Vaisa de ellos

BONAPARTE GAUTREAUX PIÑEYRO
Para entender estos tiempos. Las leyes son creadas por cada sociedad para regular lo que importa a todos para mantener el equilibrio, la igualdad, evitar los abusos de los poderosos contra los débiles.

Desde el comienzo, desde el fondo de la historia, cada sociedad ha creado las leyes que entiende convenientes para enfrentar los problemas que puedan presentarse, para evitar, para identificar los males, tipificarlos y disponer castigos que, en ocasiones, llegan hasta la supresión de la vida.

Con la evolución de los tiempos, el acercamiento, los viajes, el mundo se fue haciendo cada vez más pequeño y las ideas circularon en la cubierta y en la sentina de los barcos, en el fondo de árganas cargadas de ilusiones y ambiciones desmedidas, sueños y duras realidades.

Dado que las ideas carecen de forma y circulan por historias contadas oralmente, como no le gusta a Hamlet Hermann, por la visita de magistrados, por la ocupación de un país por otro, al término de una guerra, por la dominación de poderosos sobre débiles, por la imposición de estilos de vida para acomodarlos al usurpador.

Así la victoria de un grupo sobre otro, de una nación sobre otra, trae como consecuencia un cambio en los modos de ser, en las actitudes, en las prácticas que, para bien o para mal traen los conquistadores. Así ha sido desde siempre.

Antes esas ideas circulaban en lentas caravanas que tardaban años en ir y regresar, en barcos que dependían de la fuerza humana o de los caprichos del viento, o en informes de viajeros y enviados que consignaban por escrito sus observaciones, las cuales en ocasiones durmieron el sueño eterno en polvorientas bibliotecas nunca consultadas.

La interrelación comercial trajo como consecuencia mayor facilidad y velocidad para el intercambio de ideas, que arribó al mismo tiempo que los productos que se comerciaban entre las naciones.

El aumento del comercio trajo como resultado la necesidad de que, en algunos temas, se crearan leyes que regularan a todas las partes.

Cuando los troyanos apretaron el tornillo de los derechos de peaje que cobraban a los griegos, tributos que encarecían los productos griegos y los sacaban de mercado, se produjo la tan conocida guerra de Troya. Los griegos ganaron la guerra y abrieron el mercado del mar Negro para sus productos.

Con el tiempo, el comercio obligó a que hubiera representantes de una nación en otra; luego se produjeron las conferencias, uniones, acuerdos entre las naciones, que crearon leyes, modos de ser y de hacer, para que se mantuvieran la igualdad de derechos y como consecuencia la paz.

Después del final de la segunda guerra mundial, vemos una creciente intromisión en los asuntos nacionales impuesta por una demostración de fuerza muy de estos tiempos: la presión por vía de la economía.

Este es el mundo de ellos donde sólo importa la voluntad de ellos.

Las leyes hay que hacerlas para que acomoden el ingreso de sus productos a los países débiles, mediante el pago de los aranceles que ellos imponen, con regulaciones creadas por ellos para el pago y cobro de los tributos internos y puertas abiertas para lo que ellos quieran hacer, sin pedir permiso, haciendo ostentación de su fuerza y de su capacidad de imposición.

Recuerdo que un tal Constantino Vaitsos pontificaba sobre cómo resolver los problemas dominicanos pero no supo ni pudo resolver los problemas griegos.

La mala costumbre sigue y usted ve a cualquier embajador de un país rico pontificando sobre derechos humanos, respeto a las leyes, erradicación de la pobreza, como si hubieran resuelto esos problemas en sus países.

Tengo para mí, que lo más importante para este baile de la globalización es que sepamos escoger la pareja para que no nos dejen sin bailar.