios Ventura Simó, a quien intervino quirúrgicamente, cómo se torturaba y mataba a prisioneros del régimen, el golpe y el contragolpe de Rodríguez Echevarria, las maneras como operaba el SIM, el llamado Complot de los Sargentos o la desesperada adicción a las drogas de Ramfis y su esposa.

Aparte de haber sido Jefe del Servicio Ortopédico en San Isidro, Rondón Sánchez fue médico del profesor Juan Bosch y del Presidente Antonio Guzmán, entre otras personalidades. Pedro Livio Cedeño, Huáscar Rodríguez y Pupo Román fueron también sus pacientes pero Cedeño nunca habló con nadie, según él, sólo abrió la boca para responder preguntas a la prensa extranjera. Después de haber sido operado en la Clínica Internacional, Cedeño fue examinado por Rondón y los doctores Julio Brache, Diógenes Bergés, Jesús Pandiella y Cirilo Fernández. “Se negó a dar hasta su nombre. Teníamos que ayudarlo a ponerse de lado para evitar que formara escaras. A mucha brega logramos que ingiriera cucharaditas de sopa… Ese terco y valeroso comportamiento había que esperarlo, Pedro Livio fue cancelado del Ejército porque invitó a matarse al general Federico Fiallo, uno de los hombres más temidos del régimen”. Fiallo lo reportó a la jefatura y Cedeño fue cancelado del ejército, asevera, y comenta: “Cedeño era por encima de todo, guardia, lo habían desconsiderado, por eso no dudó en participar en el magnicidio”.

Huáscar: Trujillo “cayó muertecito”

A Huáscar lo sacaron del asiento trasero de un vehículo “hecho un guiñapo, en ese cuerpo no había espacio que no estuviera lesionado. Sin compasión lo tiraron sobre la camilla y apenas se movió…”. el director del hospital ordenó a Rondón: “Atiéndelo, no quieren que se muera”.

Dice el autor de La aventura de vivir que “apenas se le veían los ojos, la mitad de las uñas descarnadas, las rodillas negras e inflamadas, tobillo, codo, muñecas, parecía que le habían pasado un rodillo por encima”. Los antiinflamatorios, antibióticos, sueros vitaminados y alimentos lo revitalizaron a los pocos días. Huáscar era locuaz y respondía cualquier pregunta, confiesa el doctor. Pidió cartulina y lápiz cuando Ramfis le mandó a pedir un croquis de los movimientos de los carros la noche del 30 de Mayo. El ingeniero manejaba el segundo automóvil y debía seguir a Trujillo desde que entrara el Malecón, con él iban Pedro Livio y Estrella Sahdalá.

“Yo me mantuve detrás de Trujillo. Cuando pasamos La Feria le hice señas al segundo carro que traía a García Guerrero, De La Maza, Imbert y Pastoriza, ellos me rebasaron e iniciaron el ataque al tirano. –Coño, al tirano no, al Jefe- le corrigió el calié que además lo empujó y casi lo golpea. “Huáscar medio se sonrió y continuó: Cuando iniciaron el ataque y el tercer carro le prendió las luces, el carro de Trujillo se tiró a la izquierda, me cerró el paso. Tuve que frenar y dar un giro enorme para no estrellarme, se abrió la puerta de la derecha de mi carro y Pedro Livio salió disparado cayendo al pavimento, en el centro de la autopista, me tiré del vehículo y corrí por detrás del carro de Trujillo, lo encontré con un revólver en la mano, herido, agarrado de la puerta de su automóvil, ya yo estaba detrás de él, le puse mi pistola entre el cuello y la cara y le disparé un solo tiro, cayó muertecito, van más de 10 veces que repito lo mismo, recogimos el muerto, lo metimos en el baúl de Juan Tomás y nos fuimos…”. Cuando partieron los investigadores, cuenta Rondón, el doctor Bassa le dice a Huáscar, incrédulo, -¿Coño, Huáscar, y tú aún no sabes que mataste al Jefe?- Y esboza su media sonrisa y le responde: -¿Y tú no me lo agradeces?-

“Una porquería humana”

Al general Pupo Román lo llevaron al hospital “reducido a la mitad. Aquel hombre de mirada fuerte y responsable, grueso, es ahora una porquería humana. Llegó bañado en sangre de pies a cabeza, pero salió erguido del carro a pesar de que la sangre le brotaba de ambas manos como manantial de montaña: se había cortado las arterias de ambas muñecas con un vidrio de un globo de bombillo tratando de quitarse la vida”. Rondón suturó sus heridas. Relata que a Román lo habían trasladado a los centros de torturas y sometido a las burlas y los traumas más terribles. Cuando los abogados de la base militar le preguntaron por qué había traicionado a Trujillo, éste según el autor, supuestamente respondió: “Trujillo era un asesino, ladrón. Yo solo no conspire, fue todo el pueblo dominicano y si hay que matarlo otra vez, coño, lo matamos de nuevo y ustedes son unos cobardes abusadores”.

“Le detuvieron el discurso y salieron corriendo con él, llevándolo de nuevo al kilómetro 9 a donde lo metieron desnudo en un cuarto lleno de fogaraté. Cuando estaba a punto de despedazarse le dieron un jabón para que se bañara, con el que rompió el globo del bombillo”, refiere. Al poco tiempo le dieron de alta pero regresó al hospital otra vez bañado en sangre con varias heridas en la cabeza pues “se ponía en la celda a la mayor distancia posible de la pared y se lanzaba de cabeza contra ella. Esto lo hizo cinco o diez veces antes de que lo encontraran casi muerto. Esposado, con su mirada faraónica, me decía: “coño, sólo saben torturar a las personas indefensas, jamás se han enfrentado a nada y es mejor morir que seguir en esto”.

Rondón comenta que en la República “nadie había soportado estoicamente tanta tortura, lo estaban obligando a declarar sobre algo que él no sabía, pues los “amigos” del general le dejaron caer que, si por alguna razón Trujillo faltaba, la gente creía que él debía asumir el poder. Si nosotros nos enteramos de cualquier cosa te lo vamos a informar. Él lo oyó tranquilo y no dijo ni que sí ni que no, ahora, guardó el silencio y no lo denunció. Después no le informaron más nada, por lo que ignoraba el curso que seguirían los acontecimientos. Está en el 9 con silla eléctrica, fogaraté, bastones, colgadera y látigo. Quieren que describa un complot del que no sabía nada… Este hombre demostró un valor como jamás se había visto y lo peor de todo es las calumnias que le han levantado…”.

Los detalles del golpe contra Juan Bosch abarcan más de un capítulo de La aventura de vivir. Y concluye con que cerca del veinte de septiembre Balaguer mandó una orden a Santo Domingo: “Dígale a Ney Nivar y a Mario que resuelvan el problema, caiga quien caiga”. El veinticinco, depusieron el gobierno constitucional de Bosch. Rondón responsabiliza a un sacerdote escritor ya fallecido, a un ex alto dirigente reformista y a una larga lista de militares a los que, “como pago a su generosidad, pusieron en puestos importantes de las Fuerzas Armadas y acumularon riquezas fabulosas”.