Una nueva conciencia social

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Cuando empiecen a caer los gobiernos como cayeron los bancos, no nos vamos a preguntar cuánto va a durar la crisis sino cómo vamos a salir de ella, en qué estado, con qué perspectivas.

Todas esas convulsiones sociales que sacuden violentamente el mundo por la crisis; los estallidos populares que conmocionan las democracias y movilizan a la sociedad civil en una revolución global, sin precedentes históricos conocidos, tienen en común el despertar de la conciencia popular a una realidad tan esquiva y atroz que es entendida subjetivamente como una amenaza insuperable no solo para el futuro, que se niega, sino lo que es más determinante aún para un presente que condiciona la existencia hasta tal punto que solo es posible vivir en la indignación y la indigencia. La transformación de esta estructura sistémica caduca, que ya no tiene cabida en un mundo que aspira a la sostenibilidad tecnológica, no la están protagonizando los agentes políticos, económicos y sociales que han ejercido el poder de espaldas al pueblo y a costa del propio modelo. La responsabilidad del cambio recae sobre una juventud que ni se echó al monte, ni bajó de la sierra, ni hizo ninguna guerra porque desde que tiene uso de razón ha vivido en democracia y no conoce otro régimen que el de la libertad y la protección de los derechos fundamentales. Por eso, los que andan reclamando en la calle un poder que legítimamente les pertenece no se van a conformar con el engaño de unos políticos tradicionales que les exigen sacrificio y renuncia para salir de una crisis que ellos mismos alimentan. Hemos visto los mismos hechos, que luego han servido como detonante del estallido, repetirse una y otra vez en todos aquellos países donde la crisis económica se erige en la excusa perfecta para acabar con cualquier atisbo de democracia, solidaridad, justicia o igualdad. La receta del recorte y el sacrificio no convence nada más que a los mercaderes y sus servidores  –políticos y periodistas, entre otros – que renuncian a su sagrado deber público para echarse en brazos de la corrupción y la inmoralidad.

 Todos esos jóvenes que han recibido una educación democrática y que constituyen una generación formada y preparada, han visto cómo estallaban las diferentes burbujas, empezando por la inmobiliaria, pasando por la financiera y acabando por la peor de todas las burbujas “la crisis de valores”, entonces, se han dado cuenta de que el mundo que les rodeaba era una gran mentira fabricada para enriquecer a unos pocos a costa de la mayoría. Del bienestar han pasado al estado de necesidad mientras se preguntaban por qué. La incredulidad y el conformismo de la primera etapa han dado paso a la resistencia pasiva y la insumisión. Después ha venido el estallido y cuando empiecen a caer los gobiernos como cayeron los bancos, no se van a contentar con las medidas que contra la crisis adoptan sus propios impulsores porque para ellos lo importante no es el tiempo que dure la crisis. Una vez que se ha tocado fondo, ya no hay prisas porque lo que realmente preocupa no es cuánto más va a durar esta agonía sino, más bien, cómo vamos a salir de ella, en qué estado, con qué perspectivas. Ya no valen los parches ni las medias tintas.

Los indignados que ya no creen en nada, y menos aún en un sistema que les ha quitado todo, hasta la esperanza, son los mismos en Europa o América. Hay quien ya aventura que el próximo estallido será en China. El método es simple: se crea y empodera una clase media que luego se destruye. No es posible que convivan durante tiempo el milagro económico con la desigualdad social y la miseria. La brecha es insalvable y a estas alturas exige una nueva conciencia popular que regenere la democracia, que nos devuelva la dignidad suficiente para poder seguir adelante sin que nadie nos vuelva a pisotear. Y esa conciencia no se regala, hay que arrancársela al poder.