Una dimensión olvidada

RAFAEL TORIBIO
Todos desempeñamos distintos roles y se nos conoce más por lo que hacemos que por lo que somos. Es más, en numerosos casos, lo que hacemos es una obligación del oficio que hemos escogido o que se nos ha impuesto. Si lo hemos escogido es muy probable que refleje más de lo que somos que en los casos en que las circunstancias nos obligaron a asumirlos. Y esto sucede en todos los casos: detrás de una actividad hay una persona que apenas conocemos o que desconocemos totalmente.

Por otro lado, siempre he pensado que el oficio que se asume tiene que ver, aunque sea tan sólo de manera parcial y limitada, con los valores que se tienen como persona.

También que a lo que se dedica el tiempo que no es de los demás, es decir, “su tiempo”, tiene mucho que ver con la persona que realmente es. Digamos que, en principio, en toda labor que desempeñamos “los modos de existencia determinan los modos de la existencia”. Por eso cabe esperar una actuación en el quehacer cotidiano que se corresponda con los valores que están presentes en el oficio a que se dedica.

Lamentablemente, o gracias a Dios, no siempre es así y vemos entonces algunas personas que se desempeñan en estos oficios y que hacen gala de poca o ninguna humanidad y vemos también, no siempre de manera mayoritaria, que oficios en que, en principio, los valores éticos y morales no debieran tener cabida, son desempeñados por personas que hacen gala de estos valores. En estos casos, como en otros, las excepciones pueden confirmar las reglas.

Detrás de cada “personalidad pública”, por ejemplo, hay una persona humana oculta. Lo que vemos son las manifestaciones del desempeño de un rol determinado y terminamos identificando a la persona con la función que realiza. No conocemos a la persona sino sólo su comportamiento, que está determinado por la naturaleza del oficio a que dedica su vida o, al menos, al que desempeña ante nosotros. Pensamos, sin embargo, y con cierta razón, que como debe haber una cierta relación entre lo que uno hace, y como lo hace, con lo que uno realmente es, a través de su desempeño conocemos a las personas. Por sus obras los conoceréis, reza la sentencia evangélica. Pero olvidamos que quizás solo estamos viendo una parte de esa persona y no quizás la que más la define en su esencialidad.

De igual manera, detrás de cada político también hay una persona, con todo lo que esto supone, pero en la generalidad de los casos, por no decir en todos, desconocemos a la persona que se desempeña como político. Como toda persona tendrá fortalezas, debilidades, esposa, hijos, familiares, amigos y también entretenimientos preferidos después de cumplir con las exigencias del oficio que desempeña. En cada caso desarrolla un rol distinto, pero en unos más que en otros se refleja la verdadera persona que es.

Se le conoce más por su actuación en la política, donde se destacan más sus yerros que sus aciertos, sus debilidades más que sus fortalezas, desconociendo otras facetas que le pueden presentar como el ser humano, sino completamente diferente a la imagen que tiene como político, al menos muy similar a lo que somos cada uno de nosotros.

Hace pocos días leí un reportaje en el que Rafael Suberví Bonilla (Fello), que como político lo he cuestionado y lo seguiré cuestionando, me hizo saber que parte de su tiempo libre lo dedica a coleccionar y cuidar reproducciones que tiene de buques y aviones. Este entretenimiento, que quizá tenga más que ver con la persona que es y menos con el político que se ha desdicho tantas veces, era sólo conocido por sus allegados. A los demás lo que nos había llegado era la actuación del político.

Sin embargo, para algunos, el rol que tienen que desempeñar se aparta de lo que son como personas. Tratan de traducir en lo que hacen lo que son, pero se reservan muchas cosas que los definen como las personas que son, por lo que no son conocidas por los demás. Lamentablemente algunos terminan siendo lo que hacen, aunque al principio no reflejaba lo que realmente era y sentía. En esos casos, al final la actuación del personaje se convirtió en la persona.