Un viaje por las antípodas

Realizar un viaje por el extremo oriente en sus inicios parecería una tarea harto difícil de realizar, debido a los maratónicos vuelos aéreos, la dificultad del idioma y, sobretodo, los cambios de horario que necesita el viajero, al menos dos días para aclimatarse a lo que en inglés se denomina el “jet lag”, es decir, adecuarse al cambio, de que mientras en su país de origen es de día, en aquel continente es de noche y con un día de adelanto.   Sin embargo, no obstante todos estos inconvenientes y la fatiga de estar sentado en una aeronave por más de diez horas, es una experiencia que solo se vive una vez.

Empezaremos diciendo que las líneas aéreas orientales están a la altura de las más modernas occidentales, con el beneficio a su favor que el servicio a bordo es de mejor calidad y todavía conservan ese calor humano exteriorizado por un anhelo de complacer al pasajero, contrario a lo que sucede en las grandes líneas aéreas occidentales en donde muchas veces el pasajero debe comprar sus alimentos y hasta el agua de tomar.

Ya en Australia, comprobamos el dinamismo, orden y limpieza de la ciudad de Sydney, que posee uno de los puertos más activos y hermosos que puede aspirar país alguno.  El sistema de transporte acuático, por medio de ferry y taxis es increíble.  Laboran como si se tratara de un servicio de autobús público en la ciudad.  Desde ahí parten los ferry para el zoológico denominado Toronga, un enclave rocoso transformado en una maravilla de la biodiversidad al acoplar perfectamente, animales, peces, foresta y medio ambiente al borde del mar.

El sistema de transporte en una ciudad de unos tres millones y medio es excelente.  Cuenta con un magnífico sistema soterrado, donde los vagones son de dos pisos y para los que quieren conocer la ciudad sobre la tierra, hay un monorriel que en unos delicados y delgados soportes de vigas “h” se desplaza por el centro comercial de la ciudad, pasando por los lugares de mayor interés turístico como son el muelle Darling, el barrio chino y los mercados de vegetales y pescados.

Terminada la visita a Sydney y las montañas azules, nos trasladamos a un país de los denominados “tigres asiáticos”, Corea del Sur y su capital Seúl.  Esta ciudad, de diez millones de habitantes y doce en su periferia es increíble que se ubique en un país que según el Fondo Monetario Internacional (FMI), está en vías de desarrollo.  Los modernos edificios, torres de cristal y elevados en la ciudad, hacen pensar en el trabajo arduo que ha tenido este pueblo que hace unos sesenta años tuvo una guerra fraticida que finalizó dividiendo el país en dos.  Corea del Sur, con unos cuarenta y ocho millones de habitantes en noventa y nueve mil kilómetros cuadrados y Corea del Norte con  veinticuatro millones de habitantes y ciento veintitrés mil quinientos kilómetros cuadrados de territorio.  En esa conflagración, los Estados Unidos de América y algunos países amigos combatieron a los norcoreanos, quienes ayudados por un millón de chinos, obligaron a las tropas del Sur y sus aliados a replegarse más abajo del Paralelo 38, en donde fue prácticamente diezmado el “Batallón 65 de Infantería” compuesto en su casi totalidad por puertorriqueños.

Corea del Sur ha evolucionado tanto que se le considera la decimotercera economía del mundo.  El sistema del Metro en Seúl es más moderno que en la mayoría de los países occidentales, con unos vagones enormes y para penetrar en ellos tienen doble puerta, una fija en el andén y la otra en el vagón mismo.  De ese modo, nadie puede caer en las vía férreas.  El ingeniero Diandino Peña bien pudo haber copiado este sistema, conociendo el espíritu desordenado de sus conciudadanos.  Los surcoreanos,  contrario a los dominicanos que se nos exige visa hasta en Haití, pueden entrar sin visado a la primera potencia mundial, los Estados Unidos de América y cuando un avión llega de Seúl a París no se encuentran gendarmes armados pidiendo el pasaporte a la salida de la manga como cuando esa aeronave llega desde Santo Domingo.  La diferencia es que aquellos regresan a su país y los nuestros, la mayoría piensan en quedarse.