Un minuto antes…un minuto después

Todo el país de Haití estaba normal, un minuto antes. La ciudad capital, Puerto Príncipe, se levantó ese día doce de enero, con todos sus planes, sueños y esperanzas.

Muy temprano el bullicio se apoderó de la ciudad y, tal como dice la Sagrada Escritura, “la gente comía, bebía, compraba, vendía…”

Puerto Príncipe,  como cualquier ciudad, se preparó ese día, para enfrentar los retos de la vida, pero nunca los de repentes de la muerte.

Todo el país de Haití estaba normal, un minuto antes. De pronto, la tierra es removida, las estructuras físicas ceden ante el poder de un sismo no provocado por el hombre. Todo lo que fue seguridad y esperanza se vino abajo. Los tres poderes que presiden esa nación sufrieron un colapso jamás imaginado.

El Palacio Nacional, el Congreso y la justicia lloran sus muertos.

Los edificios de las principales instituciones y organizaciones nacionales e internacionales, de súbito se encuentran desplomados. Haití está desolado. Llora sus muertos. Atraviesan  gran dolor y desesperación. Hay mucha orfandad, viudez y soledad.

Haití nos necesita a todos.

Todos vamos a ser parte del amor restaurador. Hoy comenzamos, no sabemos cuando terminamos. Todo el país estaba normal un minuto antes.

La experiencia de Haití se reproduce en el mundo, de diferentes maneras. Un minuto antes todo puede estar normal en tu vida y en tu entorno, un minuto después todo puede ser radicalmente diferente. El Señor Jesucristo es la única garantía para esos cambios inesperados de la vida.Depender únicamente  de las cosas materiales siempre nos llevará a la incertidumbre y al temor.

Depender de Dios siempre nos garantizará paz y seguridad, sin importar lo que venga.