¿Valió la pena matar a Trujillo?

mil millones

Mañana se cumplen 54 años de la noche que un reducido grupo de hombres, arriesgados y valientes, decidieron ejecutar la acción que muchos dominicanos soñaban con llevar a cabo, pero la gloria le cupo a estos héroes, que no importando el pasado de algunos de ellos de sumisión a la dictadura, se sublevaron moralmente y llevaron a cabo el magnicidio por tanto tiempo anhelado.

Desde ese 30 de mayo de 1961, el país se enroló en un nuevo sendero de libertades sin temores, para darle la bienvenida a la etapa más negra de los dominicanos, cuando la mayoría ha sido testigo de la clase política devorando los recursos públicos, siendo cómplices de las acciones más aberrantes en contra del Tesoro del Estado, y la impunidad con la que tales acciones son aplaudidas, aceptadas y celebradas en diversos círculos sociales.

Los héroes del 30 de mayo atajaron para que los políticos, empresarios y traficantes enlazaran para sus beneficios, que en pleno siglo XXI se aceleró ese despojo nacional de la propiedad pública por el sector privado, convirtiéndose en la aspiración de cualquier joven que se enrole en la política, soñar que muy pronto estarán en igualdad de condiciones con los que ya se han ido adelante y disfrutan de sus bienes en los principales residenciales, en mansiones, resorts en el país o en el extranjero y negocios de la más variada naturaleza.

Prácticamente, el asalto de los recursos del Estado se inició a las pocas semanas de la muerte de Trujillo, cuando los políticos y empresarios, que portaban la mancha del trujillismo, y no se atrevían a sacar la cara públicamente, maniobraron desde las entrañas de los gobiernos de entonces para traspasar y hacer desaparecer complicidades de sus relaciones de falsas propiedades que fueron luego santificadas por decretos, órdenes ejecutivas y legislaciones especiales, acomodadas a sus intereses, surgiendo dos clases, la política y la empresarial, que de buenas a primeras fueron las que cosecharon la inmolación de los que habían ejecutado la acción de acabar con la dictadura de 31 años y aspiraban a ser sus herederos políticos y económicos.

El proceso de limpieza para santificar propiedades trujillistas, pasadas a manos privadas, se prolongó por varios años después de la muerte de Trujillo. Los gobernantes se hacían de la vista gorda y estimulaban para supuestamente sostener la paz social sin contratiempos ni sobresaltos. Pero la revolución de abril de 1965 perturbó un proceso que no tenía buena cara y el país se encaminaba hacia la ingobernabilidad; era una etapa similar a la vivida por la república a principios del siglo XX.

Poco a poco, la clase política, con el populismo exacerbado por el clientelismo de sus principales líderes, fue estimulando el surgimiento de una nueva clase de poder adquisitivo notable, que a finales del siglo XX, y en los primeros catorce años del siglo XXI, se han convertido en un poder económico, estimulado por un endeudamiento externo que ya supera los $23 mil millones de dólares. Gozando de esa cosecha están las principales cabezas con una impunidad increíble y golpeando en la cara a la comunidad nacional, como una burla de que nunca podrían ser tocados y reclamados acerca del origen de sus riquezas.

En verdad, la eliminación del tirano, era indispensable para que el país se insertara en lo que ya estaban viviendo los países, pero el precio ha sido muy elevado para ver de cómo los índices de pobreza en lugar de disminuir aumentan y de cómo para subsistir el dominicano recurre al trabajo informal que es más rentable que trabajar amarrado a una máquina o a un escritorio.

De todas maneras, la muerte de Trujillo no pudo ser aprovechada para que el país se organizara y nuevas generaciones demostraran su honor por el buen servicio a sus semejantes, pero el resultado fue adverso para producir una nueva clase de políticos corruptos y poderosos, que ya ha empantanado el progreso del país, pese a los excelentes índices de crecimiento que desde hace años exhibe, preparados por los organismos nacionales e internacionales, que nos hacen creer que vivimos en una sociedad satisfecha de su destino.