Una radiografía al colegio Loyola

En la educación hay que apostar a la diferencia. Ser diferente implica invertir en una educación integral y humana, donde los alumnos, primero, se gradúen en ser persona. Apostar más allá de las matemáticas, la historia, la lengua española, la religión y, otras temáticas, que hacen que el aprendizaje, junto a las tecnologías, los idiomas acercan a la competitividad de la educación del siglo XXI. Para el proceso educativo poder ponerse pantalones largos tiene que trabajar el difícil proceso de motivar, empoderar y responsabilizar a los actores principales: alumnos y profesores, padres y autoridades en un solo propósito: construir una familia educativa en valores, en perdón y reconciliación, en afectividad, en actitudes emocionales positivas, en altruismo, solidaridad y sentido de pertenencia para vivir a través de la fortaleza emocional.
La nueva educación en valores en un mundo que apuesta a una forma de educación para el servicio de la economía, el consumo, el confort, la exclusión y la pobreza espiritual.
En más de tres ocasiones he tenido que reflexionar sobre las temáticas: familia, pareja, adolescencia, felicidad y proyecto de su vida con los muchachos y padres del colegio Loyola. Bajo el ejercicio de la libertad académica me entero de las cifras que hablan: Loyola ha logrado muy baja repitencia, cero deserción escolar, aumento en su alto desempeño educativo, disminución del bullying, aumento de la resiliencia educativa, de la competitividad sana, pero sobre todo de sentir y vivir el apego, el vínculo y la afectividad; pero han sido asertivo en trabajar con la tolerancia, las diferencias, los desacuerdos, sus conflictos y sus disonancias, en sus muchachos a través de enseñarle a practicar el perdón y la reconciliación dentro de una cultura de paz o del trátame bien. Para poner un ejemplo: hace más de un año, un padre del colegio se suicidó y había practicado un homicidio contra un alcalde de la ciudad de Santo Domingo. Sus hijos adolescentes y niños se forman y se educan con el colegio Loyola. El trauma, el duelo y la agonía por temor al rechazo, no la conocieron, sus compañeros de aulas compartieron el dolor, se dividían de dos en dos por día, para acompañarle, ayudar con las tareas, fiscalizar y acompañar el proceso. Cada muchacho del Loyola los acogió como propio, con empatía, con afecto, con compasión en un proceso doloroso. El padre Francisco Llyberes –franchy- había trabajado el nuevo enfoque educativo de un colegio que practicara una educación en valores, con compromiso y altruismo, de ser y sentir, que educar es más que despertar y más que instruir personas. Confieso que el altruismo y ese acompañamiento de esos muchachos, despertaron mi esperanza en creer en los jóvenes y adolescentes que viven para defender la nueva identidad, el apego, los vínculos y compromiso en un mundo tan desigual, tan enfermo y tan deshumanizado. La nueva educación debe tener ese enfoque que bien ha asimilado, deglutido y digerido el colegio Loyola. En buena hora, por buenos caminos, apostando a construir familias y personas, donde ya la familia ha dejado de ser la mejor inversión, el mejor espacio y el artículo de primera necesidad.
Allí, en sus propias aulas, trabajan el bullying, las diferencias cognitivas; las habilidades y destrezas, de unos y otros sin permitir que se conviertan en desiguales. Vivir las diferencias, repartir el conocimiento, hacerlo vinculante y sintiente, para que no sea egoísta, ni privilegio, ni elitista. Confieso que he disfrutado los encuentros. He aprendido mucho; se siente la vibra positiva, el entusiasmo y el compromiso. En esa educación hay esperanza, sabiendo que la esperanza es la pasión de lo posible, y lo posible se trabaja en el día a día a través de insistir, persistir y resistir; ante un mundo que apuesta a una educación a su medida y para su bolsillo. En Loyola se vive un antes y un después. Padres, alumnos, maestros y autoridades viven el sabio proyecto de una educación para la vida. La vida demanda de hombres y mujeres que vivan la pasión de servir, de asumir el ser y renunciar al parecer; y eso, lo reproduce una educación en valores y en actitudes emocionales positivas. En buena hora y en sabios momentos Loyola.