Una sociedad de dos clases

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Cuando supe que Mario Javier Valerio estudió en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) lo urgí a que me hablara de aquella sociedad. Acabábamos de ingresar a la Universidad Tecnológica de Santiago (UTESA), y él era, en ese momento, Director Académico del Recinto Santo Domingo de Guzmán. También eran aquellos, los días en que culminaba la desintegración de ese imperio político. Nos animaba la idea de que Su Santidad Juan Pablo II era un enviado de Dios, destinado a desmembrar ese poderoso supra-gobierno.

Mario estudió en Ucrania, una de las más importantes repúblicas dentro de ese conglomerado de la llamada Cortina de Hierro. Expuse mi punto de vista. Me he basado en una superficial cavilación construida a partir de la novela de Morris West, “Las Sandalias del Pescador”. Pero soy religioso, y he querido ver siempre a mi Creador en lo inexplicable, por nimio e insignificante que sea, como en lo trascendental y misterioso. En abono a mis planteamientos recordé los varios levantamientos de los años del decenio de 1950, con su secuela de muertes. Cerré con la Primavera de Praga, de 1967.

-Y sin embargo, dije, sin disparar un tiro, con la salida de unos checoeslovacos por la frontera con Austria, comenzó, hace dos años, la disolución de la URSS.

Mario, al que su esposa Natacha y yo hemos hablado con tiento y cuidado sobre el Señor, me escuchó condescendiente, en aquellos días a los que me remonto. No diré que incrédulo, pero menos propenso a entender estos tratos personales con el Espíritu Todopoderoso, eludió mis argumentos. Y me contó sobre las estrecheces y limitaciones de la familia de un científico, privilegiado profesor de la Universidad de Kiev. Había obtenido una vivienda, gracias a las distinciones a que era acreedor. La vivienda, un departamento, era pequeño y escasamente confortable. Y lo que era más pesaroso, como cualquier hijo de vecino, se hablaba en turno para adquirir un televisor, cuando nuestro relator egresó de la casa de estudios.

-La sociedad soviética se convirtió en una sociedad de dos pueblos distintos. La burocracia del partido, abierta a las prebendas y a la corrupción, estratificó con diferencias abrumadoras, a esas clases sociales. A un lado el pueblo llano, que debí hacer filas hasta para adquirir mantequilla, y al otro los funcionarios del partido, que lo eran de los gobiernos, y disfrutaban facilidades irritantes por ostentosas en muchos casos, y por el boato que irradiaban en otros. El pueblo se hartó.

Mario fue prolijo. Creo que lo escrito, empero, sintetiza lo que nos dijo en aquel día impreciso de 1992.

Lo escrito, recomiendo, debe ser leído por cuantos estudian el comportamiento de los pueblos. Porque el ideal es que se construya una sociedad diversa en su unidad, y pletórica de esperanzas. Es desaconsejable, en cambio, que se conduzca a los pueblos hacia una sociedad de dos clases. Y que una de ellas viva saturada de insatisfacciones.