Unidad de lenguaje y el pensamiento

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Para que el sentido orientado política y poéticamente sea inteligible, el escritor ha de tener un dominio cabal del idioma y, a su través, de la sintaxis. Ha de conocer la sintaxis del idioma en que escribe, a fin de poder transformarla.

Ha de saber el escritor cuándo determinar o no el sustantivo; ha de saber cómo colocar con exactitud el adjetivo y el adverbio, si antepuesto o pospuesto al sustantivo, al verbo, a las locuciones o expresiones adjetivas o adverbiales. Estas operaciones lingüísticas dependen de la práctica rítmica, eufónica o de la cantidad de sílabas de los adjetivos o adverbios que modifican el sustantivo o el verbo y  sus respectivas expresiones.

Deberá tener en cuenta el escritor el dominio cabal de la lógica y la semántica del discurso a fin de deslindar, en virtud de su elevada cultura, los usos según el sentido (“ad sensum”) y los usos de figuras con apariencia lógica y sintáctica pero que la semántica o la filología repugnan por absurdos. Ejemplo clásico de esto es el uso expandido de los adjetivos posesivos “sus” “nuestros” y “vuestros” (en plural) ante sustantivo  singular o plural, pero que tales posesivos van obligatoriamente en singular, ya que lo poseído no siempre concuerda en número si el poseedor. Error garrafal común: sus vidas, vuestros corazones, nuestras voces. El sujeto poseedor tiene solamente una vida, un corazón y una voz, independientemente de que esté gramaticalmente en singular o en plural.

Ha de dominar a cabalidad el escritor el uso correcto de la preposición (régimen prepositivo) ante el verbo correspondiente. Ejemplo de error garrafal de nuestros escritores: “Sentarse en la mesa (a comer, tomar, conversar, etc.) en vez de “sentarse a la mesa”.

El conocimiento cabal de los pleonasmos es tarea insoslayable para dominar el idioma y evitar las trampas de la filología espontánea en el proceso de producción del discurso, sea ideológico-informativo o de ficción. Sobre todo aquellos pleonasmos que por desconocimiento e incultura del autor, duplican o redundan la información. Ejemplo clásico de error garrafal común entre nuestros escritores: el prefijo “re” seguido de verbo o el verbo volver más verbo duplicador debido a la falta de distinción entre prefijo duplicador de la acción y “re” aglutinante con verbo que no duplica ninguna acción. Ejemplo: rebelar y revelar no duplican acción, pero redecir y repetir sí la duplican. “Volver a repetir” es caso de error garrafal común en nuestros escritores. Y el sudo agrava más el error cuando el escritor escribe o dice: “Te lo vuelvo a repetir otra vez”.

Otro error garrafal común es el uso de una palabra con un significado que nunca ha tenido y que el escritor confunde con otra palabra que sí sería la que encaja en la frase de su texto, pero que el autor desconoce.

Los barbarismos, cuando tienen su equivalente en español, son indicio claro de la falta de dominio del idioma propio. Peor aún si el escritor aduce orgullo o soberbia intelectual al justificar los extranjerismos lingüísticos cuando afirma que escribe como le da la gana. Ignorancia y soberbia con que el ignorante acusa de inmediato al crítico de ser un policía de la Academia de la Lengua. Hay otro uso de los barbarismos que algunos escritores los justifican fundados en tres razones: 1) Que así le parece que “suenan” mejor; 2) Que la lengua dueña del barbarismo es superior a la suya; y 3) Que la lengua del escritor es incapaz o insuficiente para expresar lo que él quiere decir en su obra. Las tres justificaciones (esteticismo lingüístico, etnocentrismo y metafísica de la doble ausencia) delatan la política del signo en la cual se ampara el escritor para ocultar su ignorancia.

Uno de los hallazgos sintácticos más originales reside en el uso correcto de los sintagmas nominales inseparables y unidos por conectores. Ejemplos: “El perro de raza no salta hacia atrás”, frase que no puede adjetivarse si se separa uno de los dos sustantivos para colocar el calificativo después del primer miembro del sintagma. Ejemplo: “El perro negro de raza”. Debe decirse “El perro de raza negro…”, para no incurrir en ininteligibilidad, ya que lo inteligible es una de las apuestas del discurso.

En el caso de los verbos y las expresiones o locuciones adverbiales que los modifican y que no pueden estar alejadas de tales verbos: Ejemplo: “Los árboles cayeron en la plaza de la ciudad estrepitosamente”, en vez de “Los árboles cayeron estrepitosamente en la plaza de la ciudad”. Pero hay escritores que escriben: “Los árboles estrepitosamente cayeron…”, etc.

Una de las características más señeras del buen escribir es el uso correcto del gerundio. Sucumben en esta dura prueba los puristas más encumbrados. Hoy es un vicio arraigado en la sintaxis de nuestros escritores de más viso. Semejante falta obedece a incultura, inconciencia, descuido o influencia masiva del gerundio inglés o francés introducido a través de los medios de comunicación, del vocabulario científico, deportivo, libresco y del discurso oral de los narradores e íconos del deporte y la farándula. Mientras más bajo es el nivel cultural del sujeto, más proclive a caer en estos usos incorrectos del gerundio.

¿Cómo se reconoce a simple vista el uso incorrecto del gerundio en nuestro idioma español? El lingüista español Juan Luis Onieva Morales lo precisa con extrema claridad y con ejemplos al canto: 1. El gerundio no debe usarse para expresar una acción posterior a la del verbo principal. Ejemplo: El ladrón huyó siendo detenido poco más tarde. 2) No debe usarse el gerundio cuando tiene valor de adjetivo. Ejemplo: Se ha publicado una orden prohibiendo el gasto desmesurado de agua; y 3) No debe usarse el gerundio simple con aspecto no durativo. Ejemplo: Teniendo yo 18 años, ingresé en el ejército.

En el incumplimiento de estas sencillas reglas se han desgastado en el pasado, y se desgastan hoy, nuestros escritores y escritoras de lengua española.

¿Cómo se reconoce en español el uso correcto del gerundio? En la próxima entrega lo veremos.

En síntesis

Problemas con el gerundio
Una de las características más señeras del buen escribir es el uso correcto del gerundio. Sucumben en esta dura prueba los puristas más encumbrados. Hoy es un vicio arraigado en la sintaxis de nuestros escritores de más viso. Semejante falta obedece a incultura, inconciencia, descuido o influencia masiva del gerundio inglés o francés.