Un nuevo modelo de desarrollo

JOSÉ MANUEL GUZMÁN IBARRA
Nuestro país ha descansado con relativo éxito en un modelo económico orientado a las exigencias del comercio internacional. Se dieron leyes, a mediados de los años 80, que incentivaban el turismo, parques de zonas francas y promoción de exportaciones. Los logros en materia de creación de empleos y generación de divisas de esas iniciativas de política económica fueron evidentes. A pesar de los huracanes, las crisis políticas más serias, las quiebras bancarias y hasta recesiones mundiales, dos de esos sectores han generado la mayor parte de las divisas que ha necesitado la economía dominicana.

El éxito fue posible por un marco internacional que lo sostenía. Una mención especial, en la parte comercial, merece la Iniciativa para la Cuenca del Caribe, promovida por los gobiernos de Reagan y que tenían un fuerte trasfondo político, eran los tumultuosos años de las guerras civiles en Nicaragua y El Salvador. En la parte financiera se tenía el llamado Consenso de Washington que reducía la política económica a variables de estabilidad macroeconómica. Nuestro país pudo insertarse con éxito en ese entorno.

En aquellos días se hablaba de la necesidad de financiamiento para apoyar las exportaciones no tradicionales más allá de la exención de impuestos que planteaba la Ley 69, también se gastó bastante tinta y esfuerzo en tratar de establecer integración entre los parques industriales de zonas francas y la industria de orientación local. Hasta se llegó a conseguir una cooperación especial del entonces AID (hoy USAID) para lograr ese objetivo. El programa se llamaba Enlaces Industriales y era ejecutado por la propia Asociación de Industrias de la República Dominicana. Sin entrar en detalles, es destacable mencionar que esos objetivos de fortalecer la exportación de productos no tradicionales y lograr la integración de la producción local con la de zonas francas eran necesarios para completar una estrategia de desarrollo y que a casi dos décadas de distancia sus resultados son, por ser condescendientes, mediocres.

Así, el modelo implementado tuvo éxito como estrategia de crecimiento, generador de empleo y de divisas, posición nada despreciable. No obstante, como verdadera estrategia de desarrollo tuvo limitaciones muy serias.

El profesor Miguel Ceara Hatton, y el representante del PNUD en el país, Nikki Fabiancic, han advertido sobre el final del modelo. Debates ideológicos a parte, me parece que esa advertencia debe prestársele atención especial. El modelo vigente, como suele suceder para economías pequeñas y abiertas que no han logrado una fortaleza económica especial, se agota más allá de las posibilidades de política económica local.

A pesar de la fuerte crisis económica, coyuntural pero con ribetes estructurales, debemos ir pasando a la acción para alargar lo más posible las fortalezas que ofrecen las zonas francas y el turismo, corregir en el mediano plazo la merma que especialmente las zonas francas pudieran sufrir y prepararnos para construir objetivos más allá de la mera generación de divisas y empleos bajos en salarios.

Los objetivos de ese nuevo modelo económico tienen que responder a una estrategia de desarrollo. El crecimiento que pudiera generarse tiene que ir en mejorar la calidad de vida de los dominicanos, fortalecer la justicia redistributiva y orientarnos hacia un mundo que se plantea con más exigencias, menos alternativas y menos cooperación en el mediano plazo. En nuevas entregas profundizaré sobre cuales son las posibilidades de llegar a ese nuevo modelo.