V Bienal del Caribe: resultados y angustias

La V Bienal del Caribe ha puesto a la República Dominicana en el mapa internacional del arte y ha hecho un aporte considerable, sicológico y cultural, a los pequeños países del Caribe, a las islas y a Centroamérica –obviamente, a los grandes del continente les importa poco- se ha logrado casi milagrosamente, gracias a la “terquedad” y la entrega de la valiente directora del Museo de Arte Moderno, a su equipo joven y entusiasta –casi todos voluntarios-, a la cooperación del Centro Cultural Cariforo.

La indefinición presupuestal y la carencia de fondos retrasaron notablemente la convocatoria, y se puede afirmar que en pocos meses y semanas aun se desarrolló el proceso completo, de las comunicaciones iniciales con organismos, curadores y artistas hasta el montaje de las obras en el museo. Ello prueba que, cuando hay voluntad y espíritu de sacrificio, ningún reto es inalcanzable, aunque esperamos no vuelva a repetirse una experiencia tan dolorosa. Los países invitados también hicieron proezas, sobre todo en las islitas, Suriname y Belice, para costear el flete de las obras y enviarlas a tiempo.

La Bienal del Caribe ocupa tres plantas del Museo –primera, segunda y sótano-, con una museografía que “respira” y una distribución que no sistematiza la ubicación de las representaciones nacionales ni las categorías sometidas. No hay una discriminación en base a la calidad ni a las dimensiones de las obras: cambios y revisión de los espacios atribuidos han conseguido la mejor ubicación posible con ínfimos recursos.

Respecto a la premiación que siempre motiva y estimula moralmente, la pintura no tuvo suerte, y no deja de preocuparnos esa sanción de parte del Jurado, cuando, aunque lo estimen una falta de actualización, la expresión pictórica es la mayor y la más vital en el Caribe, cuando en ese renglón había obras notables, así la participación de la isla de Grenada y, entre los dominicanos, los cuadros de José Cestero. Las altas personalidades internacionales, que fueron los jueces, obviamente quisieron dar empuje y reconocimiento al uso de nuevos medios y técnicas, el video en particular. No obstante, tanto para la receptividad del público como para los equipos necesarios -a la producción y la transmisión-, la opción queda discutible. Y nos preguntamos si cabe aplicar a la Bienal del Caribe, especial en su composición geográfica y cultural, parámetros similares a aquellos de megabienales como las de Venecia o Sao Paulo.