Una mujer de mucha edad 1

La vejez, Alberto Cortez
Me llegará lentamente, y me hallará distraído
Probablemente dormido, sobre un colchón de laureles
Se instalará en el espejo, inevitable
y serena
Y empezará su faena, por los primeros
bosquejos

Con unas hebras de plata, me pintará los cabellos
Y alguna línea en el cuello, que tapará la corbata
Aumentará mi codicia, mis mañas y mis antojos
Y me dará un par de anteojos, para sufrir las noticias

La vejez, está a la vuelta de cualquier
esquina,
Ahí donde uno menos se imagina
Se nos presenta, por primera vez

La vejez es la más dura de las dictaduras
La grave ceremonia de clausura
De lo que fue la juventud, alguna vez

Con admirable destreza, como el mejor artesano,
Le irá quitando a mis manos, toda su
antigua firmeza
Y asesorando al galeno, me hará prohibir el cigarro
Porque dirán, que el catarro, viene
ganando terreno

Me inventará un par de excusas,
Para menguar la impotencia,
Que vale más la experiencia,
Que pretensiones ilusas
Y llegar la bufanda, las zapatillas de paño
Y el reuma que año tras año, aumentará su demanda

La vejez es la antesala de lo inevitable
El último camino transitable
Ante la duda, que vendrá después

La vejez es todo el equipaje de una vida
Dispuesto ante la puerta de salida
Por la que no se puede ya volver

A lo mejor más que viejo, seré un anciano honorable
Tranquilo y lo más probable, gran decidor de consejos
Por celosa, me apartaré de la gente,
y cortaré lentamente,
Mis pobres, últimas rosas…

Desde hace cuatro años he atesorado esperanzas, emociones y muchas incógnitas sobre la llegada de mis 60 años, la antesala inevitable de la vejez. Cuando alcancé la añorada edad de las 15 primaveras, le pedí a mi padre que me hiciera una fiesta. Su negativa fue inmediata. Tuve que conformarme con un encuentro de amigas en mi casa y un viaje a Puerto Rico de cinco días para acompañar a mi madre en la compra de enseres que nutrirían la tienda familiar llamada “La Pagoda”.

Dos años después, mi padre organizó una gran fiesta cuando su madre, una honorable anciana china que no sabía hablar español, cumplió sus ochenta años. Tenía guardada mi frustración, por esta razón, con mi habitual energía inquisidora le pregunté el por qué. Mi padre sonrió, y me dijo que en la cultura oriental se hacía un homenaje a la longevidad, porque nacer no es un mérito, sino el fruto del azar de un óvulo y un espermatozoide que se unieron y crearon un ser. Lo que merecía realmente el reconocimiento era la decisión y la voluntad de vivir con honorabilidad. Mi abuela, dentro de su pobreza, tuvo la visión de motivar a su hijo a la aventura marina para que no sucumbiese a los estragos de la miseria y el abandono. Y ella, a pesar de que no podía expresarse, era la columna que permitía a mi padre librar las mil batallas. Entendí la lección. Y disfruté enormemente la fiesta de mi abuela, en la que se dieron cuenta todos sus amigos y familiares. La comida abundante corría por las mesas, las voces de los chinos presentes hablando en cantonés constituían la clave de la alegría y la música estridente de China resonaba en el salón. Era un maravilloso escándalo en el que primaba la alegría y el reconocimiento de una vida humana, que habiendo vivido en la pobreza había sido capaz de alcanzar esa edad en muy buenas condiciones físicas y mentales.

El 8 de septiembre de este año alcanzaré la honrosa edad de los 60 años. El inicio de la honorabilidad de haber vivido. Me gané el mérito de celebrar una fiesta. A partir de las décadas siguientes, mientras más vida tenga, mayor será mi privilegio de celebrar.

A partir de hoy inicio una serie de Encuentros acerca de esta etapa que pronto iniciaré en mi vida. Buscando información para hacer mi artículo, leí [1] que en China continental las autoridades estaban sorprendidas por el hecho de que la tradición ancestral dé apoyo, reconocimiento y reverencia por los mayores, pero sobre el respeto a los padres, se estaba perdiendo. Y por esta razón, decidieron tomar medidas.

Fue promulgada la “Ley de Protección de los Derechos e Intereses del Anciano” que obligaba a los hijos adultos a visitar a sus padres ancianos. Establecía que una de las mayores responsabilidades de los hijos adultos era la de proveer satisfacción a “las necesidades espirituales de los ancianos”. Regulaba la forma, obligando a los hijos a visitar frecuentemente la casa de sus padres, y debían también asegurar el pago a los empleados cuando solicitasen permiso para visitar a sus padres. Tan fuerte es la ley que incluso en el ejército, los oficiales no son promocionados a menos que estos muestren suficiente respeto hacia sus padres.

La ley ha traído reacciones en el mundo occidental. Algunos especialistas han dicho que esta ley lesiona la libertad individual y el derecho a decidir. Otros, sin embargo, han reaccionado diciendo que por el contrario, el abandono es un fenómeno crítico especialmente en las sociedades occidentales:

Pero, sin embargo, hacen que nos cuestionemos un problemático aspecto de nuestra cultura contemporánea, el cual ha creado un clima de indiferencia, intolerancia y en ocasiones incluso de antipatía por los ancianos. Los sociólogos le han puesto incluso un nombre: edaísmo. Se refiere a la estereotipificación derogatoria de los ancianos, siendo la única forma de prejuicio con la cual los guardianes del buen comportamiento hacen la vista gorda a pesar de que es por lejos la más común de entre todos los tipos de discriminación. [2]
La cultura de la “juventud eterna” se ha convertido en una obsesión en estas sociedades, especialmente en las occidentales. Las mujeres, y en algunos casos los hombres, quieren combatir los embates del tiempo, haciendo uso de cirugías estéticas y otros subterfugios, desarrollándose una verdadera adicción al botox. A medida que los años nos pasan, muchas mujeres quieren aferrarse a la juventud, convirtiéndose en esclavas de la belleza, y en verdaderos payasos que emulan y dejan pequeño con sus desfiguradas caras al Guazón de la tira cómica de Batman.

Estoy convencida que para vivir hay que cumplir años. Sumar años a la vida es una virtud, quitárnoslos es negar nuestra propia existencia. Yo estoy feliz de cumplir seis décadas de vida, de aprendizajes, caídas para volver a levantarme, de llantos y risas. Sobre este tema seguiremos en la próxima entrega. [3

[1]BenjaminBlech, La Vejez y la Ley China, http://www.aishlatino.com/a/s/La-Vejez-y-la-Ley-China.html
[2] Ibidem
[3]Concepción Sánchez Palacios, Estereotipos negativos hacia la vejez y surelación con variables sociodemográficas,psicosociales y psicológicas, Tesis doctoral de la Universidad de Málaga, http://www.biblioteca.uma.es/bbldoc/tesisuma/16704046.pdf