Una experiencia y tres lecciones de libre comercio

FERNANDO I. FERRÁN
El futuro dominicano se inscribirá inexorablemente en el contexto del libre comercio. En ese porvenir cercano unos ganarán, otros perderán y las grandes mayorías… ¿quién sabe? Pero por esto mismo, ante dicha interrogante, conviene exponer algunas conclusiones importantes que se siguen del Acuerdo de Libre Comercio de Norteamérica. Quizás así podamos sacar el máximo de beneficio del DR-CAFTA, actualmente sujeto a ratificación congresional, y del tratado que recién se comienza a negociar con la Unión Europea.

En la medida en que el caso mexicano resulte aleccionador para países como el nuestro, René Villareal nos brinda en su libro “TLCAN, 10 años después: experiencia de México y lecciones para América Latina”, la oportunidad de visualizar la paradoja que se nos viene encima: “uno de los países más abiertos del mundo es, al mismo tiempo, de los menos competitivos y con menor capacidad de sustentabilidad”.

La primera lección a extraer del referido estudio concierne la asimetría de los países sentados en la mesa negociadora. Un acuerdo entre socios tan desiguales como Estados Unidos y cualquier país latinoamericano requiere que se asuman las diferencias en los tamaños y niveles de desarrollo de los países.

En el caso mexicano, si bien se reconocieron algunos de los problemas concernidos por la asimetría, los ritmos de desgravación resultaron excesivos en algunos sectores. Este fue el caso del sector agropecuario, debido a dificultades estructurales de adaptación, especialmente por parte de los productores campesinos de maíz y de frijol, y como efecto de la competencia desleal derivada de los subsidios a la producción agropecuaria estadounidense.

Vale la pena acotar que ese primer punto es tanto más aleccionador cuando se sabe que, en el caso dominicano con el CAFTA, no hubo negociaciones sino la mera adhesión dominicana a lo que Estados Unidos y los centroamericanos negociaron previamente entre sí.

Una segunda lección concierne el contexto macroeconómico. De hecho, para poner en ejecución una adecuada política de libre comercio, es indispensable mantener un equilibrio económico interno con estabilidad de precios y un tipo de cambio competitivo que genere los incentivos adecuados a los sectores exportadores y a aquellos que compiten con las importaciones. Este tema es de actualidad histórica entre nosotros, particularmente tras la crisis financiera de 2003 y a raíz de las medidas tomadas por las nuevas autoridades.

Pues bien, en México, la tendencia a utilizar la tasa de cambio como ancla nominal, con el propósito de controlar la inflación, aunada a importantes entradas de capital, tuvo como resultado una importante apreciación cambiaria a lo largo de la década de los noventa. Este proceder generó un enorme sesgo en contra de las exportaciones y a favor de las importaciones. Peor aún, el beneficio implícito otorgado a la importación de bienes intermedios generó una sensible desarticulación de las cadenas productivas mexicanas.

De ahí que la tercera y más importante lección del caso mexicano es que el modelo de apertura debe estar acompañado de políticas activas de desarrollo productivo. En estos precisos momentos en que en el Congreso dominicano se discute un hipotético paquete de medidas compensatorias para respaldar al sector productivo nacional, conviene enfatizar que la ausencia de una política de desarrollo en México generó un modelo industrial exportador de manufactura de ensamble que ha entrado en su fase de estancamiento y que ha encontrado dificultades para hacer el tránsito hacia una industrialización más competitiva. Además, desde el punto de vista social y político, ese modelo expone con total evidencia que el dinamismo exportador no necesariamente se traduce en un ritmo rápido de crecimiento económico y tampoco de bienestar general de la población.  

Hasta aquí las principales lecciones del libre comercio, de acuerdo a la experiencia mexicana. Al finalizar este apretado resumen se me ocurre que, para sacar provecho de dicha experiencia, nos hace falta ir contracorriente, léase bien: estar dispuesto a aprender en cabeza ajena, de manera a no perseverar y tampoco repetir errores tan obvios como los ejemplificados en la obra de René Villareal.
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