Una monumental novena sinfonía de Beethoven

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Definitivamente existe una relación entrañable entre la Novena Sinfonía -Coral- de Beethoven, obra cumbre de su autor y de la música misma, y el maestro José Antonio Molina, quien la ha dirigido en otras ocasiones, superando esta vez todas las anteriores, contando con la estupenda “Orquesta del Festival”.
El genio alemán estrenó esta Sinfonía en Viena en 1824, su audacia de terminarla coralmente y de introducir la percusión, rompía los esquemas de la época y marcó la transición del clasicismo al romanticismo musical. Desde su estreno ha sido considerada una de las obras más increíbles de todos los tiempos y la más interpretada.
Las composiciones de Beethoven se enmarcan dentro del contexto sociopolítico de su época, y esta paradigmática Sinfonía narra nada menos que la “liberación de la Humanidad”, y luego de enfrentar la furia del destino, el desconsuelo, solo al final nos brindará la Alegría, en una auténtica celebración de la fraternidad universal.
José Antonio Molina tiene plena conciencia de lo que quiere y demanda de la orquesta, marcando con claridad los cambios de intensidad, las entradas, con sus característicos movimientos, amplios para los cantábiles y otros menos ampulosos para pasajes más intensos, permitiendo el fluir rítmico de la Sinfonía.
El primer movimiento de la Sinfonía, -Allegro ma non troppo, Maestoso- representa el “Destino cruel que ahoga a los hombres”, introduce un tono melancólico y en otro tono la tensión aumenta, entran más instrumentos de viento. Llega un climax con un fortissimo.
El Scherzo del segundo movimiento, muy enérgico, literalmente es una respuesta al “Destino”, incontenible en la introducción, combina las variaciones y los ostinattos con golpes de percusión.
Vuelve la tristeza en el tercer movimiento Adagio molto e cantábile, el tema principal es lento, contrasta con los movimientos anteriores; el andante es un delicado diálogo entre cuerdas y vientos, luego interrumpe una fanfarria, seguida del violín con hermosas figuraciones. En este lánguido Adagio, Molina consigue de la orquesta uno de sus más logrados momentos.
El cuarto movimiento Presto –Allegro assai- es la apoteosis “el triunfo de la humanidad”; la introducción es trágica, sus notas vibrantes, son un eco que permanece en nuestra memoria, es símbolo, leivmotiv inconfundible, surge la esperanza. La orquesta toca agitadamente, el chelo entona una frase recitativa, el barítono –Günter Haumer- de excelente registro grave, entona un breve texto. Violonchelos y contrabajos enuncian el tema, luego junto al coro cantan el “Himno de la Alegría”, inspirado en la Oda romántica del dramaturgo alemán Friedrich Schiller, en el que exalta la naturaleza, la hermandad entre los hombres.
El tenor –Francisco Corujo- entona otros versos de Schiller acompañado del coro masculino. Luego se introduce el tema del amor, con la participación destacada de la soprano –Ana Lucrecia García- y la mezzosoprano –Anna Moroz-.
La música adquiere proporciones gigantescas, los metales vibran, las cuerdas tocan y de nuevo el coro canta el emblemático himno. La coda vertiginosa, firme, rotunda, se desvanece y tras el último acorde, en un acto reflejo, el público se pone de pie, aplaude una y otra vez, poseído por la música de esta Novena Sinfonía inmensa, eterna.
El director José Antonio Molina consigue conciliar todas las partes: orquesta, solistas y coro, y pone de relieve una vez más, su talento y sensibilidad musical, pero además, da muestras del conocimiento cabal de la pieza, al dirigirla sin partitura, o como se suele decir comúnmente, de memoria.
Con este tercer concierto finalizan las presentaciones en el Teatro Nacional, trasladándose esta noche el Festival Musical de Santo Domingo a la Plaza de España de la Ciudad Colonial, donde imbuido del ideal de fraternidad, tendrá lugar un concierto gratuito, para disfrute del pueblo.