Un verano en Copenhague

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Suponga que hay un lugar donde las bicicletas pueden recorrer toda la ciudad a través de senderos separados del tráfico pesado, que son utilizados a diario por miles de personas. Piense que, en esa ciudad, los automovilistas respetan a las bicicletas. Imagine lo que la abundancia de pedales puede hacer en favor de la limpieza del aire.

Su fantasía le puede llevar a una urbe donde el buen diseño está presente en todos los objetos de uso diario, donde los monumentos de tiempos antiguos se conservan con mimo, y en la cual puede encontrar muestras de la mejor pintura y escultura de todo el mundo.

Esa ciudad es Copenhague, la capital del reino más antiguo de Europa. En efecto, la monarquía de Dinamarca data del año 1.000 de nuestra Era. El primitivo “Puerto de Comerciantes”, traducción directa de su nombre en danés, es agradable todo el año, pero en verano, cuando las horas de sol sobrepasan a las de oscuridad, gentes y lugares recuperan lo mejor de sí mismos.

Copenhague ha sido también durante años cuna de un jazz floreciente y allí se formaron artistas como el catalán Tete Montoliú. Todo el año se puede disfrutar la música negra, pero una vez al año, en julio, la ciudad entera se vuelca a sus ritmos en el Festival de Jazz.

CONCEPTOS DE AIRE LIBRE

La mayor parte de los conciertos se celebran al aire libre y Copenhague se convierte entonces en un enorme escenario donde la gente deja de lado las estrecheces mentales y físicas que impone el largo invierno para dar rienda suelta a su verdadero ser.

Familias enteras con la cesta de la merienda se acercan a la plaza o el parque más cercanos para escuchar la música. No importa quién toque, se trata de convertir el concierto en un día de fiesta. Y lo consiguen.

Si el tiempo acompaña, el disfrute es doble. Pero si llueve, no importa demasiado. Se pone un plástico sobre los adoquines o el césped para sentarse y se abre el paraguas.

Toda la ciudad se contagia del ambiente musical y la cerveza, más que nunca, corre a raudales. Pero si el visitante no es amante de la música, encontrará también rincones tranquilos en Copenhague.

A unos 18 kilómetros del centro, hacia el sur, está la Bahía de Koge, a orillas del mar Báltico. Un área densamente habitada, pero casi salvaje en su naturaleza, con decenas de kilómetros de playas rodeadas de dunas. Allí se puede disputar la arena a las gaviotas, que las más de las veces campan por sus respetos sin nadie que las moleste. El agua no siempre es atrayente por la temperatura, pero nunca faltan nadadores.

Sea cual sea el clima, el visitante tiene a su disposición en Copenhague sus completos y variados museos. Por ejemplo, el Museo Nacional (Nationalmuseet), con sus colecciones de objetos vikingos. O el Museo Estatal de Arte (Statens Museum for Kunst) donde se puede admirar pintura y escultura desde el siglo XVII hasta hoy.

El visitante no debe dejar de recorrer el pequeño museo del fabricante de tabacos Hirschsprung. Allí se encuentra una amplia colección de los impresionistas daneses que inspiraron al español Joaquín Sorolla para pintar la luz del Mediterráneo.

Una visita imprescindible es también la Glyptoteca, que fundó el cervecero Carl Larsen. Allí reunió el industrial danés una excelente colección de arte griego y romano que completó además con un conjunto más que aceptable de objetos procedentes del antiguo Egipto. Todo ello en un edificio atrayente que, de por sí, merece una visita. caminar por la ciudad

Hay muchos otros museos dignos de estudio. Pero para saborear la ciudad es mejor caminar por ella. Déjese llevar por su instinto en las calles del barrio latino, donde los cafés al estilo europeo están floreciendo entre las tabernas más tradicionales y los comercios de todo tipo. Saboree una cerveza local en cualquier parte, sentado al sol en un banco si lo prefiere. La degustación de bebidas en público es libre en este permisivo país.

No deje de probar los “smórrebród”, el bocadillo abierto que los daneses han convertido en una especialidad. Pero si no le convence al visitante la simple cocina local, puede elegir entre todas las nacionalidades del mundo en los miles de restaurantes que le salen al paso, españoles incluidos.

No son baratos, pero hay muchas otras formas de comer a precio módico, como acercarse a un puesto de salchichas en la calle y pedir un perrito caliente. O comerse un bocadillo sentado a la orilla de un canal con las piernas colgando sobre el agua. O bien tumbado en la hierba de cualquier parque viendo pasar por el lago, indiferentes, a las familias de cisnes.

EFE REPORTAJES