Una fecha para la evocación

Una fecha para la evocación

R. A. FONT BERNARD
El día 5 de diciembre, llegó a la costa noroeste de la isla que bautizó con el nombre de La Española, el Gran Almirante, Cristóbal Colón. Es esa fecha el punto de partida de la hazaña histórica conocida como el Descubrimiento y Colonización de América. Un capítulo de la Historia Universal, que convoca para la presentes precisiones. Se ha dicho hasta la saciedad, que fue la persecución del oro, el móvil principal de la conquista Española en el Nuevo Mundo; lo que no difiere de cualquier otra conquista hecha por los demás países europeos, pues por el oro lucharon hasta los aterciopelados gentilhombres de la corte de Isabel de Inglaterra.

El oro era una manera de ganar linaje, como lo dijese una vez Francisco Pizarro, según lo cita López de Gómora. Pero tanto como la búsqueda del oro, el conquistador español amaba la aventura. Por eso, al estudiar exhaustivamente la historia de la Conquista del siglo XVI, hay que analizar, previamente, cuales canones morales regían la sociedad de aquella época. Como lo cita atinadamente Mariano Picón-Salas, una de las formas de la «picardía» española, sería venir a América. Cervantes, el gran intérprete de los símbolos de España, intentó terminar sus días en el Alto Perú, o en Cartagena de las Indias, como empleado de la hacienda real.

La conquista de América fue la paradoja de algunas personalidades, que al mismo tiempo que desataban un tremendo impulso vital, trataban de justificarse, dentro de un común sistema de ideas. Lope de Aguirre, la personalidad más diabólica de la Conquista, censuró en una carta dirigida a Felipe II, a «los frailes que holgazanean en vez de evangelizar» y a «los magistrados que no hacen justicia».

Se ha de tener presente, por otra parte, que en el mismo espacio temporal en que Pedro de Alvarado ordenó la matanza de Cholula, en México, se escenificó polémica de tanta resonancia como la sostenida entre el capellán de Carlos V. Ginés de Sepúlveda, y el Padre Las Casas, en torno a la capacidad de los indios, y los derechos a que éstos eran acreedores. Sepúlveda, con un criterio racista, sostenía que los indios, «son hombrecillos en la que apenas se encontrarán vestigios de humanidad»; eran ellos «siervos por naturaleza, barbarie e innata servidumbre».

«La guerra que los nuestros hacen a esos bárbaros -sostenía Sepúlveda- no es contraria a la ley divina, y está de acuerdo con el derecho de gentes (por su parte) está en acuerdo con el derecho natural, y ha autorizado la servidumbre y la ocupación de los bienes del enemigo». (Tratado sobre las justas causas de la guerra contra los indios).

Era, como se aprecia, una doctrina afincada no sólo en la autoridad de Aristóteles, sino además en la de Santo Tomás de Aquino.

Como en todas las empresas humanas, no hay dudas de que en determinados conquistadores hubiese buena fe. Pero su sistema de valores era antagónico al de los indígenas. Quede como ejemplo, el asombro de aquellos frente a la primitiva concepción de los valores económicos entre los naturales de las Antillas: Permitir el trueque de oro por unas cuentas de vidrio, o unas tijeras; o despojarse del vestido que le regalaban los españoles para ir a misa, para volver al campo en su adánica desnudez.

En el primer tercio del siglo XVI, España había canalizado el Nuevo Mundo. Pero en sus hábitos y costumbres nacionales, aún permanecía atrapada, entre los temores, la creencia y el oscurantismo medievales.

Es natural, en consecuencia, que creyesen en la existencia en América, de las figuras mitológicas descritas por Marco Polo, conforme a los cuales había indios «con cabezas de perro, también dientes y ojos de perro».

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