Una desestabilización y peligrosa desconfianza

FABIO R. HERRERA-MINIÑO
La percepción generalizada, de que no se puede confiar en las fuerzas del orden público para preservar vidas y bienes, y que tampoco es confiable el sistema judicial, abre las puertas de serias posibilidades de que podríamos vernos sumergidos en una tierra de nadie, en que cada quien asumirá el respeto a su vida en sus manos, para defenderse y proteger sus bienes.

Mientras se descubría una poderosa banda integrada por ex-miembros de todos los cuerpos armados de la nación, los comerciantes de la zona norte de la provincia de Santo Domingo, anunciaban que se encargarían de aplicar justicia a su modo en vista de la inoperancia y complicidad policial con la delincuencia, acción que fue enfriada casi de inmediato con una reacción del cuerpo del orden para afirmar que ellos son eficientes, cuando quieren serlo, agrego yo.

Así mismo, el que el director de Aduanas desempolvara leyes y decretos trujillistas de la década del 50 para poder cumplir con su deber de cobrar los impuestos a todas las mercancías importadas, debido a que no confiaba en el sistema judicial, plantea un hecho muy grave de que el país está indefenso frente a quienes supuestamente deben velar por el estado de derecho. Parecería que se le está escapando de las manos a las autoridades.

Al mismo tiempo, la cúpula empresarial, frente a la decisiva acción de las autoridades de impuestos internos para que cada quien pague sus impuestos, denunciaron una supuesta voracidad fiscal, cuando la realidad es que la cultura de la evasión fiscal impera a todos los niveles. De ahí el hecho de que se están revisando miles de declaraciones de ejecutivos de empresas, que declararon sueldos inferiores a los $20 mil pesos mensuales, y sin embargo poseen villas en Casa de Campo o en Cap Cana, yates, aviones y automóviles de lujo, por lo que la cúpula del empresariado fue impulsada a hablar de voracidad fiscal, ya que no quieren que se les hurgue en sus declaraciones, las cuales demuestran que podrían no ser honestas de un todo.

Realmente hay dos frentes ya bien definidos, uno, en que los empresarios se resisten a que se les demuestren sus numerosas evasiones fiscales, y el otro, es que los comerciantes se sienten inseguros por las continuas agresiones de bandas, muchas integradas por policías y militares, para caer en la desesperación del director de Aduanas, que también ha decidido aplicar la ley por sus manos, desempolvando decretos y leyes de los años 50, con el fin de enfrentar esa tremenda evasión de impuestos en millares de cajas de bebidas extranjeras que pasaban sin ningún tipo de problema por la frontera dominico-haitiana y hasta quizás por algún puerto nacional, lo cual revela la complicidad a altos niveles oficiales. Lo anterior demuestra que vivimos en una sociedad corrompida, en que los valores más sanos de la misma están solitarios e indefensos, esperando que la agresión de alguna forma u otra les llegará, ya sea en un asalto en plena calle, o en sus domicilios; o verse ultrajado por un agente de tránsito, cuya modalidad más recorrida es agredir verbal y físicamente al conductor que comete alguna infracción.

La sociedad dominicana, en su parte no podrida, debe reflexionar y aunar sus esfuerzos para no vernos arropados por la parte dañada de la misma, que ha hecho de la corrupción su modo de vida y envolviendo a todo el país en las redes de lo ilegal, principalmente por las profundas raíces que ya tiene el narcotráfico y la evasión fiscal a todos los niveles. El escándalo, que no termina, a raíz del descubrimiento del alijo de drogas el pasado mes de diciembre, va enseñando a cada momento las profundas ramificaciones y preocupa a muchos por las inferencias que del mismo se desprenden.

La sociedad puede ser rescatada, pero se necesita de una profunda y agresiva profilaxis nacional para extirpar todas las partes ya putrefactas, evitando que se extienda, para que, los dominicanos con valores morales, no se sientan abandonados a su suerte. Se pensaría que ya no hay remedios para salvar a la Patria. Entonces, aquellos sueños de Juan Pablo Duarte, de una patria sana y próspera con escarmiento para los malos hijos, terminaría para derrumbarse con el triunfo de esos malos hijos, por la dedicación con que se esfuerzan para crear un país con el imperio del delito, cuando merecía otro destino y no el que se avizora en el futuro, pese a la buena voluntad del actual Presidente de la República, que pareciera que está arando en el mar como decía Simón Bolívar de los latinoamericanos, ya que sus esfuerzos, en dirigir a sus conciudadanos por un sendero con mejores niveles educativos, chocan de frente de como ya en su administración surgen graves casos de corrupción como es el contrabando de bebidas en combinación de empleados con importadores y de los manejos raros cometidos en la terminación del palacio de la Suprema Corte de Justicia.