Unos fantásticos cuentos del Sur

POR MANUEL MORA SERRANO
Se ha demostrado que, sea por el lado indígena, por el africano o el peninsular europeo, los hispanoamericanos somos por naturaleza amantes de lo real maravilloso. Creemos en lo sobrenatural. Nieto de una nativa de Bánica desde mi más tierna infancia escuché de bacás, galipotes, brujas, ensalmos, etc., en cuentos de mis tíos y primos sureños.

Eran consejas y tradiciones completamente diferentes a las que escuchaba en los campos y en mi casa del norte cibaeño cuando en las noches pilábamos el arroz y el café y los muchachos hacían “cuentos de camino” que no pasaban de Juan Bobo y Pedro Animal, de reyes y princesas, y de ciertos “males”, de los dundunes o espíritus traviesos que en algunos lugares llaman duendes, de brujas sí, chupadoras de ombligos de nenes, y de otros seres fantasiosos.

Conocí en los lugares donde pasé parte de mi infancia, Padre las Casas en el sur y Altamira en el alto norte puertoplateño, leyendas y cuentos y que ahora recreo porque tengo una compañera de trabajo sanjuanera y el poeta y el magistrado de la Suprema Corte de Justicia, Edgar Hernández Mejía, quizás por su vena materna banileja, ha editado dos libros recordando su estadía en San Juan, uno sobre Liborio y otro de sus investigaciones sobre la Santa Elupina de Sabana de la Mar, donde deja correr el fervor popular nuestro por estos dos personajes, ciertamente fabulosos en el realismo maravilloso nacional.

Otro juez, ahora de la Corte de Apelación de Barahona, el neibero Abraham Méndez Vargas, que ha editado varias obras de versos y narrativas, entre ellas, “Visiones de Macorís del Mar” y “Sinfonías de la paternidad”, poemas, las novelas “La Casa de las Pesadillas” y “En un Santiamén” y un ensayo, “La seguridad jurídica en la República Dominicana”, nos ofrece un manojo de narraciones cortas con el título de “El Santo La Gran Plena y otros cuentos del Sur”, Editores Brujos, editorial Búho, Santo Domingo, febrero 2007, donde continúa la tradición del brillante narrador neibero Ángel Hernández Acosta.

Pero Abraham Méndez Vargas ha ido afinando un estilo propio y una manera muy sureña de contar las cosas, con algunas muletillas como ¿no?, y en este manojo de 6 cuentos se desborda recreando las cosas que escuchó de niño en su casa y en los campos aledaños, llevando a veces el asunto a la ciudad capital donde en sus barrios conviven los llamados “marginales”, es decir, hijos de analfabetas de los lugares más dispares y analfabetas ellos, que mantienen vivas las tradiciones orales, siendo los guardianes de estos tesoros folklóricos hasta que llega alguien como él y los lleva a la página para que no mueran tragados por la modernidad que sustituye lo maravilloso del pueblo con lo maravilloso de la tecnología y la cibernética. El título que lleva el libro es sintomático del fervor pueblerino, “El Santo La Gran Plena” nos habla de ese curandero mágico que llevado por la envidia es capaz de cometer el crimen más horrendo y poner a su propia sangre a servirle de cómplice.

Otro cuento con título significativo es “Cómo tumbar una bruja”, sin embargo, aunque la magia no deja de impregnar los demás, el autor recrea hechos contemporáneos, como el cuento que cierra el libro “El punto aparte”, el drama del Sida y la parábola del hijo malo que cuando cambia, desaparece. Otros títulos son “Los Angelitos de Papel”, “Una mujer agradecida” y “Un grito desde el cielo” donde cuenta lo que le sucedió a una comadre de Trujillo.

Estos cuentos de “La Ciudad del Sueño” como el autor llama su Neiba natal, tienen el sabor propio del sur remoto y forman parte de esa colección, que el sanjuanero Edgar Valenzuela (tenía que ser de Maguana ¿no?) está recolectando y dando a la luz en Editores Brujos.

Son jóvenes aún y aman su tierra y sus gentes. Especialmente el autor que comentamos utiliza expresiones propias de la región que en vez de empobrecer, enriquecen el texto por su novedad. Aunque escritores de la talla de Freddy Prestol Castillo, de quien se dice que llevaba un amanuense para que recogiera el habla popular en los labios de los que le contaban cosas de “Pablo Mamá”, que Ramón Lacay Polanco en sus “Cuentos del Sur” trató de imitar y que Hernández Acosta recreó en “Otra Vez la Noche” y en su “Carnavá”, Abrahan Méndez Vargas va un poco más allá en el rescate de esas voces sureñas, y al par que el despliegue de poesía que enchumba sus textos, nos deja fragantes regalos de la tierra en medio de las bayahondas y los cactus que en palabras del suelo hablan de la aspereza y la reciedumbre de esos luminosos rincones de la patria.