Una isla, dos naciones

CLAUDIA L. MEJÍA-RICART A.
Las recientes declaraciones del Presidente Leonel Fernández respecto a la calificación de República Dominicana como un “estado fallido” por parte de la revista Foreign Affairs nos obliga a todos a reevaluar el impulso internacional de intensiones de ayuda hacia la vecina República de Haití y la correlación que se quiere imponer sobre esa situación a la República Dominicana.

En la misma medida en que se agrava la situación socio-política-económica de Haití, en esa misma proporción se incrementa la creatividad de los guardianes del planeta en buscar soluciones que los alejen del foco de responsabilidad a largo plazo de esta nación que cada día está más deteriorada a pesar de todos los esfuerzos invertidos en que se restableciera algún tipo de orden y por motivos geopolíticos insisten en querer que asimilemos la creación de una nación; una isla.

El Presidente Fernández dejó claro que no obstante nuestra cercanía; Haití es Haití, y República Dominicana es República Dominicana; dos realidades in equiparables y desprendidas cada una de la otra.

En efecto, Haití desde hace años se ha constituido en un problema regional que preocupa enormemente a la comunidad internacional la cual ha querido impulsar soluciones para situaciones internas, tomando como partida la “integración” de la República Dominicana. Aunque en ninguno de los casos que hemos visto se ha aclarado el término “integración”, las intenciones de buscar soluciones a problemas puntuales, en más de una ocasión ha planteado trabajar de forma integrada entre la República Dominicana y Haití.

De forma etimológica podemos aceptar un calificativo de que somos una nación con fallas; no fallido. En efecto, somos un país en proceso de superación de ciertas fallas, que en ningún caso desestabilizan el sistema internacional, que es el potencial principal de un estado fallido.

Al igual que otras naciones, incluyendo países avanzados, la República Dominicana tiene situaciones políticas, sociales y económicas, pero tales situaciones no logran alcanzar un nivel de gravedad tan crítico como para que se nos catalogue bajo esos términos, pues aceptar que estamos fallidos nos haría afirmar que somos un país sin leyes y sin ningún grado de institucionalidad el cual podría requerir de fuerzas externas que colaboraran con el mejoramiento de una condición fallida. Ese no es nuestro caso; porque hasta ahora RD ha lidiado tanto con circunstancias internas difíciles como externas (para este mismo caso; manejarnos de acuerdo a las circunstancias que atañen a nuestros vecinos sin vernos afectados políticamente por su situación, aunque tratando de manejarnos en lo referente al exceso de emigración de esa parte de la isla a esta de manera indocumentada), y ha demostrado que se puede manejar de manera independiente y bajo sus propios parámetros.

De acuerdo a la revista Foreign Policy, los estados incluidos en ese listado de “fallidos” son países con un alto crecimiento poblacional, exorbitantes niveles de criminalidad e injusticia social que tienen un sistema inestable de gobierno; entendemos que no entramos dentro de esta descripción.

Ahora bien; la interrogante básica a respondernos es: ¿Por qué la insistencia constante por parte de la Unión Europea, Canadá y los Estados Unidos de sumarnos a una realidad ajena a la República Dominicana?

Desde hace muchos años ya, la frontera de la República Dominicana con Haití ha servido de punto de acogida de grupos religiosos y ONG’s, que su única misión es velar por mantener una constante denuncia ante la comunidad internacional de actos en dominicana en contra de los vecinos haitianos, interviniendo en muchos casos en asuntos de orden interno como lo son la ejecución de nuestras leyes de inmigración.

Las demandas que constantemente recibimos sobre trato y métodos de repatriación hacia haitianos cada vez es mayor, sin embargo, es la misma situación que enfrentan muchos mexicanos y centroamericanos en territorio estadounidense.

Defender nuestro estado de derecho ante este calificativo es una responsabilidad de todos los que conformamos la sociedad dominicana, la cual aunque con fallas y necesidades, aun se mantiene dentro de la gobernabilidad y la democracia organizada.

Las consecuencias para una nación que requiere de mayor inversión extranjera y que se plantea como una economía de servicios podría traer consecuencias al extremo negativas.

Buscar solucionar nuestras fallas; trabajar en mejorar nuestros niveles de institucionalización y que la comunidad internacional entienda que República Dominicana no tiene obligación de llevar a cuestas la situación de Haití, es tan importante como enterarles que la realidad de esta isla no es una; una isla con dos naciones, que si bien han tratado y tratan de llevar a cabo algunos proyectos de desarrollo en conjunto, no los hacen copartícipes de las realidades socio, políticas y/o económicas de cada uno.