Uno y los demás

SERGIO SARITA VALDEZ
Así como las fieras se protegen de las inclemencias de las lluvias y los vientos guareciéndose en sus cavernas y otras formas de refugio, de igual manera el intelectual, al sentirse amenazado por los avatares de tormentas sociales acude a refugiarse en la lectura de grandes pensadores para de ese modo fortalecer el espíritu de la resistencia y del combate. Aún transitamos por el último trecho del indeseado camino maldito  por el que nos forzaron a caminar quienes obtuvieron, mediante el voto, el derecho a dirigir los destinos nacionales durante el período 2000-2004.

La ola delincuencial, el latrocinio y la heterogénea corrupción siguen emitiendo su eco destructor, cuyas réplicas aún conservan fuerzas suficientes como para continuar sacudiendo todo el cuerpo social de la República Dominicana. Tiempo de solidaridad colectiva nos diría con otras palabras Octavio Paz cuando exclama: “Fraternidad, no con los muertos –¿qué sabemos de ellos y qué saben ellos de nosotros?– sino con los vivos sufrientes y mortales…. El hombre, hijo de la naturaleza, ha conquistado y construido un reino en donde, no lo niego, abundan los horrores, pero también en donde florecen virtudes ausentes en el mundo natural: la solidaridad (mejor: la caridad), el afán de saber, el amor, las artes, las ciencias. Somos hermanos de todos los seres vivos y, con ellos, somos parte del cosmos”.

El laureado y ya fenecido literato mexicano reconoce en Antonio Machado al inspirador del título de su gran obra “El laberinto de la soledad”, al que hace honor transcribiendo el siguiente párrafo: “Lo otro no existe; tal es la fe racional, la incurable creencia de la razón humana. Identidad = realidad, como si, a fin de cuentas, todo hubiera de ser, absoluta y necesariamente, uno y lo mismo. Pero lo otro no se deja eliminar; subsiste, persiste, es el hueso duro de roer en que la razón se deja los dientes. Abel Martín, con fe poética no menos humana que la fe racional, creía en lo otro: en la esencial heterogeneidad del ser, como si dijéramos en la incurable otredad que padece lo uno”.

Hostos, el sembrador como lo llamaría Juan Bosch, habló de dignidad y patriotismo, también hizo mención de la dulce caridad. Entendía que la beneficencia era un derivado de la confraternidad. Decía nuestro ilustre maestro puertorriqueño: “Este deber se genera del de la confraternidad. Como él abarca al hombre de todos los grupos, y se sale de la familia, del vecindario, de la región, de la nación, para buscarlo en la humanidad, no preguntándole “¿de dónde eres?, sino “¿de qué has menester?” Confunde el hermano con el desconocido, el amigo con el enemigo, el próximo con el lejano, el de la propia  con el de la extraña raza, el domiciliado con el errabundo, el recién llegado con el recién nacido, razas, personalidades, procedencias, comarcas, vicios, ignorancias, indigencias, lacerías de cuerpo y alma, y, anónimamente de incógnito, en tal secreto que es imposible revelarlo porque los bienhechores son innumerables y da asilo, abrigo, alimento, educación, guías, flores, solaces, consejos, estímulos, ejemplos, cuna, tálamo y ataúd… Hablar de confraternidad y practicarla es no sentirla o mal sentirla, y de ningún modo reconocerla como un deber”.

Reflexionando acerca de la sociedad industrializada, Eugenio María, el antillano, nos escribe: “La pasión del dinero, que estrecha los linderos de la vida social; la embriaguez, que seca en su fuente el sentimiento de la dignidad humana; el egoísmo frío, que congela la sensibilidad individual y colectiva, parecen fatalidades inevitables en el cumplimiento, cuando es muy extenso, de las vocaciones económicas. Pero la pasión del dinero, la embriaguez, el egoísmo insensible, ¿no son tendencias también de las sociedades inactivas o en donde la vocación social parece limitada al ejercicio de las funciones políticas, literarias y eclesiásticas? ¿Hay endineramiento más repugnante, alcoholismo  más general, sensualidad más perversa, egoísmo más seco que los que chocan y contrastan con la apariencia espiritualista de las sociedades ociosas y letradas? ¿En dónde ha degenerado en farsa más horrible la administración de justicia; en dónde es burla más descarada la profesión de principios religiosos; en dónde ociosidad más perniciosa el empleo público; en donde casta de literatos más estólida y más refractaria; en dónde la curia más artera; en dónde más venenoso el áspid del abogado; en dónde esfinge más siniestra el médico; en dónde menos brazo armado de su patria el militar; en donde la civilización más corrompida; en dónde más corruptor el progreso material; en dónde sociedades más hondamente inmorales que las de allende y aquende los mares, en que el prevalecimiento de las profesiones liberales demuestra el descarrío de las vocaciones, la anteposición del interés a la vocación, el ejercicio de la actividad mental o muscular por lo que da, no por el bien que puede hacer?”.

Suficiente multivitamínico antianémico para el alma en estos tiempos de carencia de nutrientes espirituales.