Usted nació vacunado

A la desaparición del régimen de Trujillo algunos funcionarios partieron para el exterior y nunca más regresaron. Otros decidieron venir con el tiempo, mantuvieron cierto nivel de discreción y se desenvolvieron sin mayores tropiezos.

Algunos, de alta categoría,  se movilizaron por poco tiempo; algunos no salieron. Entre unos y otros, vienen a mi mente Rafael Paíno Pichardo, Virgilio Díaz Ordóñez, Héctor Incháustegui Cabral,  Virgilio Álvarez Pina (don Cucho).

Díaz Ordóñez e Incháustegui Cabral, poetas  de alto valor. Díaz Ordóñez, en su juventud, pasó un tiempo al frente de una farmacia en San Pedro de Macorís,  con  el aprecio de sus compueblanos. Más adelante, Trujillo logró conquistarlo. Su hijo, Virgilio Díaz Grullón, narrador, estuvo involucrado en grupos antitrujillistas, pero su padre supo manejarse con entereza. Incháustegui fue servidor en la era, pero trabajó dentro de la burocracia con altura y manejó las letras: poesía, ensayos y críticas literarias con sensibilidad, sapiencia y tacto. Paíno R. Pichardo, inteligente,  fue diestro y respetable al servicio del tirano. Fue gran amigo de don Cucho Álvarez y formaron, dentro de la política del Jefe, una pareja reconocida  porque nunca  se les juzgó represivos.

La amistad de  estos dos funcionarios, tan ligados, concentrados en un servicio común al régimen, entusiastas colaboradores y nobles consejeros, jamás levantaron una corriente de opinión en contra de los desmanes de la dictadura, sino que hicieron cuanto bien  estuvo a su alcance para evitar errores y excesos: discretos servicios que hacían para evitar cancelaciones del empleo público, atropellos y otras medidas  de quien hiciera la menor manifestación en contra de la política imperante.

Así se formó una palabra compuesta dentro del léxico político criollo: “Cuchipaineo”. Se decía aquí, se repetía allá, y hasta apareció  más de una vez en el Foro Público que Trujillo tenía en “El Caribe”, donde diariamente salían diferentes advertencias o acusaciones, más o menos veladas, en contra de funcionarios o personas que habían soltado alguna infidencia o tenían familiares o amigos que se sospechaban  desafectos al régimen.

A Don Cucho y  a don Paíno se les veía de noche muy a menudo juntos en el malecón, frente  al obelisco o a la avenida Máximo Gómez con el jefe o esperándolo para los últimos intercambios del día. Nunca estuve cerca de don Paíno. De don Cucho, una sola vez. Fue, si mal no recuerdo, en la antesala del despacho del gastroenterólogo Dr. Pablo Iñíguez, en la avenida Bolívar, algo después de la caída del régimen. Andaba solamente con su chofer, y me dejó la impresión de que le complacía hablar de pie e intercambiaba  amigablemente con  cada paciente  o acompañante, según giraba el diálogo. Lo encontré sencillo y cordial. Ninguna perturbación para aquellos días tan próximos a los servicios del trujillato.

Don Cucho fue seguidor de Horacio Vásquez y sólo a los cuatro años de la nueva situación pudo ser conquistado para pasar al Partido Dominicano. Allí estuvo largamente, pero no sin caer en desgracia alguna vez, porque ese era el estilo del generalísimo: desconectar durante un tiempo a sus servidores para que no se endiosaran o pensaran en los “mangos bajitos”.  Todo el mundo comentaba que Balaguer nunca había salido en un Foro Público. Pero salió y renunció a su cargo del ministerio de Educación porque consideró que encuadrarlo allí era una ofensa para su persona y su gran nombre. Pero todo se quedó ahí.

De don Cucho recuerdo una anécdota. La última vez que la escuché fue  de labios de mi hermano Fernando, cronista deportivo, que trabajó unos años en el Partido Dominicano. La misma anécdota la había oído  años atrás. Mi hermano me la renovó.

Don Virgilio viajaría  al exterior, desde el viejo aeropuerto Gral. Andrews de la avenida San Martín esquina Leopoldo Navarro, que luego  convirtieron la esquina en un “escaparate” de muebles de hierro. Habían llamado para abordar el avión. Don Cucho,  nervioso, sudaba, porque se le había olvidado traer aquella libreta mamey de la vacuna de inmunización que era imprescindible. -Pero vaya a su casa, que a lo mejor le da  tiempo para alcanzar el vuelo, le decía un empleado. A cada expresión de los empleados supervisores en  el campo de aviación, don Cucho se ponía más preocupado y dudaba de la posibilidad de viajar.

En eso salió el doctor César Dargam,  de los  servicios de salud y vacunación en el aeropuerto,  y se acercó al agitado alto funcionario,  quien le explicó su caso al bueno de don César, hombre sencillo, con trato casi infantil para todo el mundo, médico que se sentaba juego por juego al lado de “dogout” del Licey durante muchísimos años, y salía presto ante cualquier accidente en el campo de juego, no importa  del equipo que fuera.  No recuerdo qué funciones tenía don Cucho al momento: Presidente del Partido Dominicano, Secretario de Estado de Interior y Policía o Presidente de la Cámara de Diputados, No sé.

El doctor Dargam regresó al “counter” con una libreta nuevecita, color mamey. La  extendió al  alto funcionario de Trujillo, mientras le decía:

-Tenga don Cucho. ¡Usted nació vacunado! Que disfrute de  muy buen viaje.