Universidad, sociedad y valores

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Tradicionalmente se ha dividido a las universidades en dos grupos: Aquellas instituciones que proclaman principios cristianos y las llamadas universidades seculares que señalan las confesionales como desfasadas. Sin embargo, tomando en cuenta que el origen de las universidades se remonta mayormente, reconociendo el aporte Griego, a la influencia Judeo Cristiana, ya sea de tradición Católica, Protestante u Ortodoxa, esa división sobraría si se piensa en la seriedad del papel que la Universidad está llamada a jugaren la sociedad. Como consecuencia se asumiría que un verdadero impacto social tendrá que descansar en valores sostenidos por las universidades, “confesionales” o “seculares”, debido a que ambas enfrentarán retos similares al tratar de influenciar positivamente a los miembros de nuestra sociedad y sus instituciones. En ambos casos se entiende que los profesionales que impactarán la sociedad deberán ser formados de manera integral enfrentando contenidos disciplinarios rigurosos guiados por valores sociales trascendentes. Desde ese punto de vista, entonces, no debe haber diferencias entre universidades confesionales y seculares, pues el origen histórico y los objetivos son comunes. Hay que reconocer que las universidades de mayor prestigio del mundo, sean europeas o americanas, nacieron a la luz de principios cristianos: las universidades europeas más antiguas, por ejemplo, se originaron en catedrales y conventos católicos alrededor de los años 900 d.C.; mientras que aquellas que surgieron en el nuevo mundo fueron el trabajo de hombres y mujeres que huían de la persecución que les produjo el pensar de manera diferente. En cualquiera de los casos, católicas, ortodoxas o protestantes, entendían que “toda verdad es verdad de Dios”. Por lo tanto, no concebían el conocimiento discutido rigurosamente en sus aulas aislado del Dios creador, “en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento”, Col 2:3. Fue el origen de Harvard, 1636, universidad fundada para “entrenar” a los hijos de los misioneros que venían huyendo de la persecución de la iglesia oficial de Inglaterra. De hecho, las hoy famosas universidades norteamericanas nacieron en las primeras colonias, y vieron en cada universidad el lugar más apropiado para discutir rigurosamente las diferentes ideas que beneficiarían a la sociedad, mostrando así que la fe cristiana no teme al pensamiento crítico riguroso. Vivimos en tiempos intelectualmente peligrosos y de verdaderos retos para cualquier universidad, confesional o no, comprometida con el fortalecimiento de valores. En sus aulas tienen que luchar en contra de poderosas corrientes de pensamientos filosóficos que promueven materialismo, hedonismo, naturalismo, racionalismo y relativismo que tienden a desarrollar a individuos de carácter cínico, nihilista, insensible, ateísta, radicalista y con fuerte espíritu de auto-suficiencia que se desborda con muestras de una adoración enfermiza de todo lo nuevo, lo moderno y lo diferente. Para muchos, la nuestra es una sociedad con fuertes y enfermizos deseos de poder, de control y de rápido enriquecimiento. Muchos creen que más que una sociedad de valores, la del presente proclama y premia los antivalores, que fortalecen el pesimismo de un futuro mejor.
La seriedad del reto de las universidades radica en que son precisamente los individuos que pasaron por las aulas universitarias los que en el presente dirigen los destinos de nuestra sociedad; y que tanto los corruptos como los honestos; los morales como los inmorales; los que obedecen y los que violan las leyes se educan en centros universitarios. Como consecuencia, es necesario asegurarse de que los programas académicos existentes persigan enviar a nuestra sociedad a profesionales que más allá del aprendizaje de contenidos, se hayan formado dentro del marco de valores que harán del mismo un individuo productivo y que actuará guiado por valores que le capacitará para aportar soluciones tanto morales como profesionales. El fortalecimiento de los antivalores en la sociedad llama a todas las universidades a trabajar juntas para producir los cambios sociales y morales que demanda el presente. Si las universidades forman profesionales académicamente preparados, pero carentes de valores, la sociedad habrá recibido a profesionales débiles de carácter que sucumbirán fácilmente ante las actuales corrientes de pensamientos. El llamado urgente es a conformar un pacto entre universidades que juntas busquen en las aulas mecanismos que provean al profesional de herramientas, que le permitan combatir efectivamente los antivalores que permean nuestra sociedad.