Una mosca en mi memoria

MARIEN A. CAPITÁN
C
reí que no la vería más. En cuanto salió de mi carro aquel día en que te conté mi desgracia, supuse que la mosca se iría para siempre de mi vida. Ayer, sin embargo, regresó.

La montaña de basura que se acumula frente al edificio en el que vivo crece cada mañana. Y la mosca, feliz, se frota las patitas y la emprende contra mí.

El encuentro de ayer fue el más incómodo de todos. Me iba para el supermercado, lamentablemente, y fue entonces cuando encontré a la mosca. Quise sacarla. No pude. Cansada, la dejé estar –tenía la esperanza de que, dejándola encerrada unos minutos muriera por falta de aire e inanición–.

Una vez dentro del calvario pude comprobar que aún no hay alivio para nuestros dolidos bolsillos. Bajó el dólar, se estabilizó la tasa, pero los precios están igual que nuestras lágrimas: se mantienen inalterables y, en caso de cambiar, sólo van en aumento.

Sé que uno de los motivos fundamentales de que eso suceda tiene que ver con la divina reforma fiscal. Gracias a ella, el ITEBIS fue aumentado y, como es lógico, eso afecta ahora nuestra economía.

Hace tiempo, mucho tiempo, que estamos mal. Hace meses, muchos meses, que soñamos con un aumento salarial. Ahora, cuando estimamos que esa fantasía se convertiría en una realidad, el Consejo Nacional de la Empresa Privada (CONEP) dice que sus miembros sólo tienen la obligación de aumentar un 30% a los empleados que devengan el sueldo mínimo.

Al hablar sobre ello, hubo un ilustre que señaló que el aumento de todos los demás empleados dependerá de la generosidad de los empresarios. Visto el hecho, parece que sólo nos quedará rezar y pedir, con todo el fervor del mundo, que Dios ilumine a esos bondadosos señores que nos pagan el sueldo cada mes.

De lo contrario, con el excedente de gastos y lo exiguo de nuestros presupuestos, tendremos que empezar a pensar en la posibilidad del pluriempleo. Mi problema, en ese sentido, es que tendría que buscar un trabajo que tenga que ver con lo que hago: escribir.

Quizás, se me ocurre, podría dedicarme a escribir versos para lápidas, hacer cuentos infantiles por encargo, escribir cartas de amor para enamorados que no saben cómo inspirarse, diseñar estrategias de seducción… en fin, ese tipo de cosas. ¿Tendré éxito? La mosca me mira y, como siempre, se sienta en mi hombro y se burla de mí.

Pasando a otro tema, es justo celebrar el inicio del torneo de pelota invernal. Aunque sin mucho ánimo todavía (quizás me están fallando las energías), hay que alegrarse por tener algún entretenimiento que nos haga olvidar todas nuestras miserias. Eso sí, amigos, tendremos que encender un par de velitas a los santos para ver si la luz nos deja disfrutar de nuestro deporte nacional.

Dejando el placer de lado, volveré con el tema original: el retorno de la mosca. La basura, nueva vez, está por todos los rincones de la Capital. El olor, al menos en mi calle, comienza a ser tan nauseabundo que al salir del carro hay que correr hasta el portal para no impregnarse de él.

Más peligro aún es lo que esa basura significa: que se multipliquen los bichos, los roedores y alimañas, algo que siempre será sinónimo de enfermedades.

Con lo difícil que está la vida, nos permitimos recordarle al Ayuntamiento del Distrito Nacional (ADN) que no podemos darnos el lujo de contagiarnos con nada: como el dinero apenas nos alcanza para sobrevivir, no tenemos con qué pagar las carísimas medicinas que tendríamos que tomarnos.

Las precauciones que podamos tener siempre se quedarán cortas. Como la basura está por doquier, no hay forma de escaparse de ella. La mosca que me acompaña, les recuerdo, es una evidencia de ello (no crean que murió mientras hacía la compra, cuando regresé al carro estaba vivita).

Otras personas tienen menos suerte que yo. En muchos sectores, donde la recolección es aún peor que en el mío, uno tiene que ver cómo la basura inunda hasta el frente de los centros educativos (ejemplo: el San Gabriel Arcángel, que salió en El Nacional). Así, ¿creen que unos pequeños pueden estudiar? No lo creo.

Lamento, por las circunstancias actuales, tener buenos amigos en el ADN. Sé que mis palabras les pueden doler pero, amén de las razones o excusas que pueda pronunciar nuestro síndico, tengo la responsabilidad de quejarme. Espero que lo entiendan. Si lo hacen, y toman medidas, quizás pueda librarme de esa fatídica mosca que ya se ha colado hasta en mi memoria.

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