¡Vamos pa´l conuco!

 MARTHA PEREZ
¿Ir al conuco Yooo? ¿Para qué, viejo? ¡Tú estás loco! Fue la respuesta de Andrés a su abuelo cuando éste le invitaba a que le acompañara a ver la pequeña porción de terreno que a unos quinientos metros de la vivienda le aguardaba cada día para recibir su calor y cuidado, porque allí estaba gran parte de su vida. Aquella porción de terreno no era del todo extraña para el muchacho, porque desde niño, hasta los más de veinte años de edad que tiene, siempre había escuchado las historia de Julio, su padre, sobre las vivencias en el campo, al lado de los viejos. Y detrás de esa inolvidable, aunque no vivida historia, iba Andrés al campo durante algunas de sus vacaciones, tal vez sin notarlo, pero algo le llevaba tras el abuelo.

Un buen día, en que un importante acontecimiento juntó a toda la familia de ambos lados (paterna y materna), el viejo tuvo que viajar a la capital y pasar una semana en casa de su hijo Julio; era el matrimonio de Andrés precisamente con una chica de “buena familia”, nieta de un compadre del abuelo, que también nació y crió en la capital.

El día antes de la boda, ya en la capital, en el amplio patio de la residencia de los padres de Andrés, los contertulios aconsejaban a la pareja, en especial al muchacho, sobre lo que significaría “un cambio de vida”; más aún, “tener a una mujer entre casa”. El Abuelo y su compadre eran los más beligerantes en aquellos consejos. Ambos, indistintamente, aconsejaban a Andrés: “Mira, mijo: tú sabe’ bien cómo vive nuestra familia allá en ei campo, trabajando, dedica´o a mantenei la unión. Casaise e’como hacei un conuco. Hay que buscai’ ei terreno, que sea bueno -que sea de uno-; no debe cogeise prestao; abonailo bien, sembrai correctamente; dedicaile tiempo y daile vueita; teneilo limpio, bonito; enseñaiselo con oigullo a la gente; cosechai en tiempo; sin maitratai la cosecha ni depeidiciaila; y siempre s´tai prepara’o pa’ volvei’lo a sembrai, pa´que no muera. Tú y la que va a sei tu mujei tienen cuarentaisei año entre lo dos; nojotro junto tengamo casi más de ciento sesenta y cinco; y ei conuco que tenemos se lo podemos dejai a ustede; pa´que crien su familia. Así fue mi matrimonio; yo me casé otra vez poique tu abuela murió de paito cuando tenía cuarenta y uno; y la muchacha se saivó, poique la comadrona la atendió en mi conuco que taba limpio y bien cuida´o; ella iba a nacei en la pueita de la letrina y seguido yo tiré una litera y la llevamos allá, pa´que lo más chiquito no sepan”. La conversación seguía amena, atrayendo la atención de la pareja. Andrés, pensativo, responde: “Abuelos, ¿ustedes piensan que nosotros, después de dar este paso tan importante, ya que somos profesionales, vamos a retroceder?” “¿A retro…qué?”, ripostó el abuelo, poniendose de pié y sacudiendo el sombrero, que abruptamente se había quitado al escuchar la respuesta del muchacho. El tono de voz del abuelo atrajo la atención de Julio, quien se había alejado de la tertulia para instruir al servicio. Enterado de la respuesta de su hijo, se dirigió a éste diciendo:

“¡Eres profesional y pareces un ignorante! ¿De dónde sacas tú que el conuco significa retroceso? ¿Acaso sabes lo que significa un conuco? Yo me crie en el conuco, soy profesional como tú y he seguido en el conuco. El conuco va más allá de una simple porción de terreno cultivado o para cultivar, mayormente por campesinos, que muchas veces indiscriminadamente queman o talan árboles para preparar la siembra; acción que es incorrecta. El conuco es alimento, sustento, es amor al trabajo, al prójimo, a la familia; es búsqueda de respuestas; es la respuesta misma; el conuco es unidad; es compatir, es cuidar, es solidaridd; el conuco es entusiasmo; el conuco es dar y recibir; es aprender y enseñar, es canción y poesía; es historia y geografía; el conuco es matemática; es física y biología; es lógica y filosofía; es arte; es religión; el conuco es el hombre y la naturaleza; es sostenibilidad. Por todo esto, el conuco es conservación y preservación, no depredación; el conuco puede ser desarrollo”. Miró alrededor del amplio patio y prosiguió…:

“De esta forma, todos podemos ir al conuco. Y aprender a relacionarnos con la naturaleza y con nuestros Recursos Naturales, con un criterio de preservación no de explotación. El conuco va más allá que la porción de tierra que tiene el hombre y la mujer del campo para cultivarla; la que tiene el hombre de la ciudad, de las grandes ciudades, para los mismos fines, aunque con distintos medios y recursos; el conuco es el mulo que te transporta por los caminos; es tu caballo de carrera o de paso fino; tu motocicleta que usas para las carreras de competencias o para conchar; es el transporte público o el vehículo particular en que te movilizas; es tu salón de clases, es tu oficina, tu negocio, tu habitación, tu casa, tu calle, tu barrio; el conuco es tu provincia, tu municipio; el conuco puede ser tu país”. Julio ocupó su asiento. Todos se mantenían en silencio. De pronto, el abuelo se levantó; colocó el sombrero sobre su cabeza y dijo: “Vamo pa’l conuco André! Que tenga un feliz matrimonio, mijo; comienza a seilo de’sta menera; y muy pronto tú y tu mujei me’tarán diciendo ‘Estamos en el conuco, abue’. Pero no lo hagan poi mí, poique ya no estaré. Me semtiré oigulloso, poique cuando fue mi tuino, lo hice poi tu papá y su jeimanos y por u’tede”. ¿Escuchaste, André?; el tuyo es el conuco de hoy; el conuco es el futuro, el país es tu futuro. ¡Cuida tu conuco, cuida tu país!