Un puente de los de Trujillo, una historia verídica

El ingeniero Pelegrín Guerrero, funcionario de ingeniería  del Consejo Estatal del Azúcar, me contó una mañana que recién graduado como ingeniero recibió una llamada “de la Oficina Particular del Generalísimo”, a través de la cual le fue otorgada la construcción de un puente sobre una quebrada de la Hacienda Fundación y en cuyo cumplimiento tuvo que trasladarse hasta la Fortaleza del Ejército Nacional, en San Cristóbal, donde le fue extendido un pase como personal civil al servicio de la Hacienda, asignándole un miembro del Ejército a su servicio.

Llegar al lugar, tomar las medidas, realizar los cálculos, hacer la leva del personal que habría de ser aprobado, tanto por el administrador como por el oficial a cargo de la seguridad de la misma, ya que los nombres de los aspirantes debían de ser sometidos a una investigación, además, de ser cotejados con los usuales servidores de la misma, fue una. La otra, fue que el acarreo de los materiales debía de realizarse únicamente en vehículos de la Hacienda habilitados para este tipo de transporte, los cuales tendrían que ser remunerados en efectivo, con una tarifa igual a la aplicada por los que realizaban este tipo de servicio en el pueblo.

Luego de haber realizado la armazón del encofrado, de los pilares y del afirmado, el ingeniero Guerrero dispuso el inicio del vaciado de la obra de arte que le había sido solicitada, la cual terminó de ser vaciada el viernes 5 de Junio de 1954.

Pelegrín Guerrero, como si se oliera algo, decidió permanecer al costado de la obra en tanto le rociaba agua con una inmensa manguera, para que el cemento, al irse curando adquiriera una dureza excepcional.

Fue como si Dios le hubiera dictado al oído las instrucciones de permanecer al lado de dicha construcción, porque cuando se escuchó el acompasado trote de una bestia que se aproximaba, Pelegrín separó la vista del puente para fijar su atención en el jinete que se aproximaba, cuando ¡Oh, sorpresa! Pudo darse cuenta de que aquel atildado caballista, vestido con impecable traje de montar, botas de fino y lustroso cuero a media pierna, saco entallado y sombrero de alas anchas, era nada más y nada menos que el dueño de la Hacienda (y del país), el  Generalísimo Dr. Rafael Leónidas Trujillo Molina, quien a renglón seguidas le preguntó que cuándo podía pasar con su vehículo a través de dicha obra, contestándole el ingeniero, que a partir de las cuatro de la tarde del día siguiente.

Dicho y hecho. Al otro día, exactamente a las cuatro de la tarde, se observó acercarse a una elevada velocidad el vehículo del Benefactor de la Patria, el cual luego de atravesar dicha estructura, se  perdió en la distancia.

Al poco tiempo volvió a escucharse el repiqueteo de los cascos de la bestia propiedad del Mandón, que eufórico de alegría, se dirigió hacia el lugar en donde se encontraba Pelegrín, diciéndole “Usted es un hombre que cumple su palabra, usted es una muestra de que los profesionales, cual que sean sus áreas, pueden cumplir con dignidad y decencia, con idoneidad y profesionalización, permita que le haga un regalo en honor a su puntualidad” y cuando dijo estas palabras se despojó del reloj Rolex que con las siglas RLTM portaba en su muñeca y que desde entonces fue llevado por Pelegrín Guerrero, como un testimonio de su primera experiencia con el Sátrapa.

Esto narró Pelegrín Guerrero en sus oficinas del CEA, la lluviosa mañana del 5 de junio de l964, en la que el país había entrado en la desgraciada etapa en que la puntualidad y la calidad profesional exigida por Trujillo a los hombres a su servicio, había comenzado a colapsar. Esto me viene a la memoria hoy, 30 de Agosto de 2012,  propósito de la caricatura del “Periódico Hoy” publicada en esta misma fecha. ¡Dios salve a este país!