Ven el robo y droga como supervivencia

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La antropóloga cultural Tahira Vargas levantó un estudio cualitativo sobre la delincuencia juvenil en Los Guaricanos, un populoso barrio de Santo Domingo Norte. Uno de sus hallazgos tiene que ver con la percepción que tienen estos jóvenes sobre el robo y la venta de drogas. La doctora Vargas afirma que para estos muchachos y muchachas  el robo y la venta de estupefacientes, más que delitos son actividades de subsistencia. “Cuando llegan esos chelitos caen bien, porque yo he podido ayudar a mi mamá a cambiar la estufa, la cama, a comprar un televisor”, relató a la investigadora una joven que suele acompañar a su novio en la comisión de  estos actos. Sin embargo, la doctora Vargas observa que esos mismos jóvenes reconocen que la violencia y la delincuencia son negativas. La antropóloga identificó varias situaciones que indujeron a estos jóvenes a iniciarse en estos delitos: vulnerabilidad y disminución del trabajo informal como fuente de ingresos, aumento de los patrones de consumo de la cultura juvenil, reclusión en cárceles de menores y deserción o expulsión de la escuela.

Robar o vender drogas son actividades de subsistencia, más que delictivas, según la apreciación de jóvenes infractores de la Ley que sirvieron como muestra para un estudio cualitativo sobre la delincuencia juvenil en Los Guaricanos, realizado por la antropóloga Tahira Vargas.

Los testimonios que incluye la investigación reflejan que si la acción delincuencial se traduce en la compra de artículos que mejoran la calidad de vida, los medios con que se obtienen están justificados.

“Cuando llegan esos chelitos caen bien, porque yo he podido ayudar a mi mamá a cambiar la estufa, la cama, a comprar un televisor”, dijo una joven que acompaña a su novio a cometer fechorías.

Pero Vargas advierte que existe una dicotomía entre esa actitud y el reconocimiento de que la violencia y la delincuencia son negativas.

La inserción en las acciones punitivas no implica un apego a la delincuencia como un estilo de vida o modelo social, porque los jóvenes evaluados no se consideran delincuentes, expresa la especialista en el estudio hecho para Casa Abierta, una entidad que trabaja en la prevención del consumo de drogas.

Los muchachos entrevistados no se dedican únicamente a cometer asaltos  o vender drogas, también realizan labores en el sector informal, y en su historial laboral tienen un promedio de inicio entre los 10 y los 12 años.

“Esa mezcla de la vida delictiva convierte al joven en una persona que tiene la expectativa de conseguir dinero de la forma que sea, pero ese estilo no es sólo de esos muchachos, porque se ha convertido en un modus vivendi de la sociedad dominicana”.

Cómo llegan al bajo mundo

Vargas identificó ocho situaciones que indujeron a los jóvenes evaluados a iniciarse en las acciones delictivas.

Estas son vulnerabilidad y disminución del trabajo informal como fuente de ingresos, aumento de los patrones de consumo en la cultura juvenil, reclusión en cárceles de menores, pago de cuotas de diez mil y 20 mil pesos a la Policía y la Dirección Nacional de Control de Drogas (DNCD), para legalizar puntos de venta de drogas.

Asimismo, la deserción o expulsión del sistema educativo en el nivel básico y la comisión de hechos delictivos como fuente de obtención de ingresos de manera ocasional.

La experta también citó  las facilidades para colocar puntos de drogas, y en el caso de las relaciones amorosas como el  noviazgo la integración de las jóvenes en las infracciones que cometen sus parejas.

Reconocen el peligro que corren

De acuerdo con los resultados  del análisis, hecho entre enero y febrero de 2008, los jóvenes están conscientes del peligro al que están expuestos cuando cometen alguna infracción.

En tal sentido, los principales riesgos que identifican son la posibilidad de morir, el acoso permanente de la Policía y de la DNCD.

Dos  testimonios reflejan la magnitud de ese temor: “la DNCD se tira por ahí y cuando yo los veo me quito los pantalones para que no me pongan paqueticos y después me maten o me pongan preso”.

Con relación a los agentes de la  Policía, uno de los entrevistados expresó que “Yo tengo miedo, porque he visto que me han matado varios amigos, la Policía mata sin averiguar mucho”.

Los muchachos evaluados también expresaron que temen caer en un círculo de violencia y venganza, a pesar de haber cometido más de un asesinato.

Otro elemento que se destaca en la investigación es que las familias de los jóvenes no saben que ellos están involucrados en actividades delictivas.

Eso demuestra, según las explicaciones de Vargas, que los padres dan poco seguimiento al comportamiento de sus hijos.

Al abordar  en el contexto familiar el elemento del castigo, destaca que los jóvenes recibían “pelas”, lo que contrasta con la percepción de la comunidad de Los Guaricanos., la cual  entiende que los jóvenes delincuentes nunca han sido castigados por sus padres.