Unos sucesos retorcidos

FEDERICO HENRÍQUEZ GRATEREAUX
En realidad, no puedo entender por qué razones, políticas o de cualquier clase, había que enviar al joven Ascanio Ortiz a la Argentina. – A usted le ha chocado lo de la Tierra del Fuego, un lugar remoto, tan distante de las Antillas; tengo la seguridad de que ese fue un destino final, tal vez antepenúltimo.

Cierto amigo de Ascanio, un comisionista flaco que trabajaba en ese edificio que está ahí, al otro lado de la calle, le contó a Marguerite lo que ocurrió con su hijo el día que fue detenido. Primero, recibió una llamada telefónica en la cafetería a la que iba todos los días: La bombonera; alguien, al parecer de confianza, le informó que obtendría un arma de fuego moderna si acudía a la parte trasera de la iglesia de Santa Bárbara. Durante las contiendas de 1965 este lugar de la ciudad era muy peligroso. Estaba expuesto al fuego de los invasores desde los silos de la empresa Molinos Dominicanos, situados al borde del río Ozama. Este comisionista, un emigrado español revolucionario, explicó a Marguerite que él patrullaba cerca de allí y vio cuando Ascanio fue apresado.

– Lo del arma moderna era un engaño para atraerlo a una zona con poca gente y casi ninguna protección. Lo cogieron soldados del ejército dominicano y lo llevaron a San Isidro; al tratarse del hijo de un cubano, un alto oficial del ejército consultó el caso con otro alto oficial de la Marina de Guerra dominicana. Los dos oficiales decidieron llevar el preso ante la presencia de un comandante militar norteamericano. Un guerrillero cubano podría ser un “agente del comunismo internacional”. En los periódicos de los Estados Unidos se publicó entonces la noticia de que entre los “alzados” constitucionalistas había cincuenta y dos comunistas. No me pregunte usted de dónde sacaron esa precisa cifra. Ascanio se volvió un “objeto político” valioso, útil para demostrar la “influencia soviética” en aquel levantamiento cívico militar. El comisionista español opinaba que estaban formando una especie de “legión extranjera” con tipos aguerridos que, por conservar la vida, aceptaran cualquier “manipulación publicitaria”. Los norteamericanos, a su vez, trataron el caso con un general brasileño, de la Fuerza Interamericana de Paz. En Brasil, donde se habían suprimido los partidos políticos, los militares se hicieron cargo de un prisionero engorroso para los norteamericanos. El pobre Ascanio fue a parar al campamento militar de Curitiba en América del Sur.

– De modo que el hijo de Marguerite de Bertrand no viajó, directamente, de Santo Domingo a Tierra del Fuego. Llegó primero a Brasil. En Argentina, a mediados de 1966, asumió el poder el general Ongania, quien también disolvió los partidos políticos. Los militares en Brasil, arreglados con los de Argentina, organizaron un refugio para actividades encubiertas en Tierra del Fuego. Como usted sabe, es una isla separada de la Patagonia por el estrecho de Magallanes y situada a poca distancia de las Malvinas. La certificación del presidio de Ushuaia dice que Ascanio fue trasladado, por órdenes superiores, a la Isla de los Estados, aún más al sur. Ese es un punto no muy lejano de la Antártida argentina. Todos ellos eran sitios despoblados, bajo control militar. Marguerite hablaba a menudo con el español -un tipo con el pelo como un cepillo de botella, según me dijo- y reforzaba su convicción de que su hijo estaba vivo. También se entrevistaba con otros compañeros ex- combatientes que le daban noticias de las prisiones no visitadas por los representantes de la O.E.A.

– La fotografía publicada en El Caribe, con la crónica del asalto a las Islas Malvinas, convenció a Marguerite de que su hijo mayor se encontraba, con los demás, en la cárcel de Ushuaia. Ni corta no perezosa envió un telegrama a Tierra del Fuego, dirigida a Ascanio Dieterichs. Uno de los apellidos de su madre rusa tenía origen austriaco. Parece que en el patio de la prisión reunieron a los presos y un sargento voceó: – ¡Hay aquí un hombre llamado Ascanio Dieterichs; en la oficina del oficial han recibido un telegrama de Haití! Ascanio no contestó nada al sargento. Pero se las arregló con otro preso, argentino, para que contestara el telegrama a Marguerite. En el texto aparecía el nunca usado apellido de su abuela. Marguerite lloró desconsolada delante de mi escritorio. Luego se compuso un poco y recogió los papeles, fotografías y periódicos, que había traído ese día. No puedo decirle si después del traslado del preso a esa Isla de los Estados fue asesinado, lanzado en un glaciar o enviado a alguna misión peligrosa. Ladislao bebió su segunda taza de café; el periodista permaneció callado, esperando preguntas del húngaro. – ¡En estas islas ocurren los más retorcido sucesos! Santo Domingo, R. D., 1993.