Un progresismo de horizonte limitado (y 3)

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Hoy parece que nos encontramos viviendo una nueva apelación al realismo político en buena parte de los países de América Latina. Así, no pocos pensadores y activistas o pensadores/activistas desnudos de las vestimentas ideológicas del pasado reciente parecen haber iniciado un proceso de defensa de las posiciones “liberales” o “socialdemócratas” en las que se apela al realismo histórico como argumento principal que, por otra parte, pretende una articulación novedosa de sus intuiciones libertarias en un contexto limitante como el actual fruto de las experiencias históricas recientes. Es en parte a esta apelación a la que venimos denominando “un progresismo de horizonte limitado” para indicar la maraña histórica en que se produce “lo actual” y las posibilidades que, a pesar de todo, se abren para producir novedades históricas libertarias con base en el realismo.
En una de sus acepciones o uso el realismo no es otra cosa que la aceptación de los límites y posibilidades que la misma realidad le impone y le abre a nuestro accionar histórico y sus pretensiones. Es el reconocimiento de que efectivamente los sueños animan la acción, pero la concreción y eficacia de los mismos implica una cuota importante de realismo que permita reconocer-construir las posibilidades de su realización en unas condiciones históricas específicas. Así, algunas de las preguntas que, a nuestro juicio, debemos responder al encarar la cuestión de nuestro accionar histórico son entre otras: a.- ¿Cómo hoy en estas condiciones de horizonte limitado podemos desarrollar prácticas sociales orientadas a avanzar en la concreción de una lógica de derechos que reconoce las reivindicaciones básicas de las mayorías? Y b.- ¿Cómo identificar las características básicas de un modelo-proyecto social posible hoy que cabalgue en la dirección indicada y combine concreción y apertura permanente a la novedad?
Una tentación en la que podemos caer es asumir como natural los límites que se nos presentan como horizonte de la acción. Así las cosas, el presente parece que cierra puertas en vez de abrirlas a acciones transformadoras hacia un bien social mayor que incluya a las mayorías a la producción, al trabajo y a una distribución justa. Así, lo limitado del horizonte socialmente permitido dificulta pensar lo nuevo y, en consecuencia, echa a un lado soluciones radicales (en el sentido de ir a la raíz) que transformen lo existente. Ante esto la actitud debe ser la permanencia en el objetivo mayor, que pasa por el reconocimiento del desafío a nuestra capacidad de pensar un futuro nuevo, que tiene en su centro el esfuerzo por construir vida-relacións verdaderamente humanas.
Al mismo tiempo, la eficacia de este esfuerzo de creatividad se desglosa en el vasto conjunto de la vida y las relaciones humanas y de los seres humanos con las otras realidades existentes. Así, entre otras cosas deberíamos cuestionarnos acerca de los rasgos que debían caracterizar un buen ser humano y que deberían guiar la acción educativa de las dimensiones necesarias para alcanzar este objetivo; también, la relación de los seres humanos con la naturaleza de manera que la aprendamos a asumir como madre-naturaleza que nos nutre; la relación humana con el trabajo que nos permita una relación humanizante y no cosificante con el mundo en que estamos que nos induzca a su admiración-respeto; la relación con la economía y la política como concretización humanizadora y en consecuencia atravesada por la justicia y el derecho y no por la búsqueda de dominio sobre los otros.
Por este camino siempre incompleto quizás atinemos a construirnos como seres humanos respetuosos y amorosos; trabajadores y amantes de la fiesta; y hacedores del bien… y entonces quizás viviremos menos limitadamente.